Capítulo 4. La lluvia tenía otros planes
Diez días después, la mañana de la boda de Clara y Andrés amaneció con un cielo tan azul que Nico declaró oficialmente cancelado el plan por lluvia.
—No existe un plan por lluvia —dijo Inés, comprobando el radar en el móvil—. Existe una alternativa por si el tiempo cambia.
—El tiempo no va a cambiar.
—El radar dice que hay un frente a treinta kilómetros.
—El radar no conoce Valencia.
—El radar conoce la humedad.
—La humedad no sabe leer contratos.
—Pero sí sabe mojar a cuarenta invitados.
Nico miró las nubes que empezaban a amontonarse sobre las colinas. Después miró a Inés.
—¿Cuánto falta para que empiece?
—Seis horas.
—Entonces aún hay tiempo para que el cielo cambie de opinión.
—¿Y si no cambia?
—Tendremos una boda bajo la lluvia.
—¿Con un piano?
—El piano está en la galería.
—¿Y la banda?
—En el salón.
—¿Y la cena?
—En el comedor.
—Eso son tres espacios distintos.
—Exacto. Una ventaja de tener una finca.
Nico la miró con la sospecha de quien acaba de descubrir que la otra persona puede tener razón en más de una ocasión al día.
—Voy a mover las mesas.
—¿Al comedor?
—Al comedor.
—Y yo llamaré a los invitados para que traigan un paraguas.
—No les digas que va a llover.
—Les diré que traigan un paraguas por si acaso.
—Eso es decirles que va a llover con otras palabras.
—Y funciona igual.
La ceremonia se celebró en la galería. El piano sonó más bajo de lo que Clara esperaba y más alto de lo que Inés temía.
El abuelo de la novia tocó una canción que nadie conocía, pero que todas las personas de su familia parecían recordar.
Cuando llegó al último acorde, la primera gota golpeó el cristal del patio.
Luego cayó otra. Y otra. En menos de un minuto, el naranjal se convirtió en una cortina de agua.
—El radar no conoce Valencia —murmuró Nico a su lado.
—¿Quieres que le pida disculpas?
—No. Quiero que admita que estaba equivocado.
—Puedes pedírselo tú.
—No pienso discutir con un mapa.
El plan alternativo entró en funcionamiento.
Los camareros trasladaron las mesas al comedor; la banda ocupó el salón y los invitados se refugiaron bajo el techo de la galería, con paraguas transparentes que Mara había comprado esa misma mañana.
La lluvia no arruinó nada. Al contrario: cuando Clara y Andrés salieron del registro, la gente les abrió un pasillo de paraguas y el abuelo tocó otra canción.
Inés observó la escena desde la puerta de la cocina. La novia lloraba y reía a la vez. Andrés la besó con una mano en la nuca y la otra todavía aferrada a un paraguas amarillo. El fotógrafo hizo una señal para que nadie se moviera. Nadie obedeció.
—Esa foto va a quedar bien —dijo Nico.
—No es la foto que habían pedido.
—Es la que van a recordar.
Inés no respondió. Él no tenía razón en todo. Eso empezaba a ser molesto.
La cena transcurrió sin incidentes, salvo por el discurso del padrino, que duró once minutos y contenía una anécdota sobre una caravana, un loro y una multa de tráfico. Inés había calculado seis. A los siete, se inclinó hacia Nico.
—¿Cuánto crees que falta?
—¿Para que termine?
—Sí.
—La parte del loro acaba de empezar.
—¿Cómo lo sabes?
—Ha dicho «y entonces, el loro».
—¿Y si no termina?
—Sacamos el postre. La gente se irá antes.
—Eso sería sabotear la boda.
—Sería salvar el postre.
Inés le dio un codazo. Nico sonrió sin apartar la mirada del escenario.
Cuando el padrino acabó, la tarta llegó a la mesa con el nombre correcto. Pipo, que llevaba una corbata nueva y una insignia de «responsable de alianzas», permaneció sentado junto a la hermana de Eva. Había cumplido su contrato. Inés le concedió una croqueta de gratificación.
—No quiero que se acostumbre a los extras —dijo Nico al verla.
—Hay que reconocer el buen trabajo.
—¿Eso también lo apuntas en la agenda?
—Solo si se repite.
—Entonces Pipo no verá una croqueta más hasta dentro de un mes.
—Qué manera tan fría de gestionar el talento.
—Yo no gestiono talento. Gestiono la cocina.
—Claro.
La boda terminó a las dos y cuarto. El abuelo de Clara volvió a tocar el piano mientras los novios se despedían. La lluvia ya había parado, pero el aire olía a tierra mojada y a azahar.
Blanca se acercó a Inés con dos copas de cava.
—Ha sido una buena noche.
—Ha sido una noche en la que el clima no leyó el contrato.
—A veces sucede.
—La próxima vez llevaré paraguas para todos.
—La próxima vez habrá ciento veinte invitados.
Inés aceptó la copa.
—¿Qué puede salir mal?
—¿Quieres que te haga una lista?
—No. Ya tengo demasiadas.
Brindaron. Al otro lado del patio, Nico recogía las últimas bandejas. Levantó la vista y sus ojos se encontraron por encima de los invitados. No hubo música de fondo ni una revelación. Solo una mirada que duró un segundo más de lo necesario.
Inés bebió un sorbo de cava para tener algo que hacer con la boca.
—El lunes revisamos los costes —dijo Blanca.
—El lunes revisamos los costes —repitió Inés.
La noche no era el momento de pensar en miradas. Había facturas, una segunda boda y una caja de paraguas que devolver. Además, la lluvia había demostrado que incluso los planes podían salir bien sin obedecer a la previsión.