Capítulo 14. Las cifras no saben bailar
Inés trabajó en el plan de temporada baja durante tres noches.
No porque Salcedo lo hubiera pedido para el lunes.
Lo había pedido para final de mes. Pero cada vez que abría el archivo, aparecía una nueva forma de demostrar que La Senda podía sostenerse con algo más que bodas de verano: cenas de producto local, talleres de cocina para grupos pequeños, conciertos acústicos, comidas de empresa que no parecieran comidas de empresa.
La dificultad consistía en calcular cuántas personas acudirían sin inventarse entusiasmo en una celda de Excel.
—¿Cuánto cuesta una cena para doce? —preguntó a Nico al tercer día.
—Depende de lo que coman.
—¿Y si comen lo que tú decidas?
—Entonces depende de cuánto quieras pagar.
—Necesito un precio por persona.
—¿Con vino?
—Sí.
—¿Con postre?
—Sí.
—¿Con alguien que lave los platos?
—También.
—Entonces no es solo una cena. Es una cena con final feliz.
—Es una cena rentable.
—Eso es menos atractivo.
Inés cerró el ordenador.
—No te estoy pidiendo que decidas el futuro de la finca. Solo que me ayudes a calcular el coste.
—Ya te lo he calculado.
—No hay ningún número en la hoja.
—Te lo he dicho.
—Me has dicho «depende» cuatro veces.
—Y las cuatro veces era verdad.
Inés se levantó. Llevaba dos noches durmiendo poco y le molestó que Nico tuviera razón sobre una cuestión tan poco útil.
—No puedo presentar «depende» como una cifra.
—Entonces no presentes una cifra falsa.
—No es falsa. Es una estimación.
—Con un número que te has inventado.
—Con un número basado en el coste de los ingredientes, el personal y el alquiler.
—¿Y el tiempo que tardo yo en diseñar el menú?
—Está incluido.
—¿Y el tiempo que tardo en hacer que parezca sencillo?
—No sé cuánto vale eso.
—Ese es el problema.
La discusión terminó cuando Nico salió a revisar una entrega.
Inés se quedó mirando la pantalla. En la hoja, cada fila describía una posibilidad.
En ninguna aparecía el cansancio de Nico, la paciencia de Blanca o el hecho de que el salón necesitaba una revisión eléctrica antes de que alguien organizara allí un concierto.
Borró una cifra y dejó el campo en blanco.
Después, escribió una nota: «Coste pendiente de validación del equipo. No comprometer margen hasta definir horas de cocina y servicio».
No era una respuesta bonita. Era una respuesta honesta.
Encontró a Nico en la despensa, colocando cajas de aceite en una estantería. Le entregó la tableta.
—He quitado el precio inventado.
—No lo inventaste.
—Lo estimé sin preguntarte por las horas. No es lo mismo, pero tampoco es suficiente.
Nico leyó la nota.
—Esto sí lo puedo defender.
—Salcedo quiere una propuesta.
—Y tú se la vas a dar.
—Con los costes reales.
—Bien.
—No tienes que enfadarte cada vez que alguien menciona una tabla.
—No me enfado con la tabla.
—¿Con qué te enfadas?
—Con que la gente crea que puede medir lo que no ha hecho.
Inés apoyó una mano en la estantería.
—Tienes razón.
Nico la miró con una ceja levantada.
—¿Qué?
—Has dicho que tengo razón.
—No te acostumbres.
—¿Lo pongo en la hoja?
—No.
—¿En la agenda?
—Menos.
Inés se rio. Esta vez, Nico también.