El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 79
99%

Capítulo 79

PARTIDA

—No puedo creer que esté pasando —comentó Valka , apartándome a un lado justo fuera de la puerta del umbilical que nos llevaría a la Schiavona, allí donde colgaba en la gran bahía de reparaciones bajo el Sieglinde.

Podía ver la nave a través de los ojos de buey, con el adamante negro de su casco brillando oscuramente bajo las luces cenitales de la bahía, donde hombres en trajes de vacío flotaban colgados de cables en los estertores de los preparativos finales de vuelo—. ¿El Emperador? ¿El Emperador Sollano?

—¡Lo sé! —exclamé mientras encontraba su mano con mi mano fuerte—. Lo sé.

Ella se mordió el labio, con los ojos moviéndose hacia la puerta, donde una fila de técnicos y soldados se afanaban transportando equipo y equipaje de la vieja Mistral a la Schiavona .

La Mistral se quedaría atrás, en la Obdurate o en uno de los otros transportes masivos de la flota, abandonada a qué destino, no lo sabía.

Necesitábamos velocidad, y el interceptor de la Legión era mucho más rápido que incluso su homólogo de fabricación uhrana.

Valka bajó la mirada y la fijó en algún punto de mi pecho. Al cabo de un rato dijo:

—No estoy segura de poder ir contigo.

Sentí que el corazón se me desplazaba lateralmente en el pecho, y le apreté la mano.

—¿Por qué no?

—¿A Forum? —repuso, llevándose la mano libre a la nuca—. Ya sabes.

Su encaje neuronal. La matriz informática incrustada en los tejidos de su cerebro. Aquí, en los límites de la sociedad imperial, incluso en Emesh , esos implantes podían pasar desapercibidos, pero ¿en Forum? ¿En el brillante corazón del poder imperial y la autoridad de la Cancillería?

Apoyé mi frente contra la suya, tratando de levantarle el rostro.

—Eres tavrosi; sabrán lo que eres y ninguno de ellos se atrevería a molestarte por ello. —Hablando entonces en su panthai nativo para despistar a cualquier oído indiscreto, añadí—: Vamos a mantener la… brujería al mínimo, ¿eh?

Me dio un puñetazo en las costillas. Hice una mueca de dolor. Oí a Valka aspirar aire.

—Era tu lado malo, ¿verdad?

Agité el brazo medio inútil en respuesta, con la mandíbula apretada. Ella se acercó más.

—Lo siento.

La besé, sosteniendo su mano con mi mano buena, y sentí que el dolor se desvanecía, perdido tras la calidez que florecía en mi pecho.

Me pareció oír a algunos de la Compañía Roja vociferar desde su lugar en la fila de embarque, pero ni Valka ni yo les prestamos atención. Cuando por fin nos separamos, dije:

—Ven conmigo de todos modos.

Era algo increíble lo que le pedía. Una locura.

Estúpido e irresponsable, pero se lo pedí de todas formas.

Se lo había contado todo. Sobre el Silencio, sobre el aullido en la Oscuridad y los ríos de luz.

Sobre mis visiones y sobre qué me había pasado exactamente.

En aquellos primeros días, no puedo decir si fue amor por mí o por su trabajo lo que la movió —probablemente fueron ambas cosas—, pero sonrió.

—De acuerdo —dijo, y tomándome por la nuca me inclinó una vez más para que la besara.

—¡Pero mirad a estos dos! ¡Ya era hora!

Nos separamos, y los dedos se soltaron solo contra su voluntad. Yo miré avergonzado; Valka , molesta.

Pallino se acercó por el pasillo a grandes zancadas, con el resto de mis mirmidones a remolque. Llevaba su equipaje —una mochila de soldado común sobre un hombro—, el pelo gris recién cortado y su único ojo sonriendo.

—No es nada nuevo, querido —indicó Elara con naturalidad—.

Es solo que no has estado prestando atención.

—Nos sonrió a ambos, más tía comprensiva o hermana mayor que madre cauta, pensé, aunque era más joven que Valka , al menos—.

Aun así, me alegra ver que lo mostráis abiertamente.

—Se quedó un poco más cerca de Pallino entonces, radiante de alegría.

Siran también nos sonrió.

—¿Qué es eso de ir a ver al Emperador? —Se cambió su propio equipaje de un hombro al otro—. No creía que invitasen a mercenarios a palacio.

—O a homúnculos.

Crim e Ilex acababan de llegar justo detrás, evidentemente cerrando la marcha del tren de personal que se transfería desde la Mistral . Crim se alisó el cabello oscuro y rebelde.

—Corvo y Durand no andan lejos. Ella está intentando sacarles un precio por la nave a los financieros de la Legión, Dios les ayude.

—Lo conseguirá —aseguró Siran, sonriendo con suficiencia. ¿Era la primera vez que la veía sonreír desde la muerte de Ghen ? No podía estar seguro—. ¿Y he oído que ahora eres una especie de caballero? No esperes que haga reverencias ni nada parecido.

Pallino arqueó las cejas.

—No cualquier clase de caballero, Siran. El chico ha sido nombrado para los Victorianos. Eso significa que harás reverencias si él te lo pide.

—No lo pediré —repuse, con un tono demasiado sombrío. Forcé una sonrisa—. Sigo siendo yo. Y si alguno de vosotros empieza a tratarme de sir, lo tumbo de un golpe.

—Ni se me ocurriría soñarlo, sir —dijo Ilex , sonriendo.

Mis amigos.

Había dicho en serio lo que le dije a Titus Hauptmann : que no había hecho lo que había hecho solo.

No los merecía, pero entonces… quizá ninguno de nosotros lo merece nunca.

¡Verlos ahí de pie! Qué brillante ese recuerdo.

Pallino , que era como un padre para mí, con su ojo claro y su bravuconería fácil.

Elara, tan a menudo a su sombra, pero sin la cual creo que el viejo Pallino se habría desmoronado.

Siran, todavía desolada sin su amigo más antiguo, pero de hierro hasta la médula.

Crim , tan rápido para reír como para acuchillar a un hombre, como siempre son los mejores jaddianos.

Ilex , la dríade, el homúnculo, eternamente solitaria, con cada sonrisa suya un poquito triste.

Y Valka , Valka más que nadie. Valka , cada una de cuyas palabras podía cortarme tan seguro como la espada del príncipe Aranata, y sin embargo era más valiosa para mí que respirar.

Qué lejos habíamos llegado juntos… y cuánto más quedaba por recorrer.

La capitana Otavia Corvo apareció entonces, con el siempre asediado primer oficial Durand a su lado, lidiando con su equipaje y el de su capitana. Y detrás de ellos, invisible hasta que se acercaron, venía uno más. El espectro del banquete, ignorado y no invitado.

— William —dije, pasando junto a Valka para situarme ante la puerta del umbilical. Usé su nombre correcto una vez más para mantener la fría distancia dura entre nosotros.

Éramos los últimos de la fila; los demás habían ido subiendo a bordo. Podía oír sus voces detrás, llamándose, riendo, bromeando; foederati y soldados propiamente dichos, las Legiones y la Compañía Roja.

Switch no me miraba. Más tarde supe que había luchado bajo el mando de Jinan en la Demiurgo, y que había estado presente cuando la Compañía Roja vino a relevarnos en la batalla por la bahía.

Yo no lo había visto, no desde que lo envié lejos a bordo de la Mistral .

Me había estado evitando, y por una buena razón.

El hilo negro de ira que atravesaba a Titus Hauptmann y a Bassander Lin, que atravesaba los cadáveres mutilados y medio devorados de Raine Smythe y William Crossflane y las vidas de todos aquellos valientes soldados, empezaba aquí. Terminaba aquí. Con él. Mi amigo.

— Hadrian —dijo, y cerró los ojos con fuerza—. Me he enterado de lo que pasó. Yo… Debería haber estado allí.

Podía sentir todos aquellos ojos sobre mí, preguntándose qué haría.

—No —dije—, ninguno de nosotros debería haber estado allí.

—¡Lo siento! —exclamó, dando un paso adelante—. ¿Es eso lo que querías que dijera?

—No —repetí—. No quería que dijeras nada.

Me di la vuelta para irme, para ser el primero en cruzar el umbilical hacia la nave. Pasara lo que pasara, por muy extraño que se hubiera vuelto mi mundo, todavía sentía su traición más afilada que el filo de mi propia espada.

Pasos detrás.

—¡No vuelvas a darme la espalda!

Una mano en mi hombro. Mi hombro malo. Con una mueca de dolor, me giré, pisando de tal manera que giré las caderas e impulsé mi puño bueno con fuerza bajo las costillas del otro hombre.

Si hubiera querido. Jamás levanté la mano.

La velocidad por sí sola sobresaltó a Switch y lo hizo retroceder de un salto.

Los demás estaban mirando. Igual que en el gimnasio de la Mistral, con los ojos muy abiertos, las manos medio preparadas a los costados… aunque listos para qué, ninguno de ellos lo sabía. No levanté las manos, ni siquiera alcé la voz.

—¿Podríais dejarnos a solas, por favor? —pregunté, sin volver la vista hacia los demás—. Iré enseguida.

Los otros tardaron un minuto en obedecer, con los ojos saltando de uno a otro, en el grupo disperso alrededor de nosotros dos.

—Dejémosles hablar —dijo Pallino , tal vez más sensible a la clase de ira que yo sentía que cualquiera de los otros. Tomando a Elara del brazo, añadió—: Venga, vamos.

Crim me lanzó una mirada de preocupación y me dio una palmada en el hombro al pasar, seguido de Ilex , Corvo y el resto. Valka se demoró en la puerta… podía ver su sombra sobre la cubierta negra.

Luego, la retirada final de pasos.

Miré a Switch propiamente por primera vez, con la mandíbula tensa.

De algún modo se parecía más al chico asustado que conocí al principio que al hombre en el que se había convertido después.

Antes, yo había compadecido ese miedo y había intentado hacerlo fuerte, pero ahora solo lo despreciaba por ello.

No es cosa fácil admitir que tus propios amigos te repugnan, y sin embargo él lo hacía.

—Quiero ir contigo —dijo Switch .

—No —dije por tercera vez.

Dio un paso meditado hacia delante, con la mano extendida.

— Had , por favor.

—Tú hiciste que los mataran —repliqué, y no había ni una gota de calidez en mi voz—. A Crossflane, a Smythe , a Greenlaw … sabe la Tierra a cuántos otros.

Vi mi propio cuerpo desplomándose mientras mis ojos se oscurecían, mientras luchaba por respirar con unos pulmones que ya ni siquiera estaban allí.

La boca de Switch se abría y se cerraba como la de un pez, y al cabo de un rato logró decir:

—Eso… eso no es justo.

Quizá no lo fuera. Quizá nada era justo. Quizá no se suponía que debiera serlo.

—Creí que ibas a morir ahí abajo en Vorgossos .

—¿Así que me vendiste a Bassander Lin? —respondí con desprecio—. ¡Yo morí, Switch !

Las palabras se me escaparon con toda su fuerza, sin que las hubiera llamado, sin estar preparado para ellas; las pronuncié alto y claro, en un lugar donde estaba seguro de que la seguridad de la nave las captaría. Por el momento, no importaba.

Los ojos del otro hombre eran grandes como platos, como las faleras de un oficial.

—Tú…

—¡Morí! —lo interrumpí, pero no me detuve a explicarlo.

Switch no había estado allí. Switch no lo había visto—.

¡Y todos los cielcin murieron también! Murieron porque Bassander Lin solo seguía órdenes.

¡Casi los teníamos! —Agité la mano derecha—.

¡Casi teníamos la paz! ¡O algo parecido!

Y no la conseguimos por tu culpa. ¡Porque me traicionaste!

¡Tú convocaste a Lin aquí! ¡Y a Hauptmann !

¡Todo para salvar tu pellejo! ¡No el mío! ¡No el de nadie más! ¡El tuyo!

Sin darme cuenta, estaba gritando. Repentinamente cohibido, sabiendo que Valka al menos no se había ido demasiado lejos, bajé la voz.

—Se suponía que eras mi amigo.

—Soy tu amigo.

—No —dije. Ya van cuatro veces—. No lo eres. Ya no. —Alcé la mano buena—. Largo de aquí.

Las primeras lágrimas comenzaron a caer, pero no sabría decir si eran suyas o mías. La mano me temblaba, pero no bajó. Tras un momento de silencio, Switch tomó una larga y estertórea bocanada de aire.

—¿A dónde he de ir?

—Donde te plazca —contesté, y dejé caer la mano por fin. Me giré rápidamente, cruzando el umbral hacia el umbilical de abordaje.

—¡ Hadrian , espera! Yo… —Pero yo ya había golpeado el panel de la esclusa tras de mí, y la puerta se selló con un siseo y un estruendo metálico.

Oculto del mundo por un momento tras dos puertas de acero sólido, me dejé caer de rodillas y lloré.

Por Switch , por nuestra amistad. Lloré por Smythe , por Crossflane, por Aranata, por Nobuta y Tanaran.

Lloré por los soldados que perdimos, por los futuros que podrían haber sido.

Y por mí mismo. Por mí más que por nadie.