Capítulo 17. La visita de Paula
Paula llegó el domingo con una maleta amarilla, una bolsa de naranjas y una pregunta:
—¿Te gusta el chef?
Inés abrió la verja.
—Hola a ti también.
—Hola. ¿Te gusta el chef?
—¿De qué chef hablas?
—El que está en la foto de Instagram.
—No sabía que habías visto la cuenta de la finca.
—No la he visto. La ha visto mamá. Me la ha reenviado con seis corazones y un comentario sobre que por fin pareces feliz.
—Mamá no sabe distinguir una sonrisa de una foto de trabajo.
—¿Y tú sí?
Inés le quitó la bolsa de naranjas.
—Pasa. Hay una habitación libre.
—¿En la finca?
—Sí.
—¿Y el chef vive aquí?
—No.
—Qué decepción.
—Paula.
—Solo intento entender el contexto.
—El contexto es que tengo trabajo.
—Eso no me dice nada sobre el chef.
Nico apareció en la entrada con un paño al hombro.
—¿Esta es Paula?
—Sí —dijo Inés—. Mi hermana.
—Nico —dijo él, tendiéndole la mano.
Paula se la estrechó. Lo evaluó en menos de un segundo.
—Encantada. ¿Tienes novia?
—No.
—¿Y te gusta mi hermana?
—Paula —dijo Inés.
—No tengo más preguntas.
—Has hecho dos —dijo Nico.
—Y me han respondido las dos.
Nico miró a Inés con una sonrisa que ella no supo interpretar.
—La comida está lista en media hora —dijo—. Si te quedas, te guardo un plato.
—Me quedo —respondió Paula—. Por la comida.
—Claro —dijo Inés.
Durante el almuerzo, Paula contó que estaba pensando en cambiar de trabajo. Llevaba dos años en una clínica dental donde el jefe decía «somos una familia» cada vez que necesitaba que alguien cubriera un turno.
—No es una familia si solo te llaman cuando necesitan que hagas algo —dijo Inés.
—Lo sé. Pero paga el alquiler.
—¿Tienes otra oferta?
—Una entrevista. No sé si saldrá.
Nico sirvió más arroz.
—A veces basta con ir a la entrevista.
Paula lo miró.
—¿Te estás postulando para consejero de familia?
—No. Ya tengo suficiente trabajo.
—Bien. Mi hermana no acepta consejos hasta que los escribe en una libreta.
—Eso no es verdad —dijo Inés.
—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo sin apuntarlo?
Inés miró a Nico.
—He bailado en dos bodas.
—Una canción y media —dijo Mara desde el otro extremo de la mesa.
—¿Por qué sabes eso? —preguntó Paula.
—Mara publicó una foto —dijo Inés.
—Ah, sí. La foto del chef. Ya la había visto.
La mesa se llenó de risas. Inés le lanzó a su hermana una mirada que prometía una conversación privada. Paula le contestó con un guiño.
Después de comer, las dos hermanas caminaron hasta el naranjal. Paula recogió una hoja seca del suelo y la hizo pedazos entre los dedos.
—No tienes que volver a hacer lo mismo —dijo.
—¿Qué cosa?
—Elegir a alguien porque parece fácil de encajar en tu vida.
—No estoy eligiendo a nadie.
—Mejor. Así puedes elegirte a ti primero.
Inés se detuvo.
—¿Eso es lo que has venido a decirme?
—No. He venido porque te echo de menos. Lo otro me salió gratis.
—Eres muy generosa.
—Lo sé.
—Nico no es como Sergio.
—No he dicho que lo sea.
—Ni siquiera sé si me gusta.
—Te gusta lo suficiente para estar discutiendo conmigo sobre si te gusta.
—Eso no es una prueba.
—En esta familia, sí.
Inés siguió caminando. En la distancia, Nico hablaba con un proveedor junto a la puerta de la cocina. No miraba hacia ellas. Aun así, ella sintió que él formaba parte de la conversación.
—Me han ofrecido un trabajo en Madrid —dijo.
—¿Quieres irte?
—No lo sé.
—¿Lo quieres o crees que deberías quererlo?
Inés no contestó. Paula le tomó la mano, como hacía cuando eran niñas y se quedaban dormidas en el sofá de sus padres.
—No tienes que decidirlo hoy —dijo su hermana—. Pero no dejes que la fecha de un contrato decida por ti.
—¿Y si me equivoco?
—Entonces te equivocarás en un sitio distinto.
La respuesta hizo reír a Inés. No resolvió nada, pero le abrió un poco el pecho.