El azar no acepta reservas Capítulo 27. Una ciudad que no la esperaba
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Capítulo 27. Una ciudad que no la esperaba

Inés abrió el correo de Salcedo a las siete y media de la mañana. Lo leyó de pie, junto a la cafetera.

El plan le parecía viable. Salcedo aceptaba un acuerdo por etapas y estaba dispuesto a reducir los eventos mínimos si La Senda demostraba reservas pagadas hasta enero. No aceptaba, sin embargo, la autonomía completa de Nico sobre la carta ni el salario variable que ella proponía.

La respuesta terminaba con una frase: «Podemos revisar estos dos puntos en una reunión presencial».

Inés escribió a Sergio. Le dijo que aceptaba ir a Madrid a hablar del puesto. No era una aceptación del trabajo. Era una entrevista.

El tren salía a las diez y doce. A las nueve, Nico la encontró en el patio con el billete en el teléfono.

—¿Te vas a Madrid? —preguntó.

—Vuelvo esta noche.

—No te he preguntado cuándo vuelves.

—Me ha ofrecido una entrevista. Quiero escuchar las condiciones.

—Tiene sentido.

—¿Te molesta?

—No.

—No parece que te dé igual.

—No me da igual. Pero no es lo mismo que molestarme.

Inés guardó el teléfono.

—Quería decírtelo antes de irme.

—Gracias.

—No quiero que pienses que estoy escondiendo algo.

—No lo pienso.

—Y no quiero que sientas que tienes que convencerme de quedarme.

—No lo haré.

—Bien.

—¿Vas a volver esta noche?

—Sí.

—Entonces te guardaré cena.

—No hace falta.

—Lo sé.

La frase la acompañó durante todo el viaje. No hacía falta y, sin embargo, quería volver a una cena preparada por él.

Sergio la esperó en la oficina. El espacio era amplio, con paredes de cristal y una mesa larga que reflejaba las luces del techo. La recibió con dos cafés y una presentación en pantalla.

—No he venido para que me vendas una vida perfecta —dijo Inés.

—No tengo una.

—Bien.

—Quiero que conozcas al equipo y el tipo de trabajo que hacemos.

Conoció a dos productoras, una coordinadora y una asistente que llevaba auriculares en el cuello. El equipo era amable, rápido y competente. Sergio no había exagerado el puesto. Inés podía dirigir proyectos grandes, formar a otras personas y dejar de cubrir turnos ella sola.

—¿Qué pasa si quiero trabajar desde Valencia algunos días? —preguntó al final.

—Podemos hablarlo.

—¿Y si hay un evento un sábado?

—Se compensa.

—¿Y si un cliente cambia el alcance tres veces?

—Se factura el cambio.

—Eso es nuevo.

—He aprendido algunas cosas.

Inés creyó que lo decía en serio.

—¿Por qué quieres que vuelva? —preguntó.

—Porque eres muy buena en esto. Y porque me gustaría verte más.

—¿En el trabajo?

—También.

Inés tomó el café. No era una mala oferta. Sergio tampoco era una mala persona. La relación había terminado porque lo que él quería y lo que ella necesitaba no coincidían. Hablar de nuevo no cambiaba aquello, pero les permitía nombrarlo.

—No voy a volver contigo —dijo.

Sergio dejó la presentación en pausa.

—No te lo he pedido.

—Lo sé. Pero prefiero que quede claro.

—Está claro.

—Me interesa el trabajo. No quiero que la oferta tenga una condición personal.

—No la tiene.

—Bien.

—¿Me darás una respuesta el viernes?

—Sí.

El viaje de vuelta se le hizo corto. Inés llegó a La Senda a las nueve y veinte. Nico estaba en la cocina, preparando una bandeja de verduras.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Es una buena oferta.

—¿Y qué vas a hacer?

—Todavía no lo sé.

—¿Quieres que te pregunte mañana?

—No.

—¿Pasado?

—Tampoco.

—¿Cuándo?

—Cuando yo lo sepa.

Nico asintió.

—Te he guardado cena.

—Gracias.

—No es una condición.

—Lo sé.

Inés dejó el bolso junto a la mesa. No iba a decidir esa noche. Pero ya no confundía una oportunidad con una obligación ni la incertidumbre con una señal de que algo iba mal.