El azar no acepta reservas Capítulo 10. Una mesa para veintidós
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Capítulo 10. Una mesa para veintidós

Silvia llamó a Inés una semana antes de la boda.

—Mi madre ha preguntado si puede llevar a mi tía Pilar.

—¿La tía Pilar sabe que es una celebración de aniversario?

—Sí.

—¿Y sabe que os vais a casar?

—No.

—¿Quieres que venga?

—No lo sé.

Inés caminó hasta la galería para encontrar algo de intimidad. Al otro lado de la puerta, Nico preparaba masa para empanadillas y canturreaba la melodía del piano. No cantaba bien, pero la canción le sentaba mejor que el silencio.

—¿Qué te preocupa de que venga? —preguntó Inés.

—Mi tía Pilar es la persona más discreta de la familia. También es la persona que sabe todo antes que nadie.

—¿Te gustaría que estuviera allí?

—Sí. Creo que sí.

—Entonces la invitamos.

—¿Y si lo cuenta?

—Hablad con ella antes. Decidle qué necesitáis.

Silvia guardó silencio.

—Siempre he sido la que mantiene a todo el mundo tranquilo —dijo—. Mi madre, mis hermanos, mi tía. Pensaba que si esperaba al momento perfecto, nadie se enfadaría.

—No existe ese momento.

—Lo sé.

—Pero sí podéis elegir quién está a vuestro lado cuando llegue.

—Nuria quiere invitar a su hermano.

—¿Y tú?

—Quiero hacerlo. Me da miedo.

—Eso no significa que no debas.

—¿Y si se va?

—Entonces no será porque lo hayáis invitado.

Silvia respiró hondo.

—Invitaremos a los dos.

Cuando terminó la llamada, Inés encontró a Nico en la cocina. Él había dejado un plato con empanadillas sobre la mesa.

—¿Para mí?

—Para quien tenga hambre.

—¿Y si no tengo?

—Se quedarán aquí hasta que tengas.

—Eso es una táctica.

—Es cocina.

Inés probó una. Estaba rellena de espinacas, queso y ralladura de limón.

—Están buenísimas.

—Lo sé.

—¿No vas a preguntar si me gustan?

—Ya lo has dicho.

—Estás aprendiendo.

—No se lo cuentes a nadie.

En la tarde, revisaron juntas la lista de invitados.

Había veintidós nombres, aunque en la finca figuraban veinticuatro sillas.

Dos eran para niños que podían quedarse dormidos antes de la ceremonia.

Inés creó un plano de mesas sin poner a nadie como barrera entre personas que no quisieran hablarse.

—La familia de Silvia sentará a su tía aquí —dijo Nico—. La de Nuria, junto a la ventana. La pareja, al centro.

—Si las madres se miran desde lados opuestos, pueden conversar sin levantarse.

—O competir a ver quién sonríe más.

—Eso no puedo solucionarlo.

—Todavía.

—¿Vas a hacer algo para la tía Pilar?

—Una empanadilla de espinacas.

—¿Por qué?

—Silvia ha dicho que le gustan.

—¿Lo has apuntado?

—No.

—Entonces, ¿cómo lo recordarás?

—Lo recordaré.

Inés lo miró con la sospecha de que acababa de descubrir una forma de organización que no necesitaba una libreta. Era imperfecta, pero funcionaba.

—¿Y si lo olvidas?

—Me acordaré de que tenía que recordar algo.

—Eso no es un método.

—Es el método que tengo.

—Voy a apuntarlo.

—Por supuesto.

La tarde anterior a la boda, la madre de Silvia llegó a la finca para dejar una caja de recuerdos. Llevaba un vestido azul marino y una expresión que no dejaba claro si estaba enfadada o simplemente preocupada.

—¿Puedo hablar con mi hija? —preguntó.

Inés iba a llamar a Silvia, pero Nico apareció a su lado.

—Está en el patio. ¿Quiere que la acompañe?

La madre de Silvia dudó.

—No sé si debería.

—No tiene que decidir ahora.

—¿Y si se marcha?

—Entonces habrá venido hasta aquí para intentarlo. Eso ya cuenta.

La mujer le sonrió con gratitud. Inés reconoció en Nico una capacidad que no aparecía en ningún presupuesto: sabía ofrecer espacio sin dejar sola a la gente.

La madre de Silvia cruzó el patio. Inés la observó reunirse con su hija. No oyó lo que hablaron. Solo vio que Silvia le enseñaba el anillo y su madre se llevaba una mano al pecho.

Nico le rozó el hombro.

—¿Lo ves? —dijo—. No todo necesita un plan.

—No he dicho que todo lo necesite.

—Pero lo piensas.

—Pienso que un plan ayuda.

—Y yo pienso que una empanadilla ayuda.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

—Eso es lo que pasa cuando trabajamos juntos.

Inés giró la cabeza. Nico no sonreía. La frase había salido demasiado sincera para ser una broma.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Él miró hacia el patio, donde Silvia seguía hablando con su madre.

—Que la finca parece menos sola.

Inés sintió que esa frase le llegaba más cerca de lo que debería. No contestó. Se quedó a su lado mientras la conversación seguía al otro extremo del jardín.