El azar no acepta reservas Capítulo 13. La oferta de Madrid
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Capítulo 13. La oferta de Madrid

El correo de Sergio esperaba en la carpeta «Pendiente» desde hacía ocho días.

Inés lo abrió el martes por la mañana. La oferta seguía siendo buena. El puesto incluía un equipo de cuatro personas, viajes pagados y un salario que le permitiría dejar de hacer cuentas antes de comprar un billete de tren. El comienzo estaba previsto para septiembre.

La Senda tenía un contrato de seis semanas. Después, nada.

Ella imprimió la propuesta y la dejó dentro de la carpeta verde. No estaba intentando olvidarla; solo necesitaba pensar sin tenerla delante.

—¿Qué es eso? —preguntó Blanca, entrando al despacho.

—Una oferta de trabajo.

—¿La vas a aceptar?

—No lo sé.

Blanca no hizo una broma sobre la libreta. Se sentó frente a ella.

—No quiero que te quedes por obligación.

—No lo haría.

—La Senda necesita ayuda. Pero no quiero que confundas ayudar con sacrificarte.

—No creo que lo esté haciendo.

—Bien. Entonces no te costará decir que sí a Madrid si es lo que quieres.

Inés bajó la vista a la carpeta.

—¿Tú qué quieres?

—Quiero que esta finca siga abierta. Y que la gente que trabaja aquí pueda vivir de su trabajo. No voy a pedirte que te quedes para conseguirlo.

—¿Y Nico?

—Nico decidirá por Nico.

—No parece muy dispuesto a irse.

—Eso no significa que no pueda hacerlo.

Blanca se levantó y dejó una caja de fotos en el escritorio. Eran imágenes antiguas de La Senda: comuniones, fiestas, un baile de verano bajo las guirnaldas. En una aparecía un Nico adolescente, con el pelo demasiado largo y una camisa roja, cargando una bandeja de vasos.

—¿Quién hizo esta? —preguntó Inés.

—Su madre. El verano antes de que se fuera a Barcelona.

—No sabía que su madre trabajaba aquí.

—La finca era de su familia. Nico volvió cuando ella murió.

Inés miró la foto con una atención nueva. Blanca no había contado aquello antes. Quizá no necesitaba hacerlo. La historia de Nico no era una pieza que le debiera a nadie.

—Lo siento —dijo.

—Fue hace años. Pero uno no deja de echar de menos a alguien porque hayan pasado años.

Blanca salió del despacho, dejándola con las fotografías. Inés volvió a guardar la propuesta de Madrid. Esta vez cerró el correo por completo.

Por la tarde, la finca recibió la visita de Tomás Salcedo, el posible inversor que llevaba meses considerando financiar las reparaciones.

Llegó en un coche negro, zapatos de cuero y una camisa sin una sola arruga.

No era un hombre antipático; era un hombre que había aprendido a preguntar cuánto costaba cada cosa antes de preguntar cómo estaba la gente.

—He visto las reseñas de las bodas —dijo mientras recorrían el patio—. Son positivas. El problema es que hay pocas.

—Estamos trabajando para aumentar las reservas —contestó Inés.

—¿Y quién se ocuparía de la promoción?

—Mara. Yo coordinaría las propuestas y el calendario.

—¿Y el señor Ferrer?

—La cocina y la operación diaria.

Salcedo se detuvo junto a la galería.

—¿Cuántas bodas puede organizar la finca al mes?

—Depende del tamaño y de la temporada.

—Necesito una cifra.

—Entre tres y cinco, sin comprometer el servicio del restaurante.

—¿Podrían ser seis?

—No con el personal actual.

—¿Cuánto personal haría falta?

—Dos camareros más y una persona de limpieza. También revisar el sistema eléctrico.

—¿Y si no se hace la reforma?

—Entonces la capacidad máxima sería cuatro.

Salcedo anotó algo en una tableta.

—Voy a necesitar un plan de ingresos para la temporada baja. Las bodas de verano no bastan.

—Podemos trabajar cenas privadas, talleres de cocina y celebraciones pequeñas —dijo Inés—. Pero habría que presupuestar los cambios.

—Eso es lo que quiero ver. Un plan que convierta el encanto en ingresos.

Nico apareció desde la cocina con las manos mojadas.

—El encanto no se puede poner en una tabla —dijo.

Salcedo levantó la vista.

—Todo se puede poner en una tabla.

—No todo lo que cabe en una tabla funciona cuando llega la gente.

Inés se interpuso antes de que la conversación se convirtiera en otra reunión sin agenda.

—La propuesta de temporada baja puede incluir actividades con plazas limitadas. Así probamos la demanda sin contratar más personal todavía.

Salcedo asintió.

—Envíeme un borrador antes de fin de mes. Si las cifras funcionan, seguimos hablando.

Cuando se marchó, Nico se quedó mirando el coche hasta que desapareció por la verja.

—No puedes hablarle como si quisiera quitarte la finca —dijo Inés.

—¿Y tú no puedes hablarle como si una tabla fuera a salvarla?

—No he dicho eso.

—Lo has puesto en una propuesta.

—Porque me ha pedido un plan.

—Y tú se lo vas a dar.

—Sí.

—¿Aunque no te quedes aquí?

La pregunta llevaba más cosas dentro que las palabras. Inés notó que la oferta de Madrid pesaba de nuevo en la carpeta.

—Mi trabajo es hacer la propuesta.

—No te he preguntado cuál es tu trabajo.

—Entonces no sé qué me estás preguntando.

—Ya lo sé.

Nico volvió a la cocina. Inés permaneció en el patio con la tableta de Salcedo bajo el brazo y una sensación incómoda: Alguien esperaba una respuesta suya y no podía aplazarla hasta que terminara el verano.