Capítulo 2. La finca no estaba en el mapa
Al día siguiente, Inés llegó a La Senda con dos cafés, una libreta nueva y la firme intención de no aceptar un trabajo antes de conocer todos los detalles.
La intención duró siete minutos.
—El banco nos da hasta septiembre —dijo Blanca, sentada frente a ella en el despacho—. Si conseguimos un préstamo puente y demostramos que la finca puede generar ingresos regulares, ganaremos tiempo. Si no, el terreno se venderá.
Inés bajó la taza.
—¿Y las tres bodas?
—Son parte de la demostración. Tres celebraciones distintas en seis semanas. Una boda pequeña, una grande y una pareja que quiere casarse sin que sus familias se enteren hasta el último momento.
—¿Eso último es posible?
—No. Pero es lo que han pedido.
Inés abrió la libreta.
—¿Quién lleva ahora las reservas?
—Yo.
—¿Y los proveedores?
—Nico.
—¿Y la contabilidad?
—Un gestor externo.
—¿Y el sistema de reservas?
Blanca sonrió con cansancio.
—Una hoja de cálculo.
—¿La misma que vi ayer?
—Hay tres.
Inés anotó «hojas de cálculo» y dibujó una pequeña calavera al lado.
—¿Cuántas personas trabajan aquí?
—Fijas, seis. En temporada, depende.
—¿Y Nico?
—Nico hace lo que haga falta.
—Eso no es un puesto.
—Díselo a él.
—Lo haré.
Blanca se inclinó sobre el escritorio.
—No quiero que conviertas La Senda en un hotel de lujo. La gente viene aquí porque siente que puede respirar. Quiero que siga siendo así, pero necesitamos dejar de perder dinero en cada evento.
Inés entendía ese equilibrio. El encanto no pagaba las facturas. Pero las facturas tampoco podían decidirlo todo. Su trabajo consistía en hacer que ambas cosas parecieran compatibles.
—¿Qué autoridad tendría?
—La necesaria para organizar las bodas y revisar los procesos. Nico conservará la cocina. Yo conservaré la finca. Tú tendrás margen para hacer cambios.
—¿Y el salario?
Blanca le dijo la cifra. Era mejor de lo que Inés esperaba y peor de lo que necesitaba para rechazarlo sin pensarlo.
—Seis semanas —dijo Inés—. Al final, revisamos resultados y decidimos.
—De acuerdo.
—Necesito por escrito el alcance del trabajo, los pagos a proveedores y el calendario real de mantenimiento.
—Te lo prepararé.
—Y quiero ver la hoja de cálculo.
—Las tres.
—Las tres.
Blanca se levantó y le tendió la mano.
—Bienvenida a La Senda.
Inés se la estrechó.
—Todavía no he dicho que sí.
—Pero ya has abierto la libreta.
No era una respuesta, aunque tampoco era mentira.
El despacho ocupaba una habitación pequeña junto a la galería.
Había una ventana con vistas al patio, un archivador torcido y una planta que había sobrevivido a cuatro responsables distintos.
Inés dejó los cafés sobre la mesa y encendió el ordenador.
La primera hoja de cálculo tenía celdas combinadas sin sentido y colores que sugerían que alguien había intentado organizar las cuentas mediante el arcoíris.
—Esa es la buena —dijo una voz desde la puerta.
Nico llevaba una caja de tomates en los brazos. Se había cambiado la chaquetilla por una camiseta negra y unos pantalones de cocina. La harina había desaparecido; la expresión, no.
—¿Y las otras dos?
—Una está en el ordenador de Blanca. La otra, en el mío.
—¿Por qué hay tres?
—Porque cada una resuelve un problema distinto.
—¿Y cuál de ellas es la verdadera?
—Depende del problema.
Inés miró la pantalla. En ese momento, su contrato imaginario se alejó unos metros.
—Necesito saber qué pedidos están confirmados, qué se ha pagado y qué falta por pagar.
—Eso lo sé yo.
—¿Y si tú no estás?
—Estoy.
—Hoy.
—También mañana.
—No quiero discutir contigo, Nico.
—No estamos discutiendo. Estamos presentándonos.
—Pues ya nos hemos presentado. Ahora necesito los números.
Dejó la caja en el suelo y sacó del bolsillo un cuaderno manchado de tomate. Lo abrió por una página llena de anotaciones y se lo tendió.
—Aquí están los proveedores, las facturas que faltan y los cambios de menú. Lo demás está en la hoja de Blanca.
—¿Por qué no has puesto todo en el mismo sitio?
—Porque no sabía que ibas a venir.
—Eso se puede arreglar.
—¿Con otra carpeta?
—Con una hoja compartida.
—¿Una cuarta hoja?
Inés respiró despacio.
—No. Una sola.
Nico la miró como si acabara de proponer demoler el patio.
—No me gustan las hojas compartidas.
—A las hojas les da igual.
—A mí no.
—Entonces no la compartas emocionalmente. Solo sube los datos.
Por un segundo, pareció que iba a responder. En vez de eso, miró el café que ella había dejado junto al ordenador.
—¿Es para mí?
—Es el segundo. El primero es mío.
—¿Lo has pedido con leche?
—No sé cómo lo tomas.
—Solo.
—Entonces no es para ti.
—Podría beberlo igual.
—Podrías. Pero no lo harás.
Nico dejó el cuaderno sobre la mesa.
—Me caes bien.
—Eso ha sido rápido.
—No he dicho que me guste trabajar contigo.
—Ah. Menos mal.
Se llevó la caja de tomates. Inés abrió el cuaderno.
En la última página había una lista de tareas escrita con letra inclinada.
«Arreglar la lámpara del patio. Llamar a la florista.
Cambiar el filtro de la campana. Comprar hielo para la degustación.
» Al final, otra anotación: «No dejar que Blanca se ocupe de todo. »
Inés cerró el cuaderno con más cuidado del que exigía el papel.
A media mañana, apareció Blanca con una carpeta verde.
—La primera boda es dentro de diez días. Los novios, Clara y Andrés, quieren una celebración de cuarenta personas. La segunda, en tres semanas, tiene ciento veinte invitados. La tercera es a finales de agosto.
—¿Y la pareja secreta?
—Son dos mujeres. Sus familias creen que vienen a celebrar el aniversario de una de ellas.
—¿Y sus familias no saben que se casan?
—Una familia sí. La otra no.
—Eso no es una boda. Es una operación encubierta.
—Por eso te contrato.
—Todavía no me has contratado.
—Te he ofrecido el puesto. Tú has hecho una pregunta sobre el salario y otra sobre las hojas de cálculo. Para mí, eso cuenta como interés.
Inés pasó las páginas de la carpeta. Había presupuestos incompletos, propuestas de proveedores y una lista de reparaciones que no podía permitirse. La cifra del banco era más urgente de lo que Blanca había dicho.
—¿Por qué yo?
—Porque en la boda de ayer nadie se dio cuenta de que todo iba mal.
—Todo no iba mal.
—El perro se llevó una alianza.
—La devolvió.
—La tarta llegó con el nombre equivocado.
—Lo corregimos antes de cortarla.
—El padrino habló siete minutos más de lo previsto.
—Eso no se puede corregir.
—Exactamente. No intentaste corregirlo. Hiciste que la gente se riera.
Inés miró el patio. El sol del mediodía iluminaba la pared de piedra. Una mujer cruzó con una cesta de manteles y saludó a Blanca como si estuviera en su propia casa. Quizá lo estaba.
—Seis semanas —dijo Inés—. Todo por escrito. Y necesito poder parar cualquier gasto que no esté aprobado.
—Hecho.
—También necesito que Nico esté en las reuniones de producción.
—Eso puede ser complicado.
—¿Por qué?
—Porque Nico cree que las reuniones son un sitio al que va la gente para retrasar el trabajo.
—Entonces le gustará saber que serán cortas.
Blanca sonrió.
—Te lo digo desde ya: él no es fácil.
—Yo tampoco.
—Lo sé. Por eso creo que podéis entenderos.
Inés firmó el contrato después de leerlo dos veces. No era un gesto de confianza. Era una decisión con condiciones.
Aquella noche, cuando por fin llegó a su apartamento de Valencia, encontró una nota de voz de su hermana.
«¿Has aceptado el trabajo? Mamá dice que te has ido a una finca a casarte.
» Inés contestó: «No me caso. Estoy trabajando».
La respuesta llegó al instante: «Eso también dijiste de la última vez que te enamoraste». Inés dejó el teléfono boca abajo.
No había sido la última vez. Había sido la única vez que había confundido la estabilidad con la promesa de que nada podía salir mal.
El verano, sin embargo, aún no había empezado oficialmente. Y ya había un perro con más seguridad laboral que ella.