Capítulo 74
EL AULLIDO EN LA OSCURIDAD
Oscuridad.
Oscuridad y la sensación de ir a la deriva en aguas profundas. No había nada. Yo no era nada, menos que una mota perdida en la eternidad vacía.
No sabía nada. Sin dolor, sin memoria… ni siquiera sabía mi propio nombre.
No quedaban ni fragmentos, y todo lo que yo era y había sido y podría llegar a ser estaba oculto, velado en algún rincón de esa Oscuridad que no podía ver.
Sin nombre, sin forma y amorfo, me agitaba, pasando junto a cosas invisibles y olvidadas.
¿Dónde estaba? ¿Qué era? ¿En qué me había convertido?
No había puertas de luz ni ciudad resplandeciente, ni empíreo ni montaña coronada por siete murallas.
Pero había algo delante de mí, y formas que no podía ver ni comprender pasaban en espiral, moviéndose como la lenta deriva de los continentes, de tal modo que yo era sacudido como el plancton solitario ante el paso de una ballena.
¿Cómo puedo hacéroslo entender? Yo no era nada.
No quedaba nada de mí, de Hadrian Marlowe .
No tenía sensaciones, ni sentimientos, ni palabras.
Solo la vaga conciencia de una luz no del todo extinguida.
Una luz entre muchas, arrastrada suavemente por mareas invisibles de acuerdo con algún patrón más allá de toda comprensión.
¿Estaba muerto? ¿O eran estas sensaciones el espasmo de alguna función cerebral que se desvanecía rápidamente?
¿Acaso seguía tendido a la orilla del lago, a los pies de mi enemigo?
¿Quién sabe cómo es morir —morir de verdad— o cuánto tiempo toma?
Hadrian .
Mi nombre. Ese era mi nombre, ¿verdad? Era una palabra, pronunciada por una voz insonora que tronaba en la noche.
Hadrian .
Tenía un nombre de nuevo. Recuerdos. El viento aullando sobre el rompeolas en el Descanso del Diablo.
Gibson sentado en su silla de respaldo alto en el claustro de los escoliastas.
El grito descarnado del hambre mientras me agazapaba en un callejón húmedo en Borosevo.
El grito de sangre de mis camaradas mirmidones.
La risa de Cat . Jinan moviéndose debajo de mí y el aroma a jazmín.
Valka temblando contra mí en el frío de nuestra celda.
Mi cuerpo decapitado oscilando ante el príncipe Aranata.
El último tacto del agua del lago mientras empapaba mi cabeza sangrante.
Llegó un viento donde no había aire, y lo soporté.
En todo ese aullido en la Oscuridad yo era yo mismo y estaba solo, transportado por su marea.
El recuerdo de aquella orilla final del lago cruzó de nuevo mi conciencia, y lo vi como podría verlo un observador: mi cabeza cayendo al suelo tal como lo había visto en la visión del Silencio.
Me deslicé, vi el momento alejarse, como si este permaneciera en la orilla de un río y yo estuviera perdido en su crecida.
Sabía que iba a alguna parte. Dónde estaba ese lugar, no puedo decirlo, pero casi me parecía que caminaba, que trepaba nivel tras nivel hacia lo alto, hacia alguna cumbre, algún corazón, algún lugar dentro de esa oscuridad.
Allí estaba la Verdad. La respuesta. El fin.
Oscuridad dentro de la oscuridad, y luz por debajo.
Una luz en lo negro.
Casi sentí que me arrastraba entonces, como si luchara contra la corriente.
Más alto. Más profundo. Una y otra vez. Por fin me desplomé y extendí el brazo derecho que había perdido, deseando que esa mano existiera, esforzándome por hallar alguna identidad en la oscuridad.
« Hadrian », me dije, haciéndome eco del trueno.
«Mi nombre es Hadrian ». Mi mano aleteó ante mí, poco más que tiras de piel que se entumecían contra la negrura.
Brillaba ante mí, y con esfuerzo cerré el puño.
Pero mi alcance superaba a mi presa. Mi mano estalló en pedazos, fragmentos que se desvanecieron lentos como cenizas arrojadas a la noche, y me quedé solo. Fuera lo que fuese.
Hadrian .
Una sombra cayó sobre mí, incluso en esa oscuridad absoluta, y al levantar la vista contemplé la figura de un hombre vestido todo de negro, con su armadura inmaculadamente esculpida a la mejor moda Imperial, el peto con la forma de un torso musculoso.
Rostros estoicos asomaban desde la parte superior de sus grebas y de sus brazales, enmarcados por laureles negros.
La capa que fluía sobre sus anchos hombros era negra como la Oscuridad misma, bordeada en un patrón laberíntico del color de la sangre fresca, y carmesí en su reverso.
La casaca negra que llevaba bajo la armadura negra estaba ribeteada en rojo, forrada en rojo y era tan fina como el atuendo de cualquier Emperador.
¡Y su rostro! Pálido y palatino, tallado como en alabastro, ojos violetas sobre el filo de cuchillo de la nariz y labios torcidos, el cabello tan oscuro como su ropa.
Hadrian .
Era yo, más ricamente adornado de lo que jamás me había visto, y el escudo en mi peto no era el diablo de Meidua, sino la horca y el pentáculo que yo había creado para mi Compañía Roja, engastados en un cartucho de laureles y anillos de cuervo.
Alcé la mano hacia mí mismo, intenté desesperadamente aferrarme, pero mi pobre impresión de brazo se derrumbó una vez más, y los jirones se disiparon en la nada.
Aquel otro yo me miró desde arriba y sacudió la cabeza.
Me esforcé por recomponer mi idea de una mano, por asir el dobladillo de mi capa si no otra cosa.
Mi otro yo sacudió la cabeza de nuevo y señaló, alzando una mano blindada con dedos afilados como las garras de los cielcin.
Me volví y, al girar, contemplé un único y resplandeciente punto de luz, brillante como ninguno que hubiera visto.
Una estrella, blanca e infinitamente remota.
Mi estrella.
Una calidez repentina me llenó como un fuego, como un aliento.
El otro Hadrian dio un paso adelante, haciendo tintinear las espuelas ceremoniales de sus botas puntiagudas, decoradas con brillantes alas negras en los tobillos.
Nunca bajó la mano; un dedo con garras señalaba eternamente.
Adelante. Atrás. El camino hacia adelante es el camino hacia atrás.
De vuelta hacia mi vida, mi mundo, mi propósito.
Sí, pensé, estoy listo para ir. Me volví de nuevo para mirar hacia aquella estrella reluciente y extendí la mano.
Mi mano apareció otra vez, prendas de piel ondeando como estandartes de batalla en un campo abandonado.
Cerré los dedos alrededor de esa estrella distante y descubrí que no era ninguna estrella.
Era el fragmento de concha que había recibido en mi visión en Vorgossos .
Donde lo había arrancado dejé un agujero en la Oscuridad, y la luz entró a raudales, más brillante de lo que la estrella había sido antes.
Se derramó como agua clara, y fui arrastrado por su marea, barrido más allá de mi otro yo, que permanecía allí, todavía señalando, en la oscuridad.
Me esforcé por no perderlo de vista, a él y a su capa roja y negra ondeando, y a la divina oscuridad que brillaba silenciosa a su espalda.
Luz.
Había visto los ríos de luz antes, pero aquí nadé en sus aguas, rozando la memoria y las vidas que no había vivido —las elecciones que no había tomado—, un torrente que mi mente meramente mortal apenas podía comprender.
Sentí que doblaba una esquina cerrada en ese remolino de tiempo y fui arrojado al aire vacío.
Caí.
Y caí.
La sensación de estar inmerso en aguas profundas regresó. Y el peso. Tenía peso de nuevo. Tenía la parte posterior de la cabeza empapada… ¿seguía en el lago? ¿Flotando en su superficie?
Un gran dolor me atravesó y aspiré una profunda bocanada de aire.
¡Tenía pulmones! Me dolía el pecho. Mi pecho.
Yací largo tiempo sobre la tierra, apreciando cada dolor y cada terrible punzada por la alegría que representaba: estar vivo de nuevo.
Las ramas de los árboles colgaban sobre mí, inclinándose como médicos vigilantes en su tarea.
¿Estaba en el Jardín? Giré la cabeza, asegurándome al hacerlo de que estaba unida a un cuello.
Intenté incorporarme y, al mirar hacia abajo, contemplé mi armadura blanca, rayada y abollada. Mi cuerpo, hasta los dedos de los pies.
Mis brazos…
Mi brazo izquierdo había desaparecido, cercenado por encima del codo.
Mi brazo izquierdo. Había perdido el derecho, ¿no?
Y sin embargo allí estaba, con la mano aferrando firmemente la empuñadura de la espada que Aranata me había quitado.
La espada de Olorin. Plata jaddiana y cuero rojo.
La sostuve ante mis ojos, con la boca abierta de asombro.
De confusión. Algo había sucedido. Algo se había hecho.
Luché por sentarme, pero el dolor era más de lo que podía soportar, y caí de espaldas en el arroyo.
A lo lejos, podía oír los sonidos del combate: los gritos de hombres y cielcin, la tos del fuego de plasma y el crujido de árboles ardiendo.
Pasos.
No el pisotón de botas ni el rasguño de garras cielcin, sino el paso suave y arrastrado de unas zapatillas. La voz —cuando llegó— fue como el suave pasar de páginas de un libro viejo y familiar. Debería haberlo esperado, y aun así el sonido de sus tonos familiares me envió un escalofrío.
—Pareces cómodo —dijo, como si me hubiera encontrado tumbado en la colchoneta de entrenamiento antes de la práctica.
Giré la cabeza hacia un lado. Unas zapatillas verdes estaban firmemente plantadas en la superficie de las aguas junto a mi cabeza; una mano sujetaba el dobladillo de su túnica viridiana junto con su bastón para evitar que se arrastrara por el arroyo.
Tor Gibson me sonrió desde arriba, con los ojos brillantes y una sonrisa apagada apenas visible en sus labios finos.
—¿ Gibson ?
La aparición sacudió la cabeza, y lo supe.
El Silencio dio otro paso más cerca de mí, con la mirada vagando por las ramas sobre nuestras cabezas. No proyectaba sombra sobre el lecho del arroyo, ni sobre mí. Aún tendido en el agua poco profunda, sintiendo el dolor del brazo mutilado, pregunté:
—¿Qué me ha pasado?
—Moriste.
Cerré los ojos y vi el brillo azul de mi propia espada destellar a través de mi cuello, vi mi cuerpo decapitado tambaleándose, vi la sangre.
—Eso no es a lo que me refiero.
La luz brillaba a través de ese viejo rostro familiar como la luz del sol a través de las ramas de un árbol. El Silencio se inclinó sobre mí, con cuidado de que su túnica no se arrastrara por el río. Me ofreció una mano.
—No hemos terminado contigo.
Entrecerré los ojos, pero encajé la espada de nuevo en el cinturón y tomé la mano que se me ofrecía.
No había nada allí, y sin embargo fui puesto en pie de un tirón como si me hubiera levantado una grúa de carga y me hubiera depositado sobre mis pies.
La cabeza me daba vueltas, la visión estirada y borrosa.
¿Cuánta sangre había perdido? Podría haber caído, pero algo muy parecido a una mano invisible me sostuvo, y oí a la sombra de mi voz preguntar:
—¿Qué quieres decir con que no habéis terminado conmigo? ¿Qué queréis?
Existir.
Las palabras resonaron por el claro y sobre el arroyo transparente; resonaron dentro de mi mente. Pero Gibson —el Silencio— había desaparecido.