Capítulo 21. La mesa de la cocina
Inés encontró a Nico cerrando el restaurante.
—¿Tienes un minuto?
—Sí.
—¿Podemos hablar?
—Estamos hablando.
—No así.
Él apagó una de las luces y salió al patio. Se sentaron a la mesa de la cocina, la misma donde habían compartido el arroz después de la primera boda.
—He revisado el acuerdo —dijo ella—. No voy a aceptarlo como está.
—¿Vas a rechazarlo?
—Voy a proponer cambios.
—¿Y si no los aceptan?
—Decidiré entonces.
—¿Y Madrid?
—Sigue siendo una opción.
Nico asintió, mirando sus manos.
—No te estoy pidiendo que te quedes.
—Lo sé.
—Ni que rechaces el otro trabajo por mí.
—También lo sé.
—No quiero que mañana pienses que te hice elegir.
—No lo pensaré.
—No puedes saberlo.
—Puedo saber lo que pienso ahora.
Él levantó la vista.
—¿Y qué piensas ahora?
Inés tuvo que elegir las palabras con más cuidado que de costumbre.
—Pienso que me gusta estar aquí. Me gusta el trabajo, aunque me discutas las hojas de cálculo. Me gusta que Blanca me haya dado autoridad para decidir. Y me gustas tú.
Nico no apartó la mirada.
—Pero no sabes si te quedarás.
—No. No lo sé.
—¿Y qué significa eso para nosotros?
—Que podemos seguir conociéndonos mientras yo decido qué quiero para mi vida.
—¿Y si la decisión es irte?
—Entonces tendremos que hablar de eso.
—No parece muy tranquilizador.
—No voy a prometer algo que no sé si puedo cumplir.
Nico respiró hondo. Después, estiró la mano sobre la mesa y cubrió la de ella.
—Eso sí te lo creo.
—¿Y tú? —preguntó Inés—. ¿Qué quieres?
—Quiero que la finca siga abierta. Quiero cocinar aquí. Quiero que Blanca deje de hacer el trabajo de tres personas. Y quiero volver a besarte.
—Eso último parece más sencillo.
—No lo es.
—¿Por qué?
—Porque si te beso, voy a querer que te quedes.
—Eso no significa que tengas derecho a pedírmelo.
—No lo tengo.
—Bien.
—Pero sí puedo decírtelo.
Inés se inclinó sobre la mesa y lo besó. Esta vez no hubo cautela. Nico la recibió con una mano en la mejilla y otra en su cintura. El beso duró el tiempo suficiente para que el restaurante se quedara a oscuras alrededor de ellos.
Al separarse, Inés apoyó la frente en la suya.
—No me estoy quedando por este beso.
—Lo sé.
—Ni por la finca.
—Lo sé.
—Estoy decidiendo por mí.
—Eso es lo que quiero.
—¿Aunque me vaya?
—Aunque te vayas.
Inés lo besó una tercera vez. No quería que el momento se convirtiera en un contrato. Tampoco quería que su ausencia de respuesta pareciera una promesa.
Cuando se marchó, Nico caminó con ella hasta la verja. Esta vez, no se quedaron junto al coche. Se despidieron con un beso breve y una pregunta pendiente: qué iba a contestar Salcedo el martes.