Capítulo 6. Una boda sin fotografías
La segunda pareja llegó un martes por la tarde con una petición que podía resumirse en una frase: querían casarse sin que la familia de una de ellas se enterara.
—No es que no queramos invitarles —explicó Silvia—. Es que mi madre convierte cualquier noticia en una asamblea.
—Y mi padre cree que una boda debe tener al menos ciento cincuenta invitados —añadió Nuria—. Somos veinte personas. Veintidós si contamos a los niños.
—¿Y por qué habéis elegido La Senda? —preguntó Inés.
—Porque Silvia vino aquí con su abuela cuando era pequeña —dijo Nuria—. Le gustaba el naranjal.
Inés miró a Silvia. Ella tenía las manos enlazadas y el anillo girando en el dedo. Parecía tranquila solo porque estaba haciendo un esfuerzo por parecerlo.
—¿La familia de Silvia sabe que vais a celebrar un aniversario?
—Mi madre sí. Mi padre cree que es una comida para celebrar que Nuria ha terminado un máster.
—¿Y el resto?
—Mi hermana sabe que estamos juntas. Mi hermano no. Mi tía cree que Nuria es mi compañera de piso.
Nico, apoyado en la pared con los brazos cruzados, soltó un silbido bajo.
—La distribución de mesas va a ser más fácil que la distribución familiar.
—Nico —dijo Blanca.
—No pasa nada —contestó Silvia—. Es verdad.
Inés se sentó frente a ellas.
—No tenéis que dar explicaciones a nadie. Pero sí tenemos que acordar qué hacemos si alguien pregunta, si alguien se entera antes de la ceremonia o si alguien decide marcharse.
—¿Y si mi madre se enfada? —preguntó Silvia.
—Puede enfadarse. No podemos decidir por ella.
—¿Y si se va?
—Entonces os quedáis con las personas que han elegido estar aquí.
Silvia bajó la vista. Nuria le apretó la mano.
—No queremos que parezca que nos escondemos —dijo Nuria—. Solo queremos casarnos primero. Hablar después.
—Podemos organizarlo así —dijo Inés—. Sin cámaras ni publicaciones antes de la ceremonia. Si queréis fotografías, las hacemos al final y decidís quién las recibe.
—¿Y la tarta? —preguntó Silvia.
—La tarta no publica nada —dijo Nico—. Se puede invitar a una tarta a cualquier comida.
—¿Y la música? —preguntó Nuria.
—También —contestó él—. Hay una canción que le gusta a Blanca para las celebraciones familiares. No dice nada de bodas.
—¿Cuál? —preguntó Inés.
—No pienso decírtelo hasta que la oigas.
—No voy a poner una canción sin saber cuál es.
—Entonces te la pongo ahora.
Nico fue hacia el piano. No tocaba demasiado bien; eso resultó evidente desde los primeros compases. Pero la melodía tenía una gracia sencilla, como una canción que alguien habría tarareado en un coche camino a casa. Silvia empezó a sonreír. Nuria se apoyó en su hombro.
—¿La compusiste tú? —preguntó Inés.
—No. Es de mi abuelo.
—¿Tocaba el piano?
—Tocaba lo que encontraba.
—¿Y tú?
—Yo cocino.
—Eso no responde.
—Ya lo sé.
Nico dejó caer los dedos sobre las teclas una última vez y se levantó. La canción se quedó en el aire, aunque el piano ya no sonaba.
Después de que la pareja se marchara, Inés empezó una lista de riesgos. La escribió con cuidado, buscando frases que ayudaran sin asustar. Nico se quedó a su lado, leyendo por encima de su hombro.
—«Posible conflicto familiar» —leyó—. Suena a que vas a poner una mesa de mediación.
—Podría hacer falta.
—¿Y si no ponemos a las familias juntas?
—La madre de Silvia y su hermana tienen que estar cerca de ella.
—¿Y si colocamos a la hermana entre ellas?
—La hermana también es invitada. No un separador de ambientes.
—Entonces un ramo grande.
—No vamos a esconder a nadie detrás de un ramo.
—¿Y si el ramo es bonito?
Inés giró la cabeza para mirarlo. Nico estaba cerca, demasiado cerca para leer la lista. Olía a limón, jabón y algo cálido que no supo nombrar.
—¿Siempre encuentras una salida que parece una broma?
—No. A veces la salida es una broma.
—Eso no tiene sentido.
—Pero te has reído.
Inés volvió a mirar la página. No se había reído. Quizá había sonreído un poco.
—La familia no tiene que ser una situación de emergencia —dijo ella—. Solo necesitamos respetar lo que ellas pidan.
—Estoy de acuerdo.
—¿De verdad?
—No todo lo que digo es una objeción.
—Hasta ahora, la proporción no era favorable.
—Mañana procuraré objetar menos.
—No lo apuntes en el cronograma.
—En la agenda.
La boda tendría lugar a finales de agosto.
Faltaban seis semanas. Inés reservó el naranjal, la galería y el salón pequeño.
Nico diseñó un menú sin platos que requirieran presentación formal, y Mara preparó un calendario de publicaciones que no publicaría nada.
La familia recibiría una invitación sencilla para una comida de aniversario.
La pareja tendría el espacio para casarse como quería.
Durante los días siguientes, Inés empezó a reconocer los ritmos de La Senda.
Blanca llegaba temprano y se iba la última; Mara hablaba con los proveedores como si llevaran años siendo amigas; Nico abría la cocina con una taza de café que nunca aparecía en las facturas.
Y Pipo, que pertenecía a la hermana de Eva pero había encontrado en la finca una especie de empleo fijo, dormía bajo la mesa del despacho siempre que nadie le ofreciera trabajo.
El viernes por la tarde, Inés fue a revisar las luces del naranjal. La bombilla del extremo norte se había fundido. Subió a una escalera plegable, sacó una nueva de la caja y empezó a cambiarla.
—No hagas eso sola —dijo Nico detrás de ella.
—Solo es una bombilla.
—Y esa escalera está coja.
—La escalera está perfectamente.
La escalera se movió bajo sus pies.
Nico la sujetó por la cintura antes de que ella pudiera perder el equilibrio. Inés se quedó inmóvil, con una mano en el cable y la otra en el peldaño.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí.
—Baja.
—Puedo cambiarla.
—No lo dudo.
—Entonces, ¿por qué me mandas bajar?
—Porque la escalera se está inclinando y no quiero descubrir cuánto pesa una organizadora de bodas.
—No peso tanto.
—Eso no es lo que me preocupa.
Inés lo miró por encima del hombro. La mano de Nico seguía firme en su cintura. Él no la apartó de inmediato. Ella tampoco bajó.
—Ya puedes soltarme —dijo.
—Cuando estés en el suelo.
—¿Y si me quedo aquí?
—Entonces tendré que subir.
—¿Y si no quieres subir?
—No te conviene averiguarlo.
Inés bajó con cuidado. En cuanto sus zapatos tocaron la tierra, Nico retiró las manos. La distancia entre ellos volvió a ser correcta. Segura. Demasiado tarde.
—La bombilla está aquí —dijo ella, enseñándosela.
—La pondré yo.
—¿Porque sabes más de electricidad?
—Porque la escalera me cae mejor.
—No te preocupes. A mí también.
Nico subió los peldaños. Inés se quedó abajo, mirando cómo se encendía la luz sobre su cabeza.
La noche cayó sobre el naranjal y las guirnaldas iluminaron el camino. Esa noche, Inés dejó la agenda cerrada; ya miraría por la mañana qué tocaba hacer.
Quiso quedarse un poco más.