Capítulo 12. Después de la última canción
La última invitada se marchó a las seis y diez. La tía Pilar se despidió de Blanca con dos empanadillas envueltas en una servilleta y una promesa de volver a la finca para ayudar con las flores.
—¿Crees que volverá? —preguntó Inés.
—Ha dicho que sí —contestó Nico.
—La gente dice muchas cosas al despedirse.
—La tía Pilar no.
—¿La conoces mucho?
—No. Pero se ha llevado dos empanadillas. Eso es un compromiso.
Inés se rio. Después, el silencio volvió a ocupar el patio. Aún quedaban sillas por recoger y platos que llevar a la cocina. Los invitados habían dejado confeti de papel en el suelo, junto a una pequeña corona de flores que alguien había olvidado bajo una mesa.
—¿Te has dado cuenta de que en todas las bodas hay algo que alguien deja atrás? —preguntó ella.
—Zapatos, ramos, chaquetas.
—Y teléfonos.
—Esos los encuentran siempre.
—No siempre.
—¿Has perdido alguno?
—Una vez, en una boda en la playa. Lo encontró un niño dentro de un cubo.
—¿Y qué hacía dentro del cubo?
—La novia lo había escondido para que su padre no llamara a su exmarido durante la ceremonia.
—¿Funcionó?
—El teléfono sobrevivió. El padre no.
Nico se rio. Su risa era distinta cuando no intentaba ocultarla: más grave, más breve y un poco contagiosa.
—¿Por qué sigues organizando bodas? —preguntó él.
—Ya te lo dije. Se me da bien.
—No es una respuesta.
—Es una respuesta que no tengo que pensar.
—¿Y la de verdad?
Inés recogió una servilleta del suelo y la dobló sin necesidad.
—Cuando era pequeña, mis padres tenían un bar.
Siempre había gente entrando y saliendo, celebrando cumpleaños, reconciliándose, discutiendo y volviendo a pedir otra ronda.
A veces no tenían dinero para pagar la luz, pero mi madre encendía velas y seguía sirviendo.
Supongo que aprendí que una mesa puede hacer que la gente se quede un poco más.
—Eso sí es una respuesta.
—No es muy útil para un currículum.
—Los currículums no me interesan.
—¿Qué te interesa?
Nico pensó un momento.
—Que alguien se siente a comer y, durante media hora, deje de pensar en lo que le preocupa.
—Eso es bastante parecido.
—Quizá por eso funcionamos.
—No hemos decidido si funcionamos.
—No hace falta decidirlo todo.
Inés dejó la servilleta en una bolsa de basura. Había algo en la forma en que Nico decía «funcionamos» que podía significar muchas cosas. Ella decidió no preguntarlo.
—La canción de tu abuelo —dijo—. ¿La tocabas con él?
—De pequeño. Él me enseñó tres acordes. Yo aprendí dos y olvidé uno.
—¿Cuál olvidaste?
—El que hacía que la canción tuviera sentido.
—Entonces no la has olvidado. Has encontrado otro sentido.
—Eso también parece una frase para una taza.
—Ya tengo una libreta. No necesito tazas.
Nico se acercó a ella. No había música, ni invitados, ni una razón práctica para estar tan cerca. Inés pudo oír el movimiento de las hojas del naranjo sobre ellos.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo él.
—Depende de cuál.
—¿Te apetece besarme?
La pregunta fue tan directa que Inés olvidó cómo se contestaba a las preguntas directas.
—No lo sé.
—Está bien.
—No he dicho que no.
—Tampoco has dicho que sí.
—Lo sé.
—Entonces no voy a hacerlo.
Nico retrocedió un paso. No sonó molesto. Eso la desarmó más que si hubiera insistido.
—Gracias —dijo ella.
—No tienes que darme las gracias por escucharte.
—Lo sé.
—¿Quieres que nos pongamos a recoger las sillas?
—Sí.
—¿Y si te vuelvo a preguntar mañana?
—Mañana puedes preguntarme por las sillas.
—Me vale.
Trabajaron hasta que el patio volvió a parecerse a sí mismo. A las ocho, Blanca les pidió que cenaran algo antes de irse. Nico preparó una tortilla con los restos de verduras y pan tostado. Comieron en la cocina, en la mesa pequeña junto a la ventana.
Al despedirse, Inés sintió un beso en la mejilla. Lo había iniciado ella. Fue breve, sin promesa ni plan. Nico no se movió hasta que ella se apartó.
—¿Eso significa que puedo preguntarte mañana? —dijo.
—Significa que mañana puedes preguntarme por las sillas.
—Entendido.
Inés salió a la noche con la sensación de que había contestado una cosa y dicho otra.