El azar no acepta reservas Capítulo 11. Veintidós testigos
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Capítulo 11. Veintidós testigos

La mañana de la boda, Silvia llegó a la finca con dos vestidos y una caja de fotografías.

—No sabía cuál ponerme —dijo—. Así que he traído los dos.

—Buena decisión —contestó Inés—. Uno para la ceremonia y otro por si el primero se pone nervioso.

Silvia se rio. Nuria apareció detrás con una bolsa de zapatos, un ramo sencillo y el teléfono apagado.

—¿No vas a hacer fotos? —preguntó Inés.

—No quiero pasarme el día mirando la pantalla.

—Entonces no lo hagas.

—¿Y si mi hermano quiere llamar?

—Te llamará cuando pueda. El teléfono estará guardado.

—¿Y si mi madre quiere hablar conmigo?

Silvia miró al patio. Su madre estaba junto a la mesa de recuerdos, organizando las fotografías antiguas. La tía Pilar ayudaba. Ninguna parecía a punto de marcharse.

—Entonces la escucho —dijo Silvia—. Pero después de la ceremonia.

—Eso suena a plan.

—Lo he aprendido de ti.

Inés no supo si sentirse halagada o preocupada.

La ceremonia se celebró en la galería. Nico había preparado un almuerzo que podía servirse frío o caliente, por si el tiempo volvía a cambiar.

La tía Pilar se sentó junto a la madre de Silvia.

El hermano de Nuria llegó quince minutos tarde y se quedó de pie al fondo hasta que ella le hizo una señal.

Cuando las dos mujeres aparecieron juntas, vestidas de blanco, nadie aplaudió al principio.

No por desaprobación, sino porque todas las personas parecían haberse quedado sin la respuesta que llevaban preparada.

Entonces la madre de Silvia empezó a llorar.

Su hermano se acercó a Nuria y le dio un abrazo.

Inés no miró a Nico. No quería comprobar si él también estaba emocionado.

Después de los votos, la madre de Silvia fue la primera en acercarse.

—No entiendo por qué no me lo dijiste antes —dijo.

Silvia le tomó las manos.

—Porque tenía miedo de que intentaras decidir por mí.

—No habría hecho eso.

—Mamá.

La mujer bajó la vista.

—Quizá habría hecho alguna pregunta.

—Muchas preguntas.

—Y algunas serían buenas.

—Seguro.

Se abrazaron. No quedó todo resuelto, pero nadie se marchó.

Durante el almuerzo, las conversaciones se mezclaron como si hubieran estado esperando a que alguien les diera permiso.

El hermano de Nuria preguntó por el máster; la tía Pilar contó que llevaba años sospechando que Silvia estaba enamorada; la madre de Silvia le preguntó a Nico cómo se preparaban las empanadillas.

La boda no tuvo pista de baile, pero a las cuatro, la música empezó en la galería y la tía Pilar fue la primera en levantarse.

—Dijiste que no habría baile —dijo Inés.

—Dije que no había pista.

—Eso es una respuesta legalista.

—No todo tiene que estar en el cronograma.

—No he dicho que lo esté.

—Pero lo estás pensando.

Inés intentó no sonreír. Nico le ofreció la mano. Ella la aceptó, y esta vez no fijó una duración.

La canción era la del abuelo. La misma que él había tocado en el piano, torpe y con cariño. Nico bailaba un poco mejor. Inés no estaba segura de que fuera por la práctica o porque ambos habían dejado de calcular los pasos.

—¿Vas a quedarte en La Senda? —preguntó él.

—No lo sé.

—Sigue siendo tu respuesta.

—Sigo sin saberlo.

—¿Qué te haría decidir?

—No lo sé.

—¿Y qué quieres que te pregunte?

Inés pensó en la oferta de Madrid, en la nómina fija, en la oficina con su nombre en una placa y en el hecho de que no había abierto el correo desde hacía tres días.

—Pregúntame cuando termine el verano.

—De acuerdo.

—No antes.

—No antes.

La canción acabó. Nico no soltó su mano. Inés tampoco. Un niño corrió entre ellos con una cinta de organza en la cabeza y los obligó a separarse.

La magia, pensó ella, era menos fiable que un niño con acceso a una caja de decoración.

Y bastante más divertida.