Capítulo 16. Una puerta que no se cierra
La visita de Salcedo llegó antes de lo previsto.
Se presentó un viernes por la tarde, sin avisar, con una carpeta bajo el brazo y un hombre al que llamó «mi socio». Inés estaba en el despacho corrigiendo el presupuesto de octubre. Nico estaba en la cocina. Blanca, en una cita médica.
—Estamos a punto de hacer una prueba de cena —dijo Inés—. Si quieren, pueden quedarse.
—No queremos interrumpir —contestó Salcedo.
—No interrumpen. Es una prueba abierta.
—Entonces la veremos.
El socio recorrió el patio, el salón y la galería. Anotó las grietas de la pared, el estado de las lámparas y el ancho de la puerta principal. Inés respondió a las preguntas con cifras concretas. Cuando no sabía algo, lo decía.
—La finca podría funcionar para grupos de empresa —dijo el socio—. Si renovamos la cocina y añadimos habitaciones.
—La licencia actual no permite alojamientos —dijo Inés—. Habría que comprobar la normativa y la obra necesaria.
—Eso se estudia.
—Sí. Pero no es un cambio menor.
—¿Nicolás estaría dispuesto a llevar la cocina de un hotel?
Nico apareció en la puerta.
—Depende del hotel.
—Un hotel de quince habitaciones. Cocina local, eventos de empresa, bodas selectas.
—¿Y qué pasaría con el restaurante?
—Se incorporaría al proyecto.
—¿La carta la decidiría yo?
—La carta tendría que adaptarse al modelo.
—¿Y quién decide el modelo?
El socio miró a Salcedo.
—Los inversores —dijo este—. Es una inversión, no una asociación artística.
—Entonces no me interesa —dijo Nico.
—No te estoy ofreciendo un puesto todavía —dijo Salcedo—. Estoy comprobando la viabilidad.
—La viabilidad de cambiar lo que hace que la gente venga.
—La gente viene porque hay bodas.
—La gente viene porque aquí no se siente como en una cadena.
—Eso es una intuición.
—Y la suya es un Excel.
Inés se interpuso antes de que los dos hombres retomaran la discusión.
—Lo que sí sabemos es que las reservas están creciendo. La cena piloto tuvo una petición de reserva para octubre y hemos recibido dos consultas nuevas. Podemos ampliar el plan con cifras reales a final de mes.
Salcedo guardó la tableta.
—Me interesan los resultados. No las promesas.
—De acuerdo —dijo Inés.
—Y necesito saber quién seguirá aquí en septiembre.
La pregunta quedó suspendida. Inés notó que Nico se había vuelto hacia ella.
—El contrato de Inés termina en seis semanas —dijo él.
—Lo sé —respondió ella.
—¿Y tu decisión? —preguntó Salcedo.
—No la he tomado.
—Un proyecto necesita continuidad.
—La tendrá si tiene sentido para ambas partes.
Salcedo asintió, aunque no parecía satisfecho.
—Envíe el plan completo a final de mes.
Cuando los visitantes se marcharon, Nico cerró la puerta de la cocina con más fuerza de la necesaria.
—No voy a convertir esto en un hotel.
—No te he pedido que lo hagas.
—Tú podrías convencer a Blanca.
—No soy responsable de lo que decida Blanca.
—Pero eres la persona que tiene que presentar el plan.
—Un plan no es una decisión.
—Para Salcedo sí.
—No sabes qué piensa él.
—Sé lo que ha venido a hacer.
—Ha venido a ver si invierte.
—Ha venido a cambiarlo todo.
—Si no invertimos, el banco puede obligarnos a vender.
Nico se quedó callado. El silencio no era una respuesta, pero sí una herida.
—No quiero perder la finca —dijo él—. Pero tampoco quiero que siga abierta solo para que alguien la convierta en un sitio que no reconozco.
—Entonces tenemos que proponer otra cosa.
—¿Tenemos?
—Sí. Tenemos.
Él la miró. Parecía que iba a decir algo más, pero se detuvo.
—No sé cuánto tiempo vas a quedarte —dijo.
—Yo tampoco.
—Eso cambia las cosas.
—No debería cambiar el plan.
—No hablaba del plan.
Inés sintió que le faltaba una respuesta rápida, una frase que pudiera protegerla de esa conversación. Por una vez, no encontró ninguna.
—Voy a terminar el presupuesto —dijo.
—Claro.
Nico volvió a la cocina. Inés abrió el ordenador, pero no escribió nada durante varios minutos.
Al anochecer, respondió a Sergio: «Gracias por la propuesta. Necesito hasta final de agosto para decidir. Si el puesto sigue disponible entonces, me gustaría hablarlo en persona».
No aceptó el trabajo. Tampoco lo rechazó.
Cuando guardó el teléfono, la puerta del despacho seguía abierta. Al otro lado, las guirnaldas del patio empezaban a encenderse.