El azar no acepta reservas Capítulo 23. Una cena sin etiqueta
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Capítulo 23. Una cena sin etiqueta

La cena no se celebró en un restaurante. Nico había cerrado la cocina para el servicio de la noche y no quería que la primera cita se convirtiera en una degustación de trabajo.

—¿Y dónde vamos? —preguntó Inés.

—A ningún sitio.

—Eso suena a una cita con logística complicada.

—La finca tiene una cocina y una terraza.

—La finca también tiene proveedores, empleados y una tabla de presupuestos.

—He pedido a Mara que se ocupe de la reserva de mañana.

—¿Y Blanca?

—Se ha ido a casa.

—¿Y tú?

—Yo estoy aquí.

—Eso no responde.

—La terraza está libre.

Inés aceptó. Llegó a las ocho y encontró una mesa puesta bajo las guirnaldas. No había flores ni velas. Había dos vasos, una botella de agua y un plato con pan tostado y tomate. Sobre la silla descansaba una caja de cartón.

—¿Qué hay ahí? —preguntó.

—El postre.

—¿De dónde lo has comprado?

—Lo he hecho.

—¿Qué es?

—Un secreto.

—¿Es una tarta?

—No.

—¿Un flan?

—No.

—¿Un bizcocho?

—No voy a darte pistas.

—¿Por qué?

—Porque la caja tiene agujeros y ya has olido el limón.

—No sabía que el limón contaba como pista.

—En esta cocina, sí.

La cena consistió en una ensalada de tomate, una tortilla de patata y una coca de verduras. Nada tenía una presentación especial. Todo sabía a algo que Inés habría querido encontrar después de un día largo.

—¿Esto cuenta como una cita? —preguntó ella.

—Dijiste que no querías decidir qué significaba.

—Es verdad.

—Entonces es una cena.

—Con un beso al final.

—Eso lo dijiste tú.

—Y lo sigo diciendo.

Nico no intentó adelantarse. Le contó que su madre solía cocinar para todo el barrio en las fiestas de agosto, aunque nunca invitaba a nadie de manera formal.

Alguien se enteraba de que había arroz en la cocina y aparecía con una silla.

Su madre no preguntaba cuántos serían; preguntaba si alguien era alérgico a algo.

—¿Y tú cocinas igual? —preguntó Inés.

—No. Yo pregunto cuántos vienen.

—Has cambiado de método.

—He aprendido a contar.

—Eso sí que es crecer.

—No te burles. La primera vez que cociné para más de diez personas, se acabó el pan.

—¿Cuántas eran?

—Catorce.

—Eso no es un desastre.

—Mi madre apareció con tres barras y dijo que el pan era lo único que no debía faltar.

—¿Y tenía razón?

—Siempre la tenía sobre el pan.

Nico miró la caja del postre. La abrió y sacó dos vasitos de crema de limón con merengue.

—Eso parece una tarta en versión individual —dijo Inés.

—No es una tarta.

—Entiendo.

—No parece que entiendas.

—Entiendo que has preparado postre para dos.

—Eso sí.

Comieron en la terraza mientras la finca se quedaba en silencio.

Inés le habló de sus padres, del bar pequeño y de las cenas que siempre terminaban con una silla añadida.

Le habló de cómo había elegido su trabajo: primero por necesidad, después porque descubrió que disfrutaba anticipándose a lo que la gente no sabía pedir.

—¿Y eso no te cansa? —preguntó Nico.

—A veces. Sobre todo cuando alguien cree que, por haber pensado en todo, puede no pensar en mí.

—¿Eso te pasó con Sergio?

—Sí.

—¿Te gustaría contarme más?

Inés dio un sorbo de agua.

—No hoy.

—De acuerdo.

—¿No vas a preguntar por qué?

—No.

—¿Y si te lo cuento mañana?

—Te escucharé mañana.

—¿Y si te lo cuento dentro de tres semanas?

—También.

Inés se inclinó para besarlo. La cena seguía sin tener etiqueta, pero el beso ya no era una pregunta. Esta vez, se quedaron abrazados bajo las luces hasta que el fresco de la noche los obligó a entrar.

Al despedirse, Nico le preguntó si quería que se vieran el fin de semana.

—Sí —contestó ella.

—¿Eso es una decisión?

—Es una respuesta.

—Me sirve.