Capítulo 8. La mesa de los que no bailan
La boda de ciento veinte invitados empezó con una lista de alergias, tres cambios de asiento y una tía que insistía en que el novio llevaba años odiando las flores.
—No las odia —dijo Clara, la florista contratada—. Le dan alergia.
—Es lo mismo para la decoración —contestó la tía.
Inés la escuchó desde el otro lado de la mesa de producción.
—Podemos usar ramas de olivo y flores secas —dijo—. No llevan polen y combinan con el espacio.
—Pero el tema es «jardín inglés».
—El novio es alérgico a las flores —repitió Inés—. Podemos tener un jardín inglés sin obligarlo a estornudar durante sus votos.
La tía la miró como si acabara de proponer cancelar la monarquía británica. Después aceptó. El ramo de la novia sería de flores secas; la mesa principal llevaría ramas verdes y pequeñas velas. Inés anotó el cambio y lo envió a la pareja.
El problema del día no fueron las flores. Fue la mesa de los que no bailaban.
La madre de Andrés, que volvía a la finca para ayudar con la segunda boda, había preguntado por un lugar tranquilo para sus hermanos.
La lista de invitados de la pareja decía que esos hermanos no hablaban entre sí desde hacía quince años.
Las mesas ya estaban colocadas. Si se sentaban juntos, uno de ellos se marcharía.
Si se separaban, la madre de Andrés pensaría que Inés había tomado partido.
—No tenemos una mesa neutral —dijo Mara.
—Tenemos la mesa junto a la ventana —dijo Nico—. Allí no llega el altavoz.
—Es una mesa para cuatro —dijo Inés—. Ellos son seis.
—Quitamos dos sillas de la mesa de proveedores.
—Los proveedores también tienen que comer.
—Les damos de comer antes.
—¿A qué hora?
—Antes.
—Eso es una hora aproximada.
—Es una hora que existe.
—La necesito en números.
Nico buscó a los camareros. Inés volvió a las mesas y habló con los dos hermanos por separado. Ninguno quería reconciliarse en una boda, pero ambos aceptaban sentarse con sus parejas si no los colocaban uno enfrente del otro.
—¿Y la mesa de los que no bailan? —preguntó Nico cuando ella regresó.
—No existe.
—¿Entonces cómo la llamamos?
—La mesa de la ventana.
—Es menos divertida.
—No todos los nombres tienen que ser divertidos.
—Eso explica por qué tus listas se llaman «pendiente».
—Mis listas se llaman por lo que contienen.
—Y no contienen alegría.
—La alegría no cabe en una columna.
—Eso es porque usas columnas demasiado estrechas.
Inés empezó a contestar, pero una camarera les pidió ayuda con una caja de vasos. La conversación quedó pendiente. Como casi todo lo importante.
Durante la ceremonia, el novio llegó cinco minutos tarde porque su hermano le había prestado un pañuelo y luego no recordaba dónde lo había dejado. La novia esperó en el patio, bajo las luces. Cuando él apareció, ella le tendió una pequeña caja.
—He traído uno de repuesto —dijo.
—¿Lo has apuntado en la lista?
—En el bolsillo.
Los invitados se rieron. La ceremonia empezó.
La cena fue rápida. La banda tocó a las once. En la mesa junto a la ventana, los dos hermanos discutieron sobre un partido de fútbol y evitaron mencionar el motivo por el que llevaban quince años sin hablarse. No era una reconciliación. Era un comienzo, o una pausa entre conflictos.
Inés observó la pista de baile. Nico estaba junto a la cocina, mirando la sala llena con una sonrisa que casi nunca enseñaba.
—No pareces muy convencido de que las bodas sean demasiado complicadas —dijo ella.
—Sigo pensándolo.
—¿Y la gente?
—La gente está bien.
—¿Y la música?
—La música, también.
—¿Y bailar?
—Eso ya es una pregunta peligrosa.
—No te he invitado.
—Menos mal.
—¿Por qué?
—Porque habría tenido que decir que sí.
Él le ofreció la mano. Inés miró la pista, luego su propia agenda, que había dejado sobre la mesa de producción. Aún quedaba revisar el inventario de mantelería y confirmar el horario del fotógrafo. Pero faltaban dos canciones para el final y la boda estaba a salvo.
—Una canción —dijo.
—¿Qué tipo?
—Una que no conozca.
—Eso puedo hacerlo.
Nico la llevó a la pista. No bailaba mal, aunque parecía sorprendido de estar allí. Inés se rio cuando él intentó seguir el ritmo y acabó moviendo los pies en una dirección distinta a la de la música.
—¿Te estás riendo de mí? —preguntó.
—Estoy celebrando el esfuerzo.
—Eso es peor.
—Pero te has reído.
—No te acostumbres.
—¿A bailar o a hacerte reír?
—A las dos cosas.
La canción acabó. Ninguno soltó la mano de inmediato. Mara apareció con el teléfono en alto.
—¿Foto? —preguntó.
—No —dijo Inés.
—Sí —dijo Nico a la vez.
Se miraron.
—Una foto de equipo —dijo él.
—Una foto de equipo —repitió ella.
Mara tomó la imagen antes de que pudieran decidir qué significaba. Los dos sonreían. La mano de Nico seguía en la espalda de Inés.