El azar no acepta reservas Capítulo 20. Lo que cabe en una cuenta
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Capítulo 20. Lo que cabe en una cuenta

El acuerdo de Salcedo ocupaba seis páginas. Inés lo leyó dos veces y marcó tres apartados en amarillo: la participación en ingresos, el presupuesto de reparaciones y el número de eventos mínimos para sostener el préstamo.

No podía aceptar un puesto en el que su salario dependiera de promesas que no controlaba. Tampoco podía quedarse en La Senda como si el cariño pagara una factura.

Hizo una lista de preguntas. Luego otra. Después abrió la propuesta de Madrid.

El salario era superior. El cargo también. La oficina tenía grandes ventanales y una sala de reuniones que aparecía en la página web de la empresa. El puesto no exigía que nadie estuviera disponible a cualquier hora, al menos sobre el papel.

Inés cerró el documento.

—¿Vas a aceptar? —preguntó Mara desde la puerta.

—No lo sé.

—¿Puedo hacer una pregunta sin que me respondas «no lo sé»?

—Puedes intentarlo.

—¿Qué opción te da más miedo?

Inés pensó en Madrid y en La Senda. La respuesta no llegó rápido.

—Quedarme y que la finca cierre igualmente.

—¿Y la otra?

—Irme y pensar que podría haber ayudado.

—¿Cuál te gustaría haber elegido dentro de un año?

—No puedo saberlo.

—No te pregunté qué sabrás. Te pregunté qué quieres.

Inés sonrió sin ganas.

—Paula y tú os habéis puesto de acuerdo.

—¿En qué?

—En hacerme preguntas incómodas.

—Es que las cómodas no sirven.

Mara se sentó en el alféizar.

—La Senda no necesita que te sacrifiques. Necesita que le pongas precio a tu trabajo.

—Ya me han ofrecido un salario.

—Entonces negocia lo demás.

—¿Y si no aceptan?

—Tendrás una respuesta.

Inés volvió a abrir el acuerdo. Mara tenía razón.

Quedarse no era decir que sí a cualquier condición.

Podía negociar un salario fijo, un periodo de prueba, un presupuesto inicial y objetivos que dependieran de decisiones compartidas.

No podía garantizar que todo saliera bien.

Sí podía decidir qué estaba dispuesta a hacer.

Esa noche, llevó sus propuestas a Blanca. Las revisaron juntas en la galería. Nico no apareció.

—No quiero que crea que su opinión no cuenta —dijo Inés.

—Nico no quiere decidir por ti —contestó Blanca—. Y tampoco quiere ser la razón por la que te quedes.

—No lo es.

—Entonces díselo.

Inés miró el documento. Las cifras estaban claras; la conversación, no.

—Primero quiero saber si acepta las condiciones.

—Eso es sensato.

—No significa que no quiera hablar con él.

—Lo sé.

Pero Nico no estaba allí para escucharla.