El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 73
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Capítulo 73

ROTO

Llegamos al fin de nuevo al Jardín, tras haber pasado una vez más a través de las entrañas de la Demiurgo.

Solo que esta vez éramos nosotros los perseguidores, y los cielcin los perseguidos.

Los árboles ardían ahora, y todos los MOS de Kharn yacían quietos, con la luz de bruja tras sus ojos atenuada.

Casi me pregunté si habían muerto, de tan inmóviles que estaban amontonados bajo aquellas ramas humeantes.

—¿Qué demonios es este lugar? —preguntó Pallino , tocándose la frente, la boca y el corazón en rápida sucesión—. ¿Todo esto… en una nave?

—Es hermoso —entonó Ilex , viendo de algún modo más allá de la carnicería y las llamas.

Valka se acercó detrás de ella —pues nos había seguido después de todo— y dijo:

—Deberías haber visto el de Vorgossos , era mucho más.

Bassander se abrió paso entre ellas ante sus miradas atónitas, señalando hacia la línea de árboles, aún sin quemar, en el extremo lejano del Jardín.

—Los Pálidos entraron por ahí. Su nave debe de estar más allá, en alguna parte.

Quiero esa puerta asegurada y drones cartográficos enviados a través de ella.

No voy a perder a mis hombres en esos túneles.

—Avanzó, con cuatro guardias pisándole los talones, y le oí murmurar—: Maldita nave.

—Habíamos estado en la bahía de atraque de los cielcin una vez antes, pero no desde esta dirección, a través del Jardín, y, en cualquier caso, parecía que aquellos pasillos interminables cambiaban, rediseñados por el animus de su rey, Kharn Sagara.

Podía distinguir poco o nada del caos de arriba.

A través del enorme tragaluz del Jardín discerní la forma destrozada de la nave cielcin.

El Bahali imnal Akura parecía una luna destrozada, con grandes trozos que empezaban a separarse y aplanarse.

Aquí y allá una luz todavía brillaba mientras algún sistema de emergencia —aún intacto— luchaba por mantener su función, mudamente ajeno a que su mundo había terminado.

—¡ Bassander ! —llamé, y el oficial se volvió a medias; apenas pude distinguir el perfil de su rostro a la luz del fuego, como si fuera el borde de un planeta entrando en el día—. ¿Dónde está la flota? ¿Qué hace Hauptmann ?

El capitán se limitó a encogerse de hombros.

—Destruir su flota.

—¿Y después de eso?

—No lo sé —dijo—. Imagino que vendrá a liberarnos. ¿Por qué?

A pesar del calor que desprendían los árboles en llamas a mi alrededor, sentí un escalofrío agudo y repentino arrastrarse por mi cuerpo, crujiendo como hielo que se rompe en la superficie de un lago.

—Los cielcin no tienen adónde ir y, con Nobuta muerto, Aranata no tiene nada por lo que luchar.

El capitán Lin se giró completamente para mirarme, con los ojos entrecerrados hasta convertirse en meras rendijas.

Parecía una ruina, con la armadura blanca salpicada de sangre, el pelo pegado a un lado de la cara y el sudor y la sangre —¿su sangre?

— mezclándose allí. Dos de los pteruges que protegían su hombro izquierdo habían desaparecido, arrancados en algún forcejeo.

—¿Qué quiere decir con «con Nobuta muerto»? ¿Qué pasó con el rehén?

Se lo conté.

—¿ Smythe estaba viva? —Su voz se encogió—.

Y sir William … no. No, no me lo creo. —¿Y cómo podría creerlo?

Era culpa suya, suya y de lord Titus Hauptmann .

Nada de esto habría sucedido si hubieran dejado que las cosas siguieran su curso.

Yo podría haber ido con los cielcin como pretendía Smythe , hacia cualquier horror que me aguardara allí, pero habría ido de todos modos, para traer la paz y el entendimiento que pudiera.

Hubo un tiempo en que podría haber aprovechado la oportunidad para decir tales cosas a Bassander Lin con regocijo vicioso, con esa parte de mí que era más cercana a mi hermano brillando a través de todo. De hecho, abrí la boca para decir precisamente tal cosa cuando un triáster se acercó y dijo:

—Señor, la encontramos.

—¿A Greenlaw ? —Los puños de Bassander se apretaron al pronunciar el nombre—. ¿Y?

—Muerta, señor.

Yo había conocido poco y apreciado menos a la fría teniente, incluso menos de lo que apreciaba a Bassander .

Había sido una bruta oficiosa, que esgrimía su autoridad sin preocupación ni compromiso.

Pero por la forma en que los hombros de Bassander se hundieron, sentí que revivía la muerte de Ghen en Rustam.

Parecía otra vida completamente distinta, como si todo lo que había ocurrido antes de Kharn y Vorgossos fuera una especie de sueño, como si el mundo ordinario del Imperio fuera alguna fábula pintoresca, aunque desagradable, junto a este nuevo mundo de máquinas y xenobitas, daimons y demonios.

No podía odiar a Bassander .

Solo podía compadecerlo.

—Siento lo de su amiga —dije—. Era una buena soldado.

¿Había lágrimas en esos ojos negros?

No, no podía haberlas. Bassander tenía los ojos de una estatua, y las estatuas no lloran. Parpadeó y, aunque no movió nada más que esos párpados, pareció que volvía a erguirse una cabeza más alto.

—¿Qué, entonces? ¿Qué cree que harán los Pálidos?

Tuve una visión espantosa. Cualquier reactor o gran motor que impulsara su nave alienígena volviéndose crítico, y todos nosotros borrados por la luz y el fuego nuclear. ¿Haría Aranata tal cosa? ¿Lo haría algún padre en las profundidades de su desesperación?

¿Qué padre haría menos, humano o xenobita?

Parece un pensamiento lo bastante claro, pero a mi cerebro le tomó un momento articularlo, aclararlo en una especie de advertencia.

El mundo estaba tranquilo a nuestro alrededor, salvo por el arder de los árboles y los sonidos ahogados de hombres distantes gritándose órdenes unos a otros, lo bastante remotos como para parecer menos que sonidos reales. El aire mismo estaba quieto.

Demasiado quieto.

—¡Todo el mundo al suelo! —bramó alguien.

Tal vez fue Pallino . En mi pánico, durante un momento desesperado, pensé que era Ghen , tan profunda y retumbante fue aquella orden.

Sin pensar, sin reaccionar, sin compartir mi horrible conjetura con Bassander , me tiré al suelo.

Un instante después, las explosiones recorrieron la línea detrás de nosotros.

Granadas. Las mismas granadas que habían destruido la puerta de nuestro hangar.

Destruyeron a nuestros hombres, entonces.

Habíamos cometido un error. Dos errores.

Uno: habíamos seguido el camino a través del Jardín hacia el pabellón y el árbol solitario. Precisamente como se esperaba que hiciéramos.

Dos: habíamos dejado el grueso de nuestra fuerza concentrándose cerca de las puertas, cerca de donde esa primera valiente línea de hoplitas se había sacrificado para cubrir nuestra huida de aquel lugar encantador y terrible.

Eso significaba que las pocas docenas de hombres que se habían extendido a lo largo del camino eran los más importantes.

Nuestros exploradores y técnicos, los necesarios para manejar los drones cartográficos que Bassander había pedido; nuestros centuriones y oficiales, entre cuyo número contaba prácticamente a todos los amigos que me quedaban; y yo mismo. Y Valka .

Cómo sobrevivieron todos mis amigos a ese primer asalto no puedo decirlo, ni cómo nos agrupamos en un pequeño nudo separado de esa fuerza principal cuando los combatientes scahari de los Itani Otiolo aparecieron de entre los árboles a ambos lados.

¿Cuántos vastos ejércitos habían sido destruidos bajo precisamente estas circunstancias en cuántas guerras a través de todo el tiempo?

Los vi estrellarse contra nuestra línea desde ambos lados como el chasquido de unas mandíbulas todopoderosas, hombres girándose a un lado y a otro, desesperados, inseguros del camino.

—¡A mí! —gritó Bassander , alzando su espada—. ¡Todos los hombres, a mí!

El grueso de nuestras tropas se apresuró a unirse a nosotros, atrayendo la atención de los atacantes. Muchos de ellos arrojaron nahute como jabalinas, y los malvados gusanos volaron y desgarraron a los peltastas sin escudo con una furia como el infierno mismo y el crujir de dientes.

Llamé a Valka a gritos, abriéndome paso a hombrazos más allá de Pallino mientras él apuntaba su lanza al enemigo, moviéndome a través de todo aquel caos chirriante.

Ella se mantenía firme junto a Crim , escudada y con solo su repetidora de plasma para defenderse.

Pero la mano que aferraba el arma colgaba a su costado, y era la otra la que alzaba como un magistrado pidiendo silencio en un tribunal de justicia.

Vi a los nahute empezar a caer, o quedarse quietos a mitad de sus intentos de destruir los cuerpos de nuestros hombres.

Tres de los xenobitas la vieron también, y si entendieron o no qué era lo que estaba haciendo o si solo vieron a una mujer apartada y mayormente desprotegida no puedo adivinarlo, pero se volvieron, espadas blancas en mano, y cargaron sendero arriba hacia ella.

—¡ Crim ! —grité, mientras me precipitaba hacia ellos tan rápido como mis pies me permitían—. ¡Detrás de ti!

El normando no me oyó, distraído como estaba por la fuerza mayor a sus espaldas. Valka los vio, demasiado tarde. No llevaba armadura, y su escudo Royse no detendría las puntas blancas de aquellas espadas. Valka disparó salvajemente desde la cadera, y falló el tiro.

No sabía que podía moverme tan rápido, ni saltar tan lejos.

Por un momento, volé paralelo al suelo, lanzándome en picado de modo que crucé la trayectoria del primer cielcin con los brazos extendidos, con mi espada como la pluma solitaria de una única ala extendida.

Rebanó limpiamente el cuerpo del guerrero scahari, y me estrellé contra el suelo un momento después; golpeé primero con el hombro y el dolor floreció en mí.

Sin un instante para detenerme, recuperé el equilibrio y me planté con las piernas separadas entre Valka y los otros dos.