Capítulo 70 #3
Nobuta soltó un aullido cuando mis uñas se clavaron en su brazo, y Aranata siseó.
—¿Qué estás haciendo?
Solté al cielcin, y este se apartó de mí, encogiéndose de tal manera que yo era casi más alto que él.
— Marlowe , si eres tú —dijo Smythe , y tuve la certeza de que no me había oído correctamente. Vi a Sir William inclinarse para susurrarle algo, y sus palabras se volvieron más insistentes—. ¡ Marlowe ! ¡No te rindas! ¡Escucha!
Uno de sus guardias pateó la camilla en la que yacía de tal forma que ella cayó en los brazos de Sir William . El anciano primer oficial se movió para devolverla a su sitio, susurrando suavemente.
Miré a los demás, pero los rostros de los soldados estaban todos ocultos por sus máscaras de yelmo, y Valka solo negó con la cabeza.
Deseoso de recordarme su presencia, el Príncipe Aranata Otiolo alzó la voz.
—¡Devuélveme a Nobuta y tus amos vivirán!
Mis ojos recorrieron de arriba abajo la fila de prisioneros desplegada ante mí.
—¿Esos son todos? —pregunté. Una mera docena, tal vez dos…
de los más de cien que habíamos perdido en la larga persecución desde el Jardín de Kharn hasta la Schiavona.
Al menos Bassander no estaba entre ellos.
Me arriesgué a echar un vistazo a mi terminal, sabiendo que de todos los cielcin tal vez solo Tanaran entendería el gesto o el propósito del dispositivo.
Había pasado algo menos de media hora estándar desde que Bassander y Jinan se habían ido a través del umbilical de servicio.
Seguramente ya habrían llegado a la Mistral, seguramente la capitana Corvo estaría reuniendo a sus tropas y preparándose para regresar con lo poco que quedaba de la Compañía Roja.
No necesito negociar, me dije. Solo necesito ganar tiempo. ¿Pero cuánto tiempo?
—¿Esperabas que nos sobrevivieran más? —se jactó el príncipe, y se golpeó el pecho—. Vuestra especie construye con ingenio, yukajji-do, pero sois pequeños y os rompéis fácilmente.
Hice a un lado aquella burla, recordando la facilidad con la que había matado a Oalicomn.
—Si quieres a tu hijo, retirarás a tus hombres a tu nave y dejarás solo los suficientes para vigilar a tus prisioneros. Puedo bajar y reunirme contigo.
—¿Y dejarme indefenso con tu ejército cerca? ¡Jamás! —ladró el príncipe.
—Debemos tener garantías de que la violencia ha terminado —dije—. Si regreso al Jardín, ¿qué promesa de salvoconducto podrías darnos a mí y a mi gente?
El Príncipe de los Itani Otiolo mostró sus colmillos como esquirlas de hielo.
—No es mi gente la que rompió su palabra, lord Marlowe . Eres tú, tu especie, vosotros sois los desleales.
«Maldito sea Bassander a la Oscuridad Exterior», pensé, mirando a mi alrededor.
Me había arrebatado cualquier esperanza de mantener la superioridad moral con su pequeño acto de piedad marcial.
Pero, por supuesto, solo actuaba bajo las órdenes de Hauptmann .
¿Bajo las órdenes de Hauptmann ? ¿Cuántos comandantes en cuántas eras habían alegado esa misma excusa?
¿Cuántos actos criminales y actos de estupidez criminal habían sido encubiertos por ese brillo de mera obediencia muscular?
Las palabras de sir Olorin volvieron a mí desde el pasado más remoto: «En Jadd decimos que un hombre debe ser espadachín o poeta».
Miré a los soldados, pensé en Bassander , en Jinan , en Corvo y en mis amigos: Pallino , Siran, Elara.
En Ghen , que estaba muerto, y en Switch , a quien no podía perdonar. Mis compañeros.
Espadachines todos.
¿Cuántos de estos otros habrían hecho precisamente lo que hizo Bassander si se les hubiera ordenado?
¿Cuántos habrían matado a Kharn Sagara y lisiado a la Demiurgo justo cuando el estratega emergía de la deformación e incendiaba la flota cielcin?
Incluso Valka , que se había convertido en una especie de poeta en esta segunda vida suya…
incluso ella había disparado contra los terroristas prachar cuando era capitana de una nave, defendiendo su Edda natal.
Una espadachina, a pesar de toda su fanfarronería.
Ellos habían ordenado y ella había obedecido.
—Yo no soy Bassander Lin —repuse, tanto para mí como para el aeta, por todo el bien que pudiera hacer—. Pero no expondré mi nave ni a mi gente a un ataque por el bien de unos pocos prisioneros.
El aeta gruñó.
—¿Ni siquiera por vuestros amos?
En lugar de discutir y decir que Smythe no era mi ama, simplemente me encogí de hombros.
—Mnado ni ti-tajarin’ta wo! —Ni siquiera por ellos.
El príncipe me gruñó a través del holograma y arrebató algo de su cinturón.
Altamateria azul como luz estelar brilló allí, ondulando en el puño alienígena de la bestia.
Una espada. La espada de Smythe , comprendí, reconociendo el pomo de latón, tan parecido a la empuñadura de su bastón.
La hoja parecía casi cómica en la mano del cielcin.
En proporción, demasiado corta para ser una verdadera espada y demasiado estrecha.
No importaba.
El príncipe Aranata se giró y bajó la espada con fuerza, más fuerza de la necesaria, sobre el hombro del legionario más cercano.
El hombre ni siquiera tuvo tiempo de gritar.
La materia exótica hendió la placa segmentada de su hombro; atravesó su hombro, su esternón, y salió por el otro lado.
Su torso cayó de lado, desplomándose en dos pedazos sobre la cubierta a los pies de Aranata.
Sangre por todas partes; el color rojo, mucho peor que el negro de los cielcin.
Casi podía olerla, incluso a través de la cabina de holografía.
Detrás de mí, Valka maldijo y Nobuta se estremeció donde lo sostenía cerca.
Con los colmillos reluciendo, Aranata Otiolo se volvió hacia mí, con los ojos entrecerrados en lunas crecientes.
—¡Yukajji! ¡Belnna uvattaya ba-kousun ti-koarin! —Devuélveme a mi hijo.
Cerré los ojos por el espacio de un latido.
Dos. Lo suficiente para recomponerme, para reunir mi determinación.
«El miedo es la muerte de la razón», me dije, con palabras teñidas del timbre curtido de Gibson .
«La ira es ceguera». En el espacio de mi silencio, Aranata había agarrado a otro soldado, un triaster, todavía con el casco puesto y el equipo completo; lo sostenía por la cresta de su yelmo como si fuera un asa.
El hombre forcejeó, pero a pesar de todos sus músculos potenciados galvánicamente no pudo liberar la mano del xenobita.
—Devuélveme a mi hijo —repitió Aranata, y levantó al soldado del suelo por el casco tan fácilmente como una niña pequeña levantaría a su muñeca por el pelo—. O mataré a cada uno de los tuyos que me quedan.
Mis ojos se cerraron una vez más, y sentí que otra voz, más fría, hablaba a través de la mía.
—Hazlo —dijo… dije—, y te encontrarás sin nada con lo que negociar.
—Me di cuenta entonces de que todos los soldados detrás de mí se habían quedado inmóviles como piedras.
Incluso Valka parecía no respirar—. Así que ahórrate la molestia.
Ordena a tus soldados que regresen a tu nave y haremos el intercambio.
Nuestros cautivos por los tuyos. Pero si tan siquiera…
La espada de Smythe se movió en un arco plano a través del cuerpo del hombre suspendido, cortándolo por la mitad justo por encima de la cintura.
El príncipe continuó sosteniéndolo un momento, el tiempo justo para que sus entrañas se derramaran con un sonido húmedo por debajo de su tabardo y salpicaran el suelo junto a sus piernas caídas.
Apreté los dientes, con una mano estrujando el brazo de Nobuta con tanta fuerza que la criatura chilló.
Aranata, con los colmillos descubiertos en la sonrisa más viciosa del xenobita, arrojó el torso por encima de su hombro con la misma facilidad que si fuera un hueso de cereza, haciendo que los otros prisioneros se estremecieran y retrocedieran.
Tres de sus subordinados se apresuraron hacia adelante, haciendo ademán de agacharse junto al hombre muerto.
—¡Veih! —ladró Aranata, girándose hacia ellos—. ¡No! —Gruñó, evocando algún recuerdo que yo casi había olvidado. ¿Qué era?
La forma en que un perro hambriento gruñía a su manada, defendiendo su derecho a la comida.
Reprimí un escalofrío.
—¡Detén esto! —grité—. ¡Detén esto ahora!
—¡Belnna uvattaya ba-kousun ti-koarin! —aulló Aranata, repitiendo su estribillo y, mientras se giraba una vez más para encarar mi imagen proyectada fuera de la nave, vi su mandíbula desencajarse hacia delante, con los dientes angulados hacia el exterior, sobresaliendo más allá de los labios de Aranata como los colmillos de algún terrible monstruo marino.
A mi pesar retrocedí, dando medio paso atrás y arrastrando a Nobuta conmigo.
No sabía que los cielcin podían hacer eso.
—Creo que no lo entiendes —dije, y una vez más hablé con esa voz fría e insensible—.
Puede que tú tengas a nuestros soldados, incluso a nuestra comandante, pero yo tengo a tu hijo.
—Enfaticé la palabra uvattaya. Hijo—. Haz tus amenazas, aeta.
Mata. Eso no cambiará nada. Te he dado mis condiciones. Retira. A. Tus. Hombres.
El aeta rechinó sus colmillos protuberantes y se volvió, lanzando la mano hacia otro soldado.
—¡Alto ahí! —exclamó sir William Crossflane, poniéndose de pie a duras penas—.
¡Alto, digo! —Agitó los brazos, tratando de atraer la atención del jefe cielcin hacia sí mismo.
Había tardado en levantarse, en desplegarse desde donde había estado arrodillado junto al lecho de Smythe .
Por un momento, la dama tribuno alzó el rostro y vi las quemaduras sangrientas allí, el cabello chamuscado y el único ojo blanco y sin visión.
Me estremecí. De no ser por otros diez metros más o menos, ese podría haber sido yo.
Crossflane parecía tan insignificante ante el príncipe, a pesar de su condición noble. Aranata Otiolo era casi una vez y media más alto que el anciano, quien sin embargo se tambaleó hacia adelante, diciendo: