El azar no acepta reservas Capítulo 18. El primer beso no arregla nada
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Capítulo 18. El primer beso no arregla nada

Paula se marchó el lunes por la mañana con una bolsa de naranjas y un comentario sobre la limpieza de la habitación.

—No estaba sucia —dijo Inés.

—Tenía un pelo en la almohada.

—Ese pelo era tuyo.

—Eso demuestra que había un pelo.

Nico la ayudó a cargar la maleta hasta el coche.

—Me cae bien tu hermana —dijo cuando Paula se marchó.

—A ella también le caes bien.

—¿Te lo ha dicho?

—No. Me ha preguntado si tienes novia.

—Eso no significa que le caiga bien.

—En mi familia, sí.

Él aceptó la respuesta con una sonrisa.

La semana fue larga. El proveedor de sillas había confundido la fecha de una reserva; la lámpara del comedor se fundió durante una reunión con Salcedo; y el horno de la cocina decidió dejar de calentar justo cuando Nico preparaba una prueba de menú para una pareja.

Inés se quedó hasta tarde para terminar el plan de temporada baja. Nico reparó el horno con ayuda de un técnico y luego preparó bocadillos para ambos. No hablaron de Madrid. Tampoco del beso que no se habían dado después de la boda.

El jueves, el plan quedó listo. Inés lo envió a Salcedo y apagó el ordenador.

—¿Te vas? —preguntó Nico desde la puerta.

—Sí.

—¿A casa?

—Eso suelo hacer cuando me voy.

—¿Quieres que te acompañe al coche?

—Está a veinte metros.

—La escalera también estaba bien.

—La escalera estaba coja.

—Y aun así quisiste subir.

Inés guardó el portátil. Nico no se había movido de la puerta.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Nada.

—Eso no te lo crees ni tú.

—Me preguntaba si querías que te acompañara.

—¿Por qué?

—Porque es tarde.

—No es tan tarde.

—Porque has tenido una semana larga.

—Eso sí.

—Y porque me apetece caminar contigo.

Inés cerró la cremallera del bolso. No había un correo urgente, ni una boda que preparar, ni una lista que consultar. Solo Nico, la puerta abierta y el sonido de los grillos al otro lado.

—Está bien —dijo.

Salieron juntos. Caminaron despacio por el sendero de grava, sin tocarse. Al llegar al coche, Inés dejó el bolso en el asiento del copiloto y se volvió hacia él.

—¿Vas a preguntarme algo? —dijo.

—Sí.

—¿El qué?

—Si ahora te apetece que te bese.

Inés respiró. La pregunta seguía siendo directa. La respuesta también.

—Sí.

Nico se acercó despacio, dándole tiempo para cambiar de opinión.

Ella no lo hizo. El beso fue suave al principio, un encuentro prudente entre dos personas que llevaban semanas midiendo cada paso.

Después, Inés puso una mano en su cuello y él la acercó por la cintura.

El mundo no se detuvo. No hubo música ni fuegos artificiales.

El coche cerró sus luces al cabo de treinta segundos y les recordó que seguían en un aparcamiento.

Cuando se separaron, Inés sonrió.

—Eso ha sido más fácil que la hoja de cálculo.

—No había que sumar nada.

—Había que decidir.

—Y has decidido.

—Por ahora.

—Por ahora me vale.

Nico apoyó la frente contra la de ella. Inés cerró los ojos un instante. Aún podía decir que no sabía qué quería para septiembre. Aún podía aceptar el trabajo en Madrid. El beso no había resuelto ninguna de esas cosas.

Pero había añadido una que no cabía en la agenda.

Su teléfono vibró dentro del coche.

Inés se apartó y miró la pantalla. Era un mensaje de Salcedo: «He revisado su propuesta. Necesito hablar con usted y Blanca mañana. Hay una condición nueva para continuar».

—¿Qué ocurre? —preguntó Nico.

—Salcedo quiere reunirse.

—¿Por el plan?

—Dice que hay una condición nueva.

Nico se pasó una mano por el pelo.

—¿Y cuál es?

—No lo sé.

Esta vez, ninguno de los dos hizo una broma sobre la respuesta.