El azar no acepta reservas Capítulo 3. Un chef contra el cronograma
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Capítulo 3. Un chef contra el cronograma

La primera reunión de producción empezó a las nueve y cuatro, porque Nico llegó cuatro minutos tarde y anunció que eso no contaba como retraso si los demás habían llegado demasiado pronto.

Inés había preparado una agenda de una página. La imprimió en papel reciclado, con una columna para decisiones y otra para responsables. Nico la miró como si el papel pudiera contaminar la cocina.

—No hace falta imprimirla —dijo.

—La imprimo para que no tengamos que mirar el móvil.

—Yo no miro el móvil en la cocina.

—Perfecto. Entonces ya tenemos un punto de acuerdo.

Blanca ocupó la silla del centro. Mara Ferrer, sobrina suya y responsable de redes sociales, se sentó junto a la ventana con un portátil. Tenía veintisiete años, gafas redondas y la costumbre de observar las conversaciones como si fueran una serie que podría recomendar más tarde.

—La boda de Clara y Andrés —empezó Inés—. Cuarenta invitados, ceremonia a las seis, cena a las ocho. Menú vegetariano para doce personas, una intolerancia al gluten y dos niños pequeños. ¿Es correcto?

—Sí —dijo Nico.

—¿La degustación está confirmada?

—Sí.

—¿El proveedor de sillas?

—Sí.

—¿El plan por lluvia?

—No va a llover.

Inés escribió algo en su agenda.

—Eso no responde a la pregunta.

—Responde a la que me parece importante.

—La previsión puede cambiar.

—La previsión cambia cada seis horas.

—Por eso existe un plan por lluvia.

Nico se recostó en la silla.

—La ceremonia es en el naranjal.

—¿Y si llueve?

—La hacemos dentro.

—¿Cabe todo el mundo?

—Sí.

—¿Con las mesas y la pista?

—No.

—Entonces no cabe todo el mundo.

—Cabe la gente. Lo que no cabe es la pista.

—La pareja ha contratado una banda.

—La banda puede tocar fuera.

—Si llueve, no.

—No va a llover.

Mara levantó la vista del portátil.

—¿Puedo grabar esto para el vídeo de bienvenida? «En La Senda, el clima es una sugerencia».

—No —dijeron Inés y Nico a la vez.

Mara sonrió y siguió escribiendo.

Inés cambió de página.

—Necesito ver el salón pequeño.

—¿Para qué?

—Para comprobar el plan alternativo.

—Está lleno de sillas.

—Entonces las movemos.

—¿Ahora?

—Si tienes tiempo.

Nico se levantó.

—Tengo una degustación a las once.

—Tenemos una boda en diez días.

—Y una cocina que tiene que producir la comida de hoy.

—La degustación también forma parte de la boda.

—No. Forma parte de que los novios elijan el menú.

—Eso es parte de la boda.

—Si seguimos hablando, no habrá menú.

La reunión acabó a las nueve y diecinueve. Inés había conseguido dos respuestas, una visita al salón y una lista de proveedores que no coincidía con la carpeta de Blanca. Para ella, era un éxito moderado.

Nico la esperaba junto a la puerta.

—Ven.

—¿A dónde?

—Al salón.

—¿No tienes una degustación?

—A las once.

—Son las nueve y veinte.

—Ya lo sé.

El salón pequeño estaba al otro lado del patio. Tenía paredes blancas, ventanas altas y un suelo de terracota que necesitaba una limpieza seria. Las sillas se apilaban en dos columnas junto a la pared. En una esquina, había una caja de adornos de Navidad.

—¿Por qué hay adornos navideños en julio? —preguntó Inés.

—Porque en diciembre los necesitaremos.

—¿Y por qué están en el salón de bodas?

—Porque en diciembre no hay bodas.

—¿Y si hay una?

—No hay.

—¿Lo has comprobado?

—Nadie se casa en diciembre.

—Se casan más personas de las que crees.

—No en esta sala.

Inés dejó la carpeta en el alféizar y miró las dimensiones del salón. El espacio podía funcionar, pero no con la distribución actual. Sacó una cinta métrica del bolso.

—¿Llevas una cinta métrica encima? —preguntó Nico.

—Llevo una desde que un proveedor me aseguró que una mesa de tres metros cabía en una furgoneta de dos.

—¿Y cabía?

—No.

—¿Qué hiciste?

—Corté la mesa.

Nico parpadeó.

—¿La mesa?

—Era plegable.

—¿Y el proveedor?

—Lo despedí.

—Espero que no cortaras también al proveedor.

—No tenía una sierra.

Él la miró con más atención. Inés midió una pared, anotó la distancia y señaló la entrada lateral.

—Si desplazamos las mesas al fondo y movemos la banda hacia la ventana, cabe todo. Pero tenemos que comprobar que el cableado llegue hasta aquí.

—Llega.

—¿Lo has probado?

—Sí.

—¿Cuándo?

—La semana pasada.

—¿Con la banda?

—Con la cafetera.

—Eso no es lo mismo.

—La cafetera tiene más potencia que una guitarra.

—Una guitarra no va sola. La banda tiene amplificadores, luces y probablemente una máquina de humo.

—La pareja no ha contratado una máquina de humo.

—¿Lo has comprobado?

—Ahora sí.

Inés apuntó «probar electricidad» en su agenda. Nico, sin pedir permiso, le quitó la cinta métrica y midió la puerta.

—El piano no pasa por aquí.

—No hay piano.

—Clara ha preguntado por uno.

—No me lo habías dicho.

—No estaba en la reunión.

—¿Y por qué no?

—Porque preguntó anoche.

—¿A quién?

—A mí.

—¿Y qué le dijiste?

—Que lo miraríamos.

Inés cerró los ojos un momento.

—Necesito que me reenvíes todos los mensajes de la pareja.

—¿Todos?

—Todos los que afecten a la boda.

—¿Y los que no?

—Si hablan de un piano, me los envías.

—El piano no es una persona.

—Pero puede bloquear una puerta.

Nico se acercó a la entrada y abrió las dos hojas. Luego probó con la cinta. Tenía razón: el piano no pasaría. Inés anotó la medida.

—¿Qué tamaño tiene? —preguntó.

—No lo sé.

—Entonces hay que preguntarlo.

—O decirle que no.

—No podemos decir que no antes de saber qué quiere.

—Eso es lo que hacemos siempre.

—¿Decir que no?

—Decir que sí y encontrar una manera.

Inés lo miró. Bajo la ironía, había algo en esa frase que no parecía una broma. Nico hablaba como alguien acostumbrado a remendar cosas. La finca, las cuentas, las expectativas de su tía. Tal vez incluso a sí mismo.

—A veces, la manera es distinta de la que uno esperaba —dijo ella.

—Eso suena a algo que pondrías en una taza.

—Y aun así te lo acabas de tatuar en la memoria.

—No tengo sitio. Mi madre llenó mi memoria de recetas.

—¿Y te gustan?

—Las recetas, sí.

—¿Y tu madre?

—También.

Lo dijo con una sencillez que cerró la conversación antes de que Inés pudiera seguir. Desde la cocina llegó la voz de Blanca, llamándolos para la degustación.

—Vamos —dijo Nico—. Si llegamos tarde, la tía Blanca nos da de comer después de todos los proveedores.

—¿Eso es una amenaza?

—Es un sistema de gestión.

La degustación tenía lugar en una mesa junto a la ventana del comedor.

Clara y Andrés habían llegado con una libreta, dos botellas de agua y una lista de preguntas que ocupaba cuatro páginas.

Clara trabajaba como enfermera; Andrés, como profesor de matemáticas.

Querían una boda sencilla, pero habían añadido tantas excepciones que la sencillez empezaba a parecer un trabajo a jornada completa.

Nico sirvió una crema fría de almendra y pepino.

—No sabe a pepino —dijo Andrés, sorprendido.

—Sí sabe —dijo Clara—. Pero de una forma agradable.

—Es un cumplido —aclaró Inés—. Creo.

—Lo acepto.

La conversación fue mejor de lo previsto hasta que Clara mencionó el piano.

—Mi abuelo tocaba en las bodas —dijo—. No esperamos que venga a tocar, claro, pero me gustaría tener un piano en la sala. Solo para la ceremonia.

Nico dejó el plato sobre la mesa.

—La puerta del salón es demasiado estrecha.

—Podríamos usar el piano de aquí —dijo Blanca—. El de la sala grande.

—Ese piano lleva tres años sin afinarse —dijo Nico.

—Lo afinamos —dijo Inés—. Y usamos la sala grande para la ceremonia si llueve.

—La sala grande está reservada para la cena —dijo Nico.

—La cena puede montarse en el patio.

—La banda necesita el patio.

—La banda puede estar en el salón.

—Y el piano no pasa por la puerta del salón.

Clara miró a Andrés. Él le tomó la mano por debajo de la mesa.

—No queremos complicar las cosas —dijo ella.

Inés habría querido contestar que complicar las cosas era lo que hacían las bodas; las personas, en cambio, podían ayudarse a que mereciera la pena. Pero no dijo nada. Había que encontrar una solución real, no una frase bonita.

—¿El abuelo podría tocar en la galería? —preguntó.

Clara levantó la vista.

—¿La galería?

—La galería tiene un piano vertical —dijo Blanca—. Está detrás de la cortina.

Nico miró a su tía como si acabara de enterarse de que vivía con un secreto.

—¿Desde cuándo hay un piano detrás de la cortina?

—Desde antes de que tú nacieras.

—¿Y por qué no lo usamos?

—Porque nadie pregunta por él.

La galería daba al patio. El piano era antiguo, pero no estaba desafinado. Inés lo comprobó al tocar dos notas. La melodía salió limpia, con un leve temblor en la última tecla.

Clara se llevó una mano a la boca.

—Es perfecto.

Nico cruzó los brazos.

—No está en el cronograma.

—Lo pondré —dijo Inés.

—¿Y si llueve?

—La galería está cubierta.

—¿Y los invitados?

—Se sientan en el patio con paraguas transparentes. La ceremonia dura veinte minutos.

—¿Y la banda?

—Empieza después, en el salón.

—¿Y el piano?

—Se queda aquí.

Nico observó el instrumento. Parecía que iba a objetar por principio, pero en lugar de eso puso una mano en el borde de madera y la retiró como si la hubiera sorprendido.

—Hay que afinarlo antes.

—Lo organizo —dijo Inés.

—Y nadie pone vasos encima.

—Lo añado al plan.

—Y el perro no entra.

—Eso también.

Clara y Andrés se miraron con una sonrisa que no estaba en la lista de peticiones. Inés sintió que algo se aflojaba en la habitación. No era alivio del todo. Era la posibilidad de que los problemas se resolvieran sin que nadie tuviera que ganar.

Cuando la pareja se marchó, Nico guardó los platos.

—Lo has hecho bien —dijo, sin mirarla.

—¿Qué parte?

—La del piano.

—He hecho una pregunta.

—Y has encontrado una sala que nadie estaba usando.

—Eso sí.

—No te acostumbres a tener razón.

—No me hace falta. Ya tengo una libreta.

Nico sonrió, apenas. Pero Inés lo vio. Y él vio que lo había visto.

—La reunión de mañana será de quince minutos —dijo ella.

—La de hoy ha durado diecinueve.

—La próxima durará menos.

—¿Lo apuntas en el cronograma?

—En la agenda.

—Entonces es oficial.

Inés lo siguió con la mirada mientras regresaba a la cocina. No le gustaba que alguien le resultara interesante antes de que le resultara cómodo. Era una regla que había aprendido tarde y que ahora intentaba cumplir con rigor.

Abrió su libreta y escribió: «Piano afinado. Probar instalación. Reunión con Nico: 15 min».

Debajo, sin saber por qué, añadió: «No dejar que Pipo se acerque al oro».