El azar no acepta reservas Capítulo 28. Lo que vale quedarse
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Capítulo 28. Lo que vale quedarse

El sábado, Inés pasó la mañana revisando gastos y la tarde hablando con los proveedores. La noche la pasó con Nico en la terraza, después de que ambos hubieran terminado su trabajo.

—¿Le vas a decir que sí a Sergio? —preguntó Nico.

—No lo sé.

—No te preguntaba para presionarte.

—Lo sé.

—Quería entender cómo te sientes.

—Me gusta la idea de dirigir un equipo. Me gusta el sueldo. Me gusta que hayan aprendido a cobrar los cambios que los clientes piden.

—Eso último parece importante.

—Lo es.

—¿Y qué no te gusta?

—Volver a Madrid. Volver a una vida que ya había cerrado.

—La ciudad no es Sergio.

—Lo sé. Pero todo está cerca.

—¿Y aquí?

—Aquí no sé cuánto durará mi trabajo. No sé si Salcedo aceptará las condiciones. No sé si las reservas de otoño serán suficientes.

—Eso último sí lo sabemos. Hemos recibido seis depósitos.

—Para octubre.

—Y tres consultas para noviembre.

—Consultas no son reservas.

—Estás aprendiendo mis frases.

—No me las apropio. Las cito.

Nico sonrió. Inés se apoyó en el respaldo de la silla.

—No quiero que mi decisión se convierta en una prueba de cuánto te quiero.

—No lo será.

—Ni en una prueba de si la finca merece salvarse.

—Tampoco.

—Entonces necesito pensar en qué clase de trabajo quiero hacer. No solo en dónde.

—¿Y qué clase de trabajo quieres?

Inés miró las luces del patio. La Senda estaba llena de cosas por arreglar, pero cada vez veía mejor lo que podía hacerse con ellas. Le gustaba construir un sistema que no aplastara a las personas. Le gustaba negociar con proveedores, diseñar experiencias y ayudar a que un espacio tuviera futuro.

—Quiero dirigir —dijo—. Pero no quiero ser la persona que solo aparece cuando algo sale mal.

—Aquí podrías hacerlo.

—Si el acuerdo lo permite.

—Y si no lo permite, tendrás que decidir.

—Eso no me ayuda.

—No intento ayudarte. Intento no responder por ti.

Inés le tomó la mano.

—Eso sí me ayuda.

El lunes, ella presentó una versión nueva de las condiciones a Salcedo.

Añadió un periodo inicial de tres meses y objetivos ligados a reservas pagadas, no a consultas.

Propuso una revisión de precios al cierre de cada trimestre y una cláusula de salida si las reparaciones no se realizaban en los plazos acordados.

—Está pidiendo bastante —dijo Salcedo.

—Estoy asumiendo una responsabilidad bastante grande.

—El sueldo base no puede subir.

—No lo he pedido.

—El porcentaje variable sí.

—Depende de los ingresos netos de eventos, con los gastos definidos de antemano.

—¿Y si los gastos aumentan?

—Se revisan con el propietario y conmigo.

—No puede decidirlo todo usted.

—No quiero hacerlo. Quiero que quede claro quién decide cada cosa.

Salcedo miró el documento.

—¿Está dispuesta a comprometerse tres meses?

—Si se cumplen las condiciones.

—¿Y después?

—Revisamos.

—Eso no suena a un compromiso de dos años.

—Es una prueba razonable para ambas partes.

Salcedo cerró la carpeta.

—Tendré una respuesta el miércoles.

Inés salió de la reunión con las manos frías y la cabeza despejada. Había defendido su valor sin tener que prometer que la finca saldría adelante. Esa noche, cuando Nico le preguntó cómo había ido, respondió:

—He negociado como si de verdad quisiera el puesto.

—¿Y lo quieres?

—Sí.

—¿Aquí?

—Si aceptan mis condiciones.

—¿Y si no?

—Entonces no.

Nico la besó, sin celebrar antes de tiempo.