El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 70
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Capítulo 70

HACER DE ORADOR

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó uno de los soldados con el yelmo y el visor calados, como si no se dirigiera a nadie—. No podemos quedarnos aquí sentados mientras intentan abrirse paso a bordo a base de explosiones.

Un murmullo de voces se alzó para recibir aquella pregunta, como si se situaran detrás de ella, amparados por ese sentimiento y a la vez sustentándolo. Bassander no la había respondido, como si pretendiera que soportásemos el asedio sin respuesta, sin acción.

Y Bassander se había ido.

Un grito ahogado subió a través de la rampa sellada, y la nave se sacudió de nuevo.

Por la lejanía de los gritos, imaginé a los cielcin manteniéndose a distancia, temerosos todos de acercarse demasiado a la nave, quizá por miedo a que abriéramos fuego sobre ellos, o porque pensaban que nosotros —como Ulises y sus valientes aqueos— podríamos salir en tromba a sangre y fuego.

En la inquieta calma de aquel momento, sacudida por los truenos, mis ojos se dirigieron a los cautivos.

Ren y Suzuha yacían ahora inertes, pues aún no habían sido escoltados a la enfermería como Bassander había ordenado.

Podrían haber estado dormidos, de no ser por la torpe manera en que sus extremidades yacían enredadas y por el aleteo de sus párpados.

Me agaché junto a Tor Varro, allí donde él estaba arrodillado al lado de los niños.

—¿Algún cambio?

Él negó con la cabeza.

—Ambos están vivos, pero no sé qué les han hecho. Por lo que sé, podrían estar en muerte cerebral. No hay forma de saber cómo funcionan sus implantes.

En ese momento giró suavemente la cabeza de Suzuha hacia un lado, revelando una tapa de metal brillante —de forma más o menos triangular, con las esquinas redondeadas y lisas— incrustada en el espolón de hueso tras su oreja. Una luz indicadora azul parpadeaba allí, centelleando muy rápido.

—Tal vez lo que sea que les han hecho no esté completo.

—Ojalá hubiéramos podido traer al gólem —dije—. Él sabría qué hacer.

—Sería sorprendente —intervino Valka , apareciendo a mi lado— si hubiera algo que necesitáramos hacer por ellos en absoluto.

Me puso una mano en el hombro y su sombra cayó sobre los cuerpos postrados de los niños. Tomé su mano por reflejo. Sus dedos estaban muy fríos entre los míos.

—¿Viste la forma en que Sagara los mantenía cerca? ¿Como un seguro?

La misma luz azul parpadeaba tras la oreja de Ren.

—¿Por qué tarda tanto?

—Kinesis sináptica remota —indicó Valka .

El escoliasta la miró con un ojo entrecerrado.

—Disparates.

Valka se limitó a encogerse de hombros.

—¿Tiene usted una teoría mejor, consejero?

—¿Transferir la mente de forma remota? —Se llevó una mano a la boca—. ¿Por radio? ¿Haz concentrado?

Valka liberó su mano de la mía e hincó una rodilla a mi lado para ver mejor el nodo del implante tras la oreja de Suzuha.

—Telégrafo cuántico. La radio tendría un alcance efectivo.

—¿Por qué no están despiertos? —pregunté, una pregunta asombrosamente analfabeta.

Los dedos de la doctora trazaron los contornos de los implantes de la chica, con los labios entreabiertos. Cuando habló, fue de manera superficial, como si apenas me hubiera oído.

—No sé cómo es la arquitectura de estos implantes, pero estoy segura de que la mente necesita tiempo para instalarse en el nuevo hardware.

Para compilar. ¿Mi suposición? Sagara transfiere su conciencia desde su viejo cuerpo a los implantes del nuevo, se ejecuta desde el núcleo maquinal y crece hacia el nuevo tejido cerebral.

Podría haber incluso diferencias de personalidad que emerjan como consecuencia de los nuevos cuerpos.

—Se mordió el labio, con los ojos iluminados por un deleite impío—. Fascinante.

—¿Diferencias? —pregunté.

—Bueno, toma este caso —dijo, hablando de Suzuha como si fuera una muestra en un portaobjetos—. Sexo diferente. Cultivo hormonal diferente. Eso cambiaría el pensamiento de Sagara; apuesto a que lo hace a propósito, me refiero a cultivar cuerpos diferentes. Por la novedad.

No pude evitar recordar el mercado de carne en la Estación March , la forma en que los recuerdos y la personalidad se vendían como clavos y cebollas: cuerpos reesculpidos, sexo e inteligencia alterables a precios bajos y competitivos.

Toda esa libertad, todo ese caos. ¿Cómo podría alguien no ahogarse?

Lo único que Teseo no podía reemplazar era al propio Teseo.

Bueno, Kharn Sagara no era Teseo, y había hecho incluso eso.

Lo que fuera que despertase en Ren y Suzuha se llamaría a sí mismo Kharn Sagara, pero no sería el rey silencioso a quien Bassander había asesinado, de la misma forma que yo no soy mis hijos.

Más bien, una criatura diferente se alejaría de esto, portando su nombre, sus recuerdos, tal vez el núcleo y la esencia de su personalidad, pero crecerían de manera diferente, y cuando a su vez fueran viejos y estuvieran plagados de máquinas, sentados en sus tronos al final de sus vidas…

habrían divergido aún más de lo que eran, perdidos en las corrientes de su propia humanidad abotagada.

Valka seguía hablando.

—Debe de haber tenido una copia de seguridad implantada en algún lugar de su cuerpo, un transmisor paralelo que reflejara su cerebro en tiempo real… El disparo de Bassander habría frito cualquier cosa en su cabeza…

—¿Pero por qué dos? —preguntó Varro—. ¿Por qué ambos?

—¿Para duplicar sus posibilidades de salir vivo? —sugerí—. ¿O tal vez algo salió mal cuando Bassander aturdió al chico?

El escoliasta abrió la boca para responder, pero en ese preciso momento nuestro tercer prisionero comenzó a moverse, como impulsado por algún corego invisible desde fuera del escenario.

—¿Eka…? —preguntó Nobuta—. ¿Eka ti-perem gi ne?

—Estás en nuestra nave —contesté, doblando las piernas bajo mi cuerpo para poder sentarme adecuadamente y parecer lo menos amenazador posible. Cambiando de nuevo al galstani, le dije a Varro—: Deberíamos llevar ya a estos dos a la enfermería.

El escoliasta estuvo de acuerdo y comenzó a llamar a un técnico médico.

Nobuta intentaba formar palabras.

—Aba… Abassa…

—Rakayu abassa ba-okarin ti-saem gi —formulé, inclinándome.

Tu padre no está aquí . ¿O era madre? Ya no lo sabía.

Alguien había atado al niño cielcin de pies y manos.

Aquello me molestó, pero comprendí la sabiduría de la medida.

Por joven que fuera, el juvenil cielcin era más grande que cualquiera de nosotros.

Me froté los ojos con la base de la mano.

A nuestro alrededor, la teniente Cartier y Tor Varro trabajaban para sacar a Ren y Suzuha, y aquellos soldados que no se habían ido con Bassander Lin deambulaban, apáticos, escuchando el sonido de los truenos a través del casco de la nave.

—¿Qué vais a hacer conmigo? —preguntó Nobuta.

Una sonrisa reconfortante intentó acudir a mi rostro y fracasó. Estaba seguro de que solo parecía adolorido. No tenía una respuesta, solo fantasmas vagos y a medio formar. Otra explosión sacudió la nave y, como desde una gran distancia, oí a la teniente decir en su terminal:

—Comandante, deberíamos bajar aquí a las centurias tercera y cuarta. No me gusta cómo suena lo que sea que están haciendo ahí fuera.

Cuando terminó de hablar, me puse en pie a duras penas, dejando a Valka y a Nobuta en el suelo, y me apresuré a seguirla.

—Teniente, ¿siguen funcionando las comunicaciones internas?

—Las comunicaciones siguen operativas, y punto, milord. El problema es que no podemos hacer pasar una señal a través de lo que sea que esté hecha esta nave gigante.

—Entonces, ¿tenemos alguna forma de comunicarnos con el exterior?

—Bueno. No. —Cartier parpadeó, la expresión de una plebeya tratando de encontrar una forma diplomática de decirle a un palatino que pensaba que era estúpido—. Como digo, milord, no podemos comunicarnos con la Mistral ni con la flota.

Sonriendo con una sonrisa de navaja, pues sabía exactamente los pensamientos burlones que pasaban por su cabeza, dije:

—La oigo. Quiero decir, ¿podemos comunicarnos afuera? —Hice un gesto con las manos como si sostuviera una caja pequeña entre ellas—. ¿Con los Pálidos?

—¡Oh! —La teniente se iluminó—. Está el sistema de megafonía.

La cabina de proyección era lo bastante grande para mí, Valka y los dos legionarios que sostenían a Nobuta entre ellos.

Lo recuerdo todo. Cada detalle. Las paredes redondas acolchadas con espuma negra, los brillantes instrumentos de grabación que relucían en el techo, el equipo de proyección en la pared que esbozaba su propia imagen del exterior en un arco ante nosotros.

El olor del aire, cargado y viciado. El silencio opresivo.

La forma en que todo sonido producido desaparecía al instante, desvaneciéndose para siempre del mundo.

Y la oscuridad, la oscuridad por encima de todo.

Tan oscura que nuestro cautivo cielcin pudo dejar de entornar los ojos.

Tan oscura que, cuando apareció la imagen holográfica del exterior, pareció tan sólida como cualquier cosa material, como si el hangar exterior de la Schiavona hubiera sido traído al interior.

La ilusión, recuerdo, era casi total, tanto que mi mente me engañó y trajo consigo el calor de las llamas y el olor a hombres quemándose.

Que mi mente no necesitara ayuda para conjurar ese olor me asquea hasta el día de hoy.

—Raka Aeta Aranata ti-perem gi ne? —exigí, dando un paso en solitario hacia el círculo pintado que marcaba el área objetivo para el captor holográfico.

Todos los cielcin dieron un salto, y reprimí un estremecimiento de emoción ante su sorpresa, sabiendo que debía de haber aparecido de la nada como un rayo, con las palabras rebotando como truenos en la resonante vastedad del hangar exterior. ¿Dónde está el Príncipe Aranata?