Capítulo 78 #3
No era más que una proyección, pero el impulso de arrodillarme gritó a través de mí.
Sabía que se esperaba de mí, sabía que era lo correcto, y aun así me demoré un momento, solo un momento —el espacio de dos latidos— antes de hacerlo.
Lo suficiente para notar los ojos del estratega sobre mí, lo suficiente para notar que él notaba mi vacilación.
Si se dio cuenta, o si tenía alguna teoría privada con respecto al significado de mis acciones, no lo demostró.
Por mi parte, creo que fue solo la conmoción.
O tal vez mi tiempo entre los Extras había puesto más roble en mí del que pensaba, de modo que tal inclinación no se producía sin dificultad.
Hinqué una rodilla en tierra mientras la grabación continuaba.
—Nuestro estratega ha compartido con nosotros la noticia de tu victoria contra los cielcin.
Estamos muy complacidos. Tus acciones frente a nuestros enemigos están en consonancia con las más altas tradiciones de servicio.
A la luz de lo cual, y siguiendo las recomendaciones de nuestro Primer Estratega, hemos determinado concederte nuestra Orden del Mérito y elevarte a la posición de caballero.
Era real, entonces. A pesar del conflicto en mis emociones, escuchar las palabras de la propia boca del Emperador, aunque grabadas, me conmovió de formas que no podía explicar ni haber esperado. Se me contrajo el estómago, se me humedecieron los ojos. Pero Su Resplandor no había terminado.
—Además, a la luz de las extraordinarias condiciones de tu servicio, hemos considerado oportuno que seas incluido en las filas de nuestros Caballeros Reales Victorianos.
Solicitamos y requerimos que asistas a nuestra persona imperial en Forum.
Mis Legiones se encargarán de que se te proporcione una nave. Ven de inmediato.
Y con eso, la imagen de la Estrella del Norte de las Constelaciones de la Sangre Palatina se desvaneció, dejando al duque Titus observándome.
Silencio de nuevo. Uno de los silencios más profundos y absolutos que jamás había escuchado.
—¿Tiene idea de la clase de honor que es esto, Marlowe ? —preguntó el duque.
Los Caballeros Reales Victorianos. Asentí en silencio.
La orden había sido constituida en la Edad Dorada, cuando los Emperadores del Hombre gobernaban todavía solo una porción de la propia Tierra.
Eran sirvientes de la familia imperial. Sirvientes personales, vinculados no a la Oficina Imperial, sino a la Casa Avent en su calidad de Reyes de Ávalon.
En todo el Imperio había menos de mil hombres y mujeres así, muchos de ellos primos o hijos del propio Emperador.
Ni siquiera al Primer Estratega sentado allí ante mí se le concedía ese honor particular, aunque los honores se apilaran sobre su nombre.
—Los Reales Victorianos… —susurré—. No lo merezco.
—Evidentemente, Su Resplandor piensa de otra manera —apuntó el Primer Estratega—. Felicidades.
—Yo… gracias.
—Por mi parte, comprendo el motivo. Es usted un gran héroe, el primero en abatir a uno de esos Príncipes de Guerra en combate singular, el hombre que los localizó en primer lugar.
Me di cuenta de que seguía arrodillado y me puse de pie tan firmemente como pude, sin ayuda del brazo izquierdo medio tullido.
—No hice nada de eso solo. Usted destruyó su flota, para empezar, y nunca habríamos sobrevivido sin la doctora Onderra, o el capitán Lin, dicho sea de paso. O la dama tribuno Smythe y sir William .
Y decir sus nombres en voz alta me recordó lo que les había sucedido y por qué, me recordó que aquel viejo y distinguido soldado había dado la orden que costó la vida a Smythe y a Crossflane.
Hauptmann se frotó la boca con el dorso de la mano.
—De todos modos, querido muchacho, es usted de sangre palatina, y sus propios hombres dicen que fue usted quien asestó el golpe mortal.
Estamos revisando las grabaciones de las cámaras de los trajes, por supuesto, pero es usted un pariente imperial, por distante que sea, y Su Resplandor desea claramente hacer de usted un ejemplo positivo.
Hay algún precedente, aunque como hemos aludido a…
su edad… Puede que sea usted el Real Victoriano más joven del que haya oído hablar, Príncipes Imperiales aparte… y, entre usted y yo: nadie los cuenta.
Algo que Hauptmann había dicho se me había clavado, y dije:
—Mis hombres. Su Excelencia, ¿se me permite llevar a mi gente conmigo cuando vaya a Forum? Mi Compañía Roja ha estado conmigo durante algún tiempo; no estaría bien abandonarlos.
—¿Son sus hombres de armas?
Negué con la cabeza.
—No formalmente, Su Excelencia, no. No tengo rango formal, mi padre me desheredó hace algunos años. Son solo mercenarios, pero son mis mercenarios.
El Primer Estratega reflexionó un momento, con los dedos rastreando lentamente formularios holográficos incrustados en su escritorio. Poco después encontró lo que buscaba y, tras hacer una pausa para tomar una nota, me envió una copia a mi terminal.
—No veo por qué no. —Inclinó la cabeza hacia los papeles que acababa de enviarme—. Sus órdenes de marcha. La Schiavona ha sido reparada y reabastecida. Haré que envíen aviso para que su gente sea subida a bordo… en fuga si es necesario.
Me quedé inmóvil y aturdido un momento, tratando de averiguar cómo dar las gracias al hombre, pero los engranajes que giraban en la concienzuda mente de Titus Hauptmann habían pasado a una nueva tarea, y me despachó con un gesto diciendo:
—Bien, vaya entonces. Tiene órdenes de comparecer ante el Emperador. No haga esperar a Su Resplandor.