El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 77
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Capítulo 77

EL PROPIO TESEO

—¿Está casi listo para partir, mi señor? —preguntó el teniente plebeyo de rostro enjuto que habían enviado a buscarme. Creo que se llamaba Kurtz—. La lanzadera está casi lista.

—En un momento, soldado —dije, logrando mantener la voz firme.

A pesar de la invalidez de mi brazo izquierdo, me las había arreglado para vestirme sin ayuda.

Me habían dejado ropa mientras dormía, antes de que la Schiavona y todo el resto del personal imperial fueran expulsados de la Demiurgo.

Eran las ropas que había llevado en la superficie de Rustam.

Las mismas botas altas de cuero negro, los mismos pantalones negros con las franjas rojas, la misma túnica igualmente negra con su forro de cachemira que se cerraba por el costado derecho.

Mi cinturón escudo había supuesto una lucha con mi brazo izquierdo, tan torpe como estaba, pero lo logré al final; encajé la espada de nuevo en su cierre magnético y comprobé el aturdidor y la caja de control.

Me demoré un momento, paralizado por mi propia imagen reflejada en el agua oscura del acuario.

Casi parecía que algún fantasma me examinaba desde el cristal, demacrado y de rostro gris.

Sin que yo se lo ordenara, la mano derecha vagó hasta la garganta, palpando el lugar donde mi propia espada me había mordido sin dolor.

Ni siquiera había sabido que había muerto, no había sentido el golpe hasta que la cabeza rodó de mis hombros.

El recuerdo del vértigo que sentí al caer más allá de mi cuerpo se apoderó de mí, y cerré los ojos, dejando caer la mano.

Estaba todavía en mi bolsa, justo donde había pensado que estaría.

No donde lo había dejado, entiéndase, sino donde sabía que estaba.

Saqué el fragmento de cáscara de huevo y lo sostuve en mi puño.

Apreté, como si pretendiera aplastar la cosa.

Pero, cualquiera que fuese la sustancia de la que estaba hecho, no pude aplastarlo ni desecharlo.

Había estado en el bolsillo interior de mi casaca, junto a mi diario perdido, cuando casi me vi atrapado en la explosión que derribó a la Dama Tribuno Smythe .

Cómo había aparecido en mi bolsa era algo que no sabría decir.

Quizá había viajado de vuelta conmigo desde el aullido en la oscuridad.

Quizá había sido lo que permitió mi pasaje de regreso en primer lugar.

O quizá simplemente fue trasladado cuando el Silencio interfirió con la causalidad para salvarme la vida, pues sin duda eso fue lo que hizo.

Lo acuné en la palma de mi mano, un disco no más grande que un hurasam imperial, más blanco que cualquier cosa que hubiera visto jamás, tan blanco que parecía intacto ante el tono azulado de la luz del acuario.

Capté mi reflejo en el cristal una vez más, pálido y muy lejano.

La misma ropa. El mismo hombre. La misma melena pulcra de cabello oscuro como la tinta, los mismos viejos ojos violetas, demasiado viejos para los treinta y cinco años que tenía.

No había cambiado; todavía conocía el rostro del hombre que me devolvía la mirada, quizá lo conocía mejor que antes.

Yo era yo mismo, y nada de lo que había pasado me lo había arrebatado.

Había sobrevivido al tormento y a la prisión, a la traición y al dolor.

Había perdido amigos, protectores, maestros.

Había hablado con dioses; con el mismísimo diablo.

Había sobrevivido a la guerra, sobrevivido a extrasolarianos y xenobitas por igual; daimons y demonios.

Incluso había sobrevivido a la Muerte, y me había perdido a mí mismo.

Cada pedazo de mí había sido arrancado y devuelto.

Y estaba vivo.

Por un momento, pareció que aquel otro Hadrian me miraba, el que había encontrado en la oscuridad, con su mano señalando hacia adelante, de vuelta hacia mi vida y mi propósito.

Él me había mostrado a mí mismo. Dije una vez que el propósito del artista no es ver lo que es o lo que podría ser, sino ver lo que debe ser.

Toda creación es así. Me había encontrado con el capitán de mi nave en toda aquella oscuridad, me había encontrado conmigo mismo tal como sabía que debía ser, y él me había encontrado insuficiente.

Que así sea. Tenía un largo camino por delante, y una larga lucha.

Que así sea también. Aquel otro Hadrian me dio algo a lo que aspirar.

Mi estrella.

Devolví el fragmento de cáscara a mi bolsa y, al ponerlo allí, sentí algo que había olvidado que tenía.

El anillo del príncipe Aranata.

No era de plata como había pensado, sino de algún primo más oscuro de esta.

Rodio, supuse, y modelado de tal manera que me recordaba a la fascia, a músculo y hueso desollados.

Era un objeto horrible, orgánico de una forma que traía a la mente a las criaturas del tanque tras mi ventana, todo membrana y tentáculo, con las curvas de su diseño abrazando un único granate con forma de huevo.

Un granate.

Había pensado que todas las piedras que poseían los Aeta eran azules.

Era como si fuera providencia, que encontrara un anillo para reemplazar el que había perdido. Quizá lo era.

Me coloqué el anillo en el pulgar, en el lugar donde una vez estuvo la vieja cicatriz de quemadura. La mano izquierda me temblaba mientras intentaba cerrarla en un puño.

Suficiente.

—¿Listo, señor? —preguntó el teniente Kurtz cuando salí al pasillo.

—Sí, teniente —respondí—. Guíe usted.

Esperaba a medias que apareciera Kharn Sagara en ese momento.

Alguna última palabra, algún comentario mordaz, al menos para inyectar alguna sensación de vaga inquietud.

Pero supuse que El Inmortal no necesita aparecer para estar presente.

Sus ojos —los ojos de ella— estaban en todas partes, observando mientras nos íbamos.

Sentí esos ojos sobre mí mientras cuatro MOS nos conducían al inquieto teniente y a mí hacia nuestra lanzadera.

Mientras zarpábamos, vi a la Demiurgo comenzar a moverse, y supe entonces que Kharn Sagara había recibido el último de sus pagos.

La nave se escabulló como un imperio en movimiento, torre sobre torre, almena sobre almena, batería sobre batería fluyendo hacia la noche.

Los ojos de su legión de estatuas de hierro, ángeles y diablos y dioses pesaban gravemente sobre mi mente.

No creí que volviera a verlos jamás, ni que quisiera hacerlo.

Extraño, ¿no es así? ¿Los caminos que recorremos y los que son elegidos para nosotros?

La Demiurgo se desvaneció. Como el Enigma de las Horas antes que ella, aquella inmensa Nave Peregrina no saltó a la curvatura con un chasquido y un destello de relámpago, ni se alejó impulsada por cohetes más lentos que la luz.

Cómo viajaba es algo que no puedo adivinar. No soy escoliasta. Pero viajar, viajó.

Pasó mucho tiempo antes de que la viera de nuevo.