El azar no acepta reservas Capítulo 5. El premio era una croqueta
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Capítulo 5. El premio era una croqueta

El lunes, la hoja de cálculo tuvo que admitir que Inés tenía razón en tres cosas y Nico en dos.

—No creo que debamos contabilizar el café como gasto de producción —dijo él.

—Lo compraste para la degustación.

—Me lo bebí yo.

—Después de la degustación.

—Eso no cambia el hecho de que era café.

—Cambia el hecho de quién se lo tomó.

Blanca levantó una mano.

—Lo ponemos en gastos generales.

—No quiero que haya un precedente —dijo Nico.

—¿Un precedente sobre café? —preguntó Mara—. Tengo una cuenta de redes sociales que gestionar. ¿Puedo publicar esta batalla?

—No —dijeron los tres.

Inés repasó las facturas. El margen de la boda había sido menor del esperado, pero no negativo.

Los paraguas de última hora habían costado más que el alquiler de sillas, y alguien había añadido dos cajas de cava que no aparecían en el presupuesto.

Aun así, la pareja había pagado el saldo completo y dejado una reseña entusiasta.

—Podemos ofrecer bodas bajo la lluvia como experiencia —dijo Mara—. «El día más bonito, incluso si el cielo se pone dramático».

—Eso parece una amenaza —dijo Nico.

—Es una frase para Instagram.

—Instagram no tiene que limpiar el suelo después.

—No, pero puede atraer a gente que sí pague por la limpieza.

Inés sonrió. Mara no solo entendía las redes; entendía el valor de nombrar una experiencia sin fingir que era otra cosa.

—Podemos probarlo —dijo—. Sin prometer lluvia.

—¿Y si no llueve? —preguntó Nico.

—Entonces vendemos una boda soleada.

—¿Cómo se llama eso?

—Una boda.

La reunión terminó con una fecha para revisar la web, un presupuesto de flores y una nueva regla: no comprar nada que no estuviera en la lista sin consultar con Inés o Blanca. Nico aceptó la norma con la expresión de un hombre que acababa de firmar un tratado internacional.

Por la tarde, Inés se quedó sola en el despacho.

Llamó a Clara para agradecerle la reseña y confirmar que el enlace de las fotografías funcionaba.

Después revisó las reservas futuras y se encontró con un mensaje de una pareja que quería celebrar su boda en noviembre.

La Senda cerraba en octubre por falta de personal.

Anotó «revisar calendario de invierno» y se sorprendió pensando en el piano, la galería y la manera en que Clara había mirado a su abuelo al terminar la canción.

Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Nico entró con una bandeja.

—He traído comida.

—¿Es una reunión?

—No.

—¿Una degustación?

—Tampoco.

—¿Un soborno?

—Depende de lo que vayas a decidir sobre la cuarta hoja de cálculo.

Inés miró la bandeja. Había dos platos de arroz con verduras y un cuenco de alioli.

—¿Qué tiene de especial?

—Que es comida.

—Eso no responde.

—No todo tiene que responder a una pregunta.

—Tú has traído una bandeja a mi despacho.

—Y tú has hecho una pregunta. Estamos empatados.

Inés apartó los papeles para dejarle sitio. Comieron en silencio durante los primeros minutos. El arroz estaba sabroso, con un punto de limón y una capa tostada en el fondo. Nico la observaba con disimulo, esperando su veredicto.

—Está muy bueno —dijo ella.

—Ya lo sabía.

—¿Entonces por qué esperabas que lo dijera?

—Por educación.

—No pareces un hombre que espere educación de los demás.

—No espero nada. Me evita decepciones.

La frase había salido ligera, casi en broma, pero se quedó entre ellos. Inés dejó el tenedor.

—¿Siempre has trabajado aquí?

—No. Estuve cinco años en Barcelona. En una cocina que tenía más estrellas que personas con tiempo para verlas.

—¿Y volviste por Blanca?

—Volví porque aquí hacía falta alguien que supiera cocinar y porque me estaba cansando de trabajar para que otros pusieran su nombre en los platos.

—Eso suena a una razón muy concreta.

—Lo es.

—¿Y te gusta estar aquí?

Nico se encogió de hombros.

—Me gusta que la cocina sea mía cuando entro por la mañana. Me gusta que Blanca no tenga que resolverlo todo sola. Me gusta que la gente vuelva porque recuerda algo que comió.

—¿Y no te gusta que haya bodas?

—Me gustan las personas. Las bodas tienen demasiadas instrucciones.

—Las personas también.

—Por eso intento que coman antes de dar instrucciones.

Inés volvió al plato. Había algo seductor en la facilidad con la que él hablaba de cuidar a la gente sin llamarlo cuidado.

—¿Y tú? —preguntó Nico—. ¿Por qué organizas bodas?

—Porque se me da bien organizar cosas.

—Eso no es una razón. Es una habilidad.

—A veces las habilidades se convierten en trabajo.

—¿Y te gusta?

—Me gusta que al final alguien pueda mirar alrededor y decir: «Esto era lo que quería».

—¿Y tú qué quieres?

La pregunta le llegó por el costado, sin aviso.

Inés abrió la boca, pero no tenía preparada una respuesta.

Hacía meses que no se la hacía de verdad.

Había ido aceptando trabajos, pagando facturas y evitando el apartamento de su ex cuando tenía que recoger algo.

No era una vida triste. Era una vida llena de tareas que se podían marcar como hechas.

—Ahora mismo quiero que la segunda boda no pierda dinero —dijo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo.

—Me sirve.

Nico recogió la bandeja.

—Deja los platos —dijo Inés—. Yo los llevo.

—No hace falta.

—Lo sé. Por eso lo ofrezco.

Él la miró, como si reconociera en sus palabras algo que acababa de decirle sin darse cuenta. Dejó la bandeja sobre la mesa.

—Entonces te dejo una croqueta de premio.

—No he hecho nada.

—Has comido sin revisar el teléfono. Es un avance.

—No sabía que estabas llevando un registro.

—No lo llevo.

—Claro.

Al salir, Nico cerró la puerta con el pie. Inés volvió a la hoja de cálculo, pero leyó la misma línea tres veces sin entenderla. La comida se había enfriado. La croqueta, sin embargo, seguía caliente.