El azar no acepta reservas Capítulo 9. Lo que las fotos no cuentan
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Capítulo 9. Lo que las fotos no cuentan

Al día siguiente, la foto ya estaba en la página de La Senda.

Mara había escrito: «Cuando el equipo salva una boda y se gana un baile». Inés no habría usado esa frase, pero reconocía que la imagen funcionaba. Detrás de ellos, la pista estaba llena; las luces reflejaban pequeños puntos dorados en el pelo de Nico y en el vestido de Inés.

—No la compartas —dijo ella.

—No pensaba hacerlo —contestó Mara.

—La ha subido la cuenta de la finca.

—La cuenta de la finca no es tu cuenta personal.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿qué te preocupa?

Inés no contestó. No le preocupaba la foto. Le preocupaba que pareciera natural. Le preocupaba, sobre todo, que Nico la hubiera vuelto a mirar de esa forma después de que Mara tomara la imagen.

El teléfono vibró en el bolsillo. Sergio le había enviado la propuesta de Madrid. El salario era superior al de La Senda. El puesto llevaba su nombre en el organigrama y la oficina estaba a dos calles del apartamento donde había vivido antes. Inés abrió el archivo y lo cerró sin leerlo entero.

—¿Todo bien? —preguntó Nico desde la puerta.

—Sí.

—Tu cara no está de acuerdo.

—Mi cara no ha visto la propuesta.

—¿La de Madrid?

—¿Cómo lo sabes?

—Mara lo ha mencionado.

—Mara no debería comentar mi vida laboral.

—No ha comentado tu vida laboral. Ha comentado que hay un correo de Madrid.

—Eso sigue siendo mi vida laboral.

Nico dio un paso atrás.

—Tienes razón. Lo siento.

La disculpa, tan directa, le quitó a Inés el impulso de defenderse.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Te has puesto a la defensiva.

—Me he puesto a leer una oferta.

—Y yo he preguntado demasiado.

—No es culpa tuya.

—Aun así, no era asunto mío.

Inés volvió a abrir el archivo. La primera página tenía su nombre en letras grandes, como si alguien hubiera reservado un lugar para ella antes de preguntarle si quería ocuparlo.

—No sé si quiero irme —dijo.

Nico no respondió enseguida. Se apoyó en el marco de la puerta y miró hacia el patio.

—No tienes que decidir hoy.

—En seis semanas se acaba el contrato.

—Eso no significa que te vayas.

—Tampoco significa que me quede.

—No.

Había una honestidad tranquila en su voz. Ninguno fingía que el trabajo podía resolverlo todo.

—¿Tú por qué no te vas? —preguntó Inés.

—¿De La Senda?

—De aquí. De Valencia. De una finca que tiene tres hojas de cálculo y una escalera coja.

—Hay días en los que me lo pregunto.

—¿Y qué te respondes?

—Que no quiero irme solo porque las cosas se hayan puesto difíciles.

—¿Y si es lo mejor para ti?

—Entonces me iré.

Inés lo miró.

—Eso es bastante sensato.

—No se lo digas a nadie. Tengo una reputación que mantener.

—¿De qué?

—De hombre que discute con las hojas de cálculo.

—La reputación está a salvo.

En el despacho, el correo de Sergio seguía abierto. Inés no lo borró ni respondió. Lo dejó allí, ocupando una parte de la pantalla.

—La próxima boda es a finales de agosto —dijo—. La pareja que quiere mantenerlo en secreto. Necesito que revisemos quién va a recibir la invitación.

—Mañana.

—¿Mañana?

—Hoy tenemos que desmontar la pista.

—¿Y si la familia se entera antes?

—Mañana tendremos que desmontar la pista igual.

—No sé cómo puedes decir eso con tanta calma.

—No lo digo con calma. Lo digo con hambre.

Inés guardó el correo en una carpeta llamada «Pendiente». Nico leyó el nombre por encima de su hombro.

—Al menos es honesta.

—No todos los nombres tienen que ser divertidos.

—Ya lo sé.

—No hace falta que lo repitas.

—No lo repetiré.

Pero sonrió.