Capítulo 7. La llamada que no esperaba
El lunes siguiente, a Inés le ofrecieron un trabajo en Madrid.
La llamada llegó a las ocho y doce de la mañana, justo cuando intentaba averiguar por qué la factura de electricidad de La Senda incluía un concepto llamado «servicios extraordinarios».
—Hola, Inés —dijo Sergio al otro lado—. ¿Tienes un momento?
—Depende. ¿Es para hablar de una factura o de una persona?
—De trabajo.
—Entonces tengo dos minutos.
Sergio se rio. Conservaba esa risa fácil que a Inés le había gustado durante un tiempo y que ahora le hacía revisar si llevaba la cartera.
—Estoy montando un equipo nuevo en Madrid. Necesito a alguien que sepa manejar clientes difíciles, eventos con presupuesto real y proveedores que no contestan al teléfono. Pensé en ti.
—Suena a una descripción muy específica.
—La escribí pensando en ti.
—Eso no es necesariamente un cumplido.
—Lo es. Eres la mejor persona con la que he trabajado.
Inés miró la factura de la luz. El despacho olía a café y a papel. Por la ventana vio a Nico discutir con una caja de tomates. La caja ganó.
—¿Qué condiciones tiene el puesto?
—Dirección de producción. Sueldo fijo, equipo propio, oficina en el centro. La semana que viene podrías venir a hablarlo.
—¿Y por qué me lo ofreces a mí?
—Porque sé cómo trabajas. Y porque no guardo rencor.
—No sabía que hubiera alguno.
—Lo nuestro terminó hace tiempo.
—Terminó hace once meses.
—Eso es tiempo.
—Para una planta, quizá.
—Inés.
Ella soltó el bolígrafo. No era que Sergio fuera una mala persona.
Era que había confundido compartir una vida con compartir una agenda.
Él podía organizarle un fin de semana perfecto y olvidarse de preguntarle cómo había ido su semana.
Cuando se separaron, le devolvió las llaves con una tarjeta de embarque dentro.
—Pásame los detalles por correo —dijo—. Lo pensaré.
—Sabía que no dirías que no.
—No he dicho que sí.
—Es lo mismo que decías cuando querías pensarlo.
—No, Sergio. Es justo lo contrario.
Hubo una pausa. Luego, él le deseó suerte con su nuevo trabajo.
—¿Cómo sabes que tengo uno nuevo?
—Lo ha publicado Blanca en las redes. La Senda tiene una nueva coordinadora.
—Mara lo publicó.
—¿Y cómo va?
Inés miró la caja de tomates. Nico había conseguido abrirla y ahora inspeccionaba una bolsa de harina.
—Pregúntame en seis semanas.
—Lo haré.
Colgó. No se sentía tentada exactamente. Se sentía reconocida. La diferencia era pequeña, pero suficiente para molestarla.
Cuando salió al patio, Nico llevaba una bolsa de harina abierta.
—¿La caja ganó? —preguntó ella.
—La caja tenía una estrategia.
—¿Y tú?
—Yo tenía hambre.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
—Tienes harina en el brazo.
—Eso explica por qué todo parece más blanco.
Inés le contó lo del trabajo en Madrid mientras caminaban hacia la cocina. No sabía por qué se lo contaba. Tal vez porque la noticia pedía una segunda persona para hacerse real.
—¿Y te interesa? —preguntó Nico.
—No lo sé.
—¿Es una buena oferta?
—Sí.
—Entonces tienes que decidir si la quieres.
—No es tan sencillo.
—No he dicho que lo sea.
—La última vez que tomé una decisión así, acabé en una relación donde mi trabajo ocupaba más espacio que yo.
—¿Y qué te hace pensar que esta vez sería igual?
—No lo sé. Por eso no he decidido.
Nico dejó la bolsa sobre la mesa. La miró con una atención distinta de la que le dedicaba cuando discutían un cronograma.
—Si te vas a Madrid, ¿qué quieres que pase aquí?
—No lo sé.
—Esa respuesta empieza a ser un hábito.
—Y la tuya es preguntar cosas que no sé contestar.
—Alguien tiene que hacerlo.
Inés le sostuvo la mirada un segundo. Luego se acordó de que tenía una agenda, una boda de ciento veinte personas y una propuesta pendiente. La vida no podía abrir nuevas casillas justo cuando ella acababa de ordenar las anteriores.
—Tengo que revisar el contrato de flores —dijo.
—Claro.
—¿Qué significa «claro»?
—Que tienes que revisar el contrato de flores.
—Eso era todo.
—¿Esperabas otra cosa?
—No.
—Entonces estamos de acuerdo.
Se separaron sin discutir. A Inés le pareció que ambos acababan de esquivar algo. No sabía qué. Tampoco si habría sido mejor dejarlo pasar.