El azar no acepta reservas Capítulo 1. El perro llevaba la alianza
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El azar no acepta reservas

El azar no acepta reservas

Por Lola Sunday

© inepub.com

Capítulo 1. El perro llevaba la alianza

A las cinco y cuarenta y dos, Inés Duarte supo que la boda iba a torcerse cuando un perro salió de la cocina con la alianza del novio en la boca.

Detrás de él, un hombre gritó:

—¡Pipo! ¡Suelta eso!

El perro aceleró.

Inés dejó la carpeta de producción sobre una silla y corrió.

El traje que llevaba era de lino, color marfil, y había costado más de lo que le gustaba recordar.

No estaba diseñado para perseguir perros por un patio de naranjos.

Aun así, se recogió la falda, esquivó a dos invitados y cortó el paso al animal justo antes de que alcanzara la fuente.

Pipo frenó. La alianza tintineó entre sus dientes.

—Hola, guapo —dijo Inés, agachándose—. ¿Te apetece cambiar esa joya por una croqueta? Es un trato razonable. El oro es difícil de masticar y las croquetas vienen en paquetes grandes.

El perro ladeó la cabeza.

—No negocies con él —dijo el novio, que llegó sin aliento—. Es un ladrón profesional.

—Entonces negociemos con profesionalidad.

Inés sacó una croqueta del bolsillo. La había guardado por si Pipo se ponía nervioso durante la ceremonia. En bodas con animales, siempre había alguien que olvidaba que los animales no entendían de cronogramas.

Pipo soltó la alianza a cambio de la croqueta. Inés la atrapó antes de que cayera al suelo y se la entregó al novio.

—La ceremonia empieza en doce minutos —dijo—. Lávate las manos, guarda la alianza en el bolsillo interior y no se la enseñes al perro.

—¿Y si vuelve a escaparse?

—Entonces le daremos un trabajo. Los perros se portan mejor cuando tienen responsabilidades.

El novio miró a Pipo, que masticaba con la serenidad de quien acababa de ganar una negociación sindical.

—¿Qué trabajo?

—Llevar los anillos. Pero primero, una prueba de confianza.

—No pienso casarme con un perro como testigo.

—Eso dices ahora.

El novio se rio. Inés también, aunque solo un poco. No porque fuera la mejor frase que había dicho en una semana, sino porque el novio tenía cara de estar a punto de cancelar su propia boda si alguien le preguntaba por la corbata.

La novia, Eva, apareció en la puerta del salón con un ramo de peonías. Llevaba el pelo recogido en un moño que parecía deliberadamente imperfecto y una expresión que no admitía bromas.

—¿Ya está? —preguntó.

—Sí —contestó Inés—. Pipo ha devuelto la alianza y acaba de aceptar un puesto temporal.

Eva miró al perro.

—¿Cuánto cobra?

—Una croqueta por hora. Más extras si hay horas nocturnas.

La novia soltó una carcajada. El novio la miró como si acabara de descubrir que la risa era una opción disponible.

Ese era el momento que Inés llevaba buscando desde que llegó: un respiro, una grieta en la tensión.

Una boda no necesitaba ser perfecta. Necesitaba que los dos que se casaban recordaran por qué habían decidido estar allí.

—Cinco minutos —dijo Inés—. El juez ya está en el patio. La música está lista. Y Pipo irá con la hermana de Eva, que ha prometido mantenerlo lejos de cualquier metal precioso.

—No sabía que un perro podía tener hoja de ruta —dijo el novio.

—En esta finca, todo el mundo tiene una.

—¿Y tú? —preguntó Eva.

Inés miró la carpeta que había dejado sobre la silla. La portada estaba doblada por una esquina. En la primera página aparecían las palabras: PLAN DE CONTINGENCIA. Las había escrito ella misma con rotulador negro, como si el problema fuera la falta de mayúsculas.

—Yo tengo tres.

—Eso explica muchas cosas —dijo Eva, pero sonrió.

La ceremonia empezó seis minutos tarde. Nadie murió. Nadie se desmayó. La alianza llegó a su destino sin ser mordida y Pipo se sentó junto a la hermana de Eva con la dignidad de un empleado público en día de inspección.

Inés se quedó al fondo del patio, fuera del alcance de las fotografías.

Había aprendido que una organizadora de bodas trabajaba mejor cuando los invitados no sabían que había trabajado.

En las imágenes, todo debía parecer fácil: la luz, las flores, la música, el camino de pétalos.

Nadie debía ver el cable que se había soltado, el proveedor que había confundido dos tartas, el niño que había metido un anillo en la boca o a la profesional de eventos respirando dentro de un baño para no contestar mal a la madre del novio.

La Senda era una finca de piedra clara, con un patio interior y un naranjal que llegaba hasta la carretera.

El edificio principal había sido una alquería antes de que alguien lo transformara en restaurante y, después, en espacio para bodas.

Tenía techos altos, vigas antiguas y una cocina que necesitaba una reforma desde el siglo pasado.

Pero la luz de última hora se quedaba atrapada entre los árboles y hacía que cualquier persona pareciera más feliz de lo que se sentía.

Inés entendía el valor de esa luz. También entendía que la electricidad fallaba en el ala norte, el almacén tenía filtraciones y el sistema de reservas se había creado en una hoja de cálculo que parecía escrita durante una discusión.

—Tú eres la de las bodas —dijo una voz a su espalda.

Inés se volvió. El hombre llevaba una chaquetilla blanca con las mangas remangadas y una mancha de harina en la mejilla. Era alto, de hombros anchos y pelo oscuro, con una barba de dos días que parecía una decisión más que una falta de tiempo. Sus ojos eran del color de la miel quemada. No sonreía.

—Depende de quién pregunte.

—Nicolás Ferrer. Me ocupo de la cocina.

—Inés Duarte. Me ocupo de que la cocina no tenga que ocuparse de invitados enfadados.

—Entonces tenemos trabajos distintos.

—Eso suele ser útil.

Nico miró hacia el patio, donde un camarero acababa de servir una bandeja de buñuelos. Luego volvió a mirarla.

—Has convencido a Eva para que deje de discutir con su madre y a Marcos para que confíe la alianza a un perro.

—No he convencido a nadie. He ofrecido alternativas.

—¿Siempre hablas como si estuvieras negociando un alto el fuego?

—Solo cuando alguien me pregunta si siempre hablo como si estuviera negociando un alto el fuego.

Nico se limpió la harina de la mejilla, pero solo consiguió extenderla.

—En la cocina no tenemos plan de contingencia.

—Ya me había dado cuenta.

—Tenemos criterio.

—El criterio no apaga una freidora.

—Y una carpeta no consigue que un proveedor llegue a tiempo.

Inés notó que la frase le había tocado un nervio. No era injusta: el proveedor del hielo llegaba veinte minutos tarde. Pero el retraso no era culpa de la carpeta.

—¿La freidora está bien?

—Ahora sí.

—¿Estaba mal antes?

—No.

—Entonces no tenemos un problema.

—Todavía.

Nico se alejó antes de que Inés pudiera decidir si aquello era una amenaza o una forma peculiar de saludar.

Desde la cocina llegó un aplauso espontáneo.

Alguien había iniciado el baile. Eva y Marcos se movían bajo las guirnaldas de luces, riéndose al ritmo de una canción que ninguno había elegido para su primer baile.

La vida, pensó Inés, tenía un sentido del humor irregular. Te daba una boda preciosa y te la acompañaba con un perro ladrón, una freidora sospechosa y un chef que parecía considerar una lista de tareas una ofensa personal.

Al terminar el servicio, Eva la encontró junto a la entrada.

—Ha sido perfecto —dijo.

Inés abrió la boca para corregirla. No había sido perfecto. El plan había sobrevivido por poco. La tarta tenía una grieta y el padrino había olvidado el discurso en el coche. Pero Eva la abrazó antes de que pudiera explicar nada.

—Gracias por no intentar que todo fuera perfecto.

Inés se quedó quieta un instante. Luego devolvió el abrazo.

—Gracias por no casarte con el perro.

—No prometo nada.

Cuando los novios se marcharon, la dueña de la finca la esperaba en la galería.

Blanca Ferrer era una mujer de pelo plateado, espalda recta y una calma que podía confundirse con paciencia si uno no la conocía.

Inés sí la conocía: habían trabajado juntas en dos bodas y Blanca tenía la costumbre de hacer preguntas que parecían conversaciones hasta que una descubría que eran entrevistas.

—Quiero ofrecerte un trabajo —dijo.

Inés señaló el salón vacío.

—¿Esta noche?

—Esta noche todavía no. Esta noche quiero que comas algo.

—Eso parece razonable.

—Mañana hablamos. La Senda tiene tres bodas más este verano y demasiados problemas para resolverlas a la vez.

—¿Qué clase de problemas?

—Los normales. Presupuestos, proveedores, licencias, empleados. Una gotera con ambiciones. Un chef que piensa que decir “ya veremos” es una respuesta.

—¿Y qué quieres que haga yo?

—Que organices las bodas. Que ordenes los números. Que encuentres una forma de que la gente vuelva a reservar aquí. Si funciona, podremos mantener abierta la finca.

Inés miró al naranjal. La noche había borrado el camino hasta la verja, pero las luces seguían encendidas bajo los árboles.

—¿Y si no funciona?

Blanca no apartó los ojos de ella.

—Entonces habremos hecho tres bodas bonitas antes de cerrar.

Desde la cocina, Nico gritó que alguien había dejado una bandeja en el pasillo. Blanca cerró los ojos durante un segundo.

—Mañana —repitió—. Te lo explicaré todo mañana.

Inés recogió la carpeta. La esquina doblada seguía allí. Por primera vez en mucho tiempo, dejó la esquina doblada.