El azar no acepta reservas Capítulo 25. El recetario de Amalia
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Capítulo 25. El recetario de Amalia

Blanca encontró el recetario en un cajón de la despensa.

—Es de mi madre.

—¿Lo habías visto antes? —preguntó Inés.

—No desde que era pequeño.

Pasó las páginas en silencio. Había recetas de arroces, panes, sopas y dulces. Algunas estaban escritas con cantidades exactas; otras solo tenían instrucciones como «un poco más de agua» o «hasta que huela a domingo».

—¿Qué significa esto? —preguntó Mara, señalando la receta de la coca de naranja.

—Que no sabría hacerla siguiendo el cuaderno —dijo Nico.

—Pero tú sabes cocinarla.

—La he visto hacerla.

—Entonces puedes enseñarla.

—No soy profesor.

—Tienes una cocina, un recetario y gente que quiere aprender —dijo Inés—. Podría ser el primer taller de otoño.

Nico no respondió. Pasó otra página. En el margen, junto a la receta de las empanadillas, su madre había escrito: «Para cuando venga mucha gente. Siempre viene alguien más».

—Podríamos hacer un taller con veinte plazas —dijo Inés—. La gente cocina y luego cena aquí.

—¿Y si no sale bien?

—Lo repetimos de otra forma.

—¿Y si no viene nadie?

—Entonces cocinamos para nosotros.

—Eso no paga el préstamo.

—No. Pero nos da una idea de lo que puede funcionar.

Nico cerró el cuaderno.

—No quiero convertirla en una actividad para turistas.

—No tiene por qué serlo.

—No quiero que la gente venga a hacerse una foto y se vaya.

—Entonces hacemos un taller de verdad. Un grupo pequeño, receta completa y cena compartida.

—¿Y quién decide qué cuentan como recetas de verdad?

—Tú.

—¿Y tú te encargas de que no prometamos más de lo que podemos dar?

—Sí.

Nico volvió a abrir el cuaderno. Eligió la receta de la coca de naranja y la leyó despacio. Su madre había anotado que la masa tenía que reposar mientras se preparaba el relleno. Al final, con otra tinta, había añadido: «No tengas prisa. La cocina no se va».

—Ella decía eso cuando yo llegaba tarde a todo —dijo Nico.

—¿Funcionaba?

—No. Pero me daba de comer.

Decidieron hacer el taller el último sábado de septiembre. La inscripción incluiría ingredientes, una copa de vino y la cena. Mara grabaría un vídeo corto de Nico explicando la receta, sin música de moda ni frases de venta.

—¿Y si sales mal en cámara? —preguntó Inés.

—No me gusta que me graben.

—Podemos grabar solo las manos.

—Eso sí.

—¿Y si la receta sale mal?

—La arreglamos.

—¿Y si no se puede arreglar?

—Nos comemos otra cosa.

—Me gusta tu plan de contingencia.

—No lo llames así.

La inscripción se publicó a las seis de la tarde. A las ocho, ya había siete plazas ocupadas. A la mañana siguiente, quedaban cinco.

Nico miró el contador en el ordenador.

—No es suficiente para saber si funciona.

—No —dijo Inés—. Pero ya hay gente que quiere venir.

—Eso sí.

—¿Te alegra?

—No lo sé.

—Esa respuesta es mía.

—Te la devuelvo.