El azar no acepta reservas Capítulo 26. Cuarenta plazas
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Capítulo 26. Cuarenta plazas

La noche de puertas abiertas se llenó en cuatro días.

Mara anunció las cuarenta plazas y luego creó una lista de espera.

Blanca llamó a los proveedores de la zona; uno ofreció queso, otro vino y una panadera se comprometió a llevar focaccia.

Nico elaboró un menú con platos que podían prepararse por tandas.

Inés diseñó el recorrido por la finca y calculó el tiempo que cada grupo tendría para sentarse.

—No quiero que parezca una visita guiada —dijo Nico.

—No lo será. Mara contará la historia de la finca. Tú hablarás de la cocina. Blanca enseñará el naranjal.

—¿Y tú?

—Me ocuparé de que nadie tropiece con una silla.

—Eso es una función importante.

—Lo sé.

La tarde del evento, el cielo se cubrió de nubes. Inés revisó el radar. Nico no dijo nada.

—¿Quieres que saque los paraguas? —preguntó ella.

—Ya están en la entrada.

—¿Quién los ha puesto?

—Yo.

—¿Sin discutir?

—No quería que el cielo me oyera.

Los primeros invitados llegaron a las siete.

La mayoría eran de Valencia y los pueblos cercanos.

Una pareja había celebrado su boda en La Senda hacía veinte años y quería ver cómo estaba el patio.

Un grupo de amigas buscaba un sitio para una cena de cumpleaños.

Una mujer mayor preguntó si seguían preparando la coca de naranja.

—La receta la hacía Amalia —dijo Nico—. Hoy la vamos a preparar juntos en el taller.

La mujer lo miró con una sonrisa emocionada.

—Yo era amiga de tu madre.

Nico se quedó quieto.

—Me acuerdo de usted.

—No creo. Tenías cinco años.

—Me acuerdo de que traía naranjas.

La mujer le tocó el brazo. No dijo nada más. Nico la acompañó hasta la mesa de la entrada.

Inés observó la escena desde la galería. No quería intervenir en un recuerdo que no le pertenecía. Sin embargo, sintió que la finca se llenaba de historias que hasta entonces nadie había contado.

La cena empezó a las ocho y media. El queso se acabó antes de lo previsto; el vino alcanzó justo; la focaccia de la panadera desapareció en menos de diez minutos. La gente hizo preguntas. Algunos preguntaron por bodas; otros, por cenas de empresa y talleres de cocina.

—¿Cuándo será el siguiente? —preguntó una pareja.

—Estamos preparando el calendario de octubre —dijo Inés—. Si dejan su correo, les enviaremos las fechas cuando estén cerradas.

—¿Puedo reservar ya?

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque no hemos decidido qué ofreceremos.

—Eso es honesto —dijo la mujer—. Me gusta.

Al final de la noche, una llovizna fina empezó a caer sobre el patio. Los invitados se refugiaron bajo la galería y terminaron el postre sentados en grupos. Nadie se marchó antes. La lluvia no fue una sorpresa; fue una razón para quedarse.

Salcedo llegó cuando ya se habían servido los cafés. Había avisado de que pasaría un momento, aunque Inés no esperaba que lo hiciera durante la cena.

—¿Cuántas personas han venido? —preguntó.

—Cuarenta —dijo Mara—. Y tenemos diecisiete en lista de espera.

—¿Cuántas consultas de eventos?

—Doce —contestó Inés—. Tres cenas de empresa, dos cumpleaños y siete bodas. Aún no son reservas.

—¿Y el coste?

—Lo cubrimos con las entradas y las aportaciones de los proveedores. El margen es pequeño, pero positivo.

Salcedo miró la galería, donde Blanca hablaba con la mujer que había sido amiga de Amalia. Nico estaba sirviendo café a un grupo de invitados.

—¿Cuánto trabajo llevó prepararlo?

—Tres semanas. Diez personas.

—Eso también hay que calcularlo.

—Está incluido en el informe.

—Lo revisaré.

—Gracias.

Salcedo no era un hombre que regalara cumplidos. Se quedó hasta el final y ayudó a llevar dos bandejas a la cocina. Cuando se marchó, la finca estaba casi vacía y el patio olía a tierra mojada.

—¿Crees que le ha gustado? —preguntó Nico.

—No lo sé.

—¿No quieres preguntarle?

—Ya se ha ido.

—Entonces no lo sabrás.

—Lo sabremos cuando responda.

Nico la miró bajo la luz de la galería.

—Hoy ha venido una amiga de mi madre.

—Lo he visto.

—Me ha dicho que se acordaba de mí.

—¿Y tú de ella?

—Un poco. Recuerdo que olía a mandarinas.

Inés se acercó y apoyó la cabeza en su hombro. Nico no preguntó si podía. Ella no se apartó.

—Hoy la finca parecía llena —dijo él.

—Lo estaba.

—No solo de gente.

—También de recuerdos.

Se quedaron un rato mirando las guirnaldas reflejadas en el suelo mojado. El teléfono de Inés vibró dentro del bolso. No lo sacó.

Al día siguiente, encontraría la respuesta de Salcedo. Esa noche, decidió no abrirla.