Capítulo 69
DIVIDE Y VENCERÁS
— Smythe ha muerto —dije ante la pregunta no formulada de Bassander cuando la rampa de la Schiavona se hubo cerrado—. Crossflane también, y aquel centurión.
—¿A cuántos hemos salvado? —preguntó Valka , mirando alrededor hacia el remanente destrozado de la fuerza de escolta que había marchado hacia el Jardín y nuestra reunión hacía apenas unas horas.
Tor Varro barrió el grupo con la mirada, subitizando, asimilando a cada uno con la facilidad con la que tú o yo contaríamos un puñado de monedas caídas.
—Setenta y tres, sin contar a estos. —Señaló a Ren, Suzuha y Nobuta, que yacían en el suelo negro a sus pies—. Alguien tiene que llevarlos a la zona médica. No sé qué les pasa.
Logré ponerme en pie, apoyándome pesadamente en Valka , agradecido por su soporte.
—No les pasa nada. —Todos me miraron—. Empezaron así en el minuto en que mató a Kharn Sagara. —Dirigí mis palabras a Bassander Lin, que estaba sentado acunándose la cabeza sobre una caja de suministros contra una pared—. Apostaría a que esto es exactamente lo que se supone que debía suceder.
Valka , que era la única de entre todos los reunidos que sabía tanto sobre Vorgossos como yo, palideció.
—No querrás decir…
—Kharn ha sobrevivido tanto tiempo poseyendo los cuerpos de sus hijos.
—Seguramente eso requeriría algún procedimiento —apuntó Tor Varro.
—No necesariamente —intervino Valka —. Podría hacerse de forma remota. No tengo ni idea de qué tipo de implantes podrían tener Sagara o los niños.
—Y tú lo sabrías, bruja —dijo Bassander , fulminándola con la mirada.
Empujando a Varro y a Jinan para pasar, apunté con un dedo a la cara del capitán.
—¡Basta, Lin! ¡Nada de esto estaría pasando si no hubieras interferido!
—Me costó horrores no agarrarlo por las solapas, por la garganta, para estrangularlo con mis propias manos—.
¡Estamos aquí por tu culpa! ¡Todos esos hombres están muertos por tu culpa!
¡ Smythe está muerta por tu culpa! —Estaba gritando al final, inclinado de tal modo que apenas estaba a un metro de su cara donde él permanecía sentado recuperándose.
El capitán mandari no reaccionó a mi provocación.
No se levantó en absoluto. En ese preciso momento, cinco soldados vestidos con el uniforme más oscuro que el negro de los oficiales de la Legión irrumpieron en el vestíbulo seguidos por tal vez tres decurias de seguridad de la nave.
Los ojos muertos de Bassander se deslizaron de lado para observar a los recién llegados.
—Teniente Cartier, ¿podemos partir?
La teniente Cartier, una mujer alta y pálida con cabello dorado cortado en un flequillo preciso sobre su frente baja —muy parecida a la teniente Greenlaw —, respondió de inmediato.
—No, señor, no hay anulación de emergencia en las puertas del hangar y tampoco podemos desconectarnos del umbilical de servicio.
Su sistema está muerto. —Solo entonces se dio cuenta la teniente de los terribles hechos de nuestra situación—.
¿Dónde está la Dama Tribuno? —Nadie habló.
Fuera, se escuchaban los sonidos de forcejeo mientras los cielcin hacían solo la Tierra sabía qué al casco—. ¿Y sir William ?
El capitán negó con la cabeza.
—¿Muerto? —A la teniente Cartier se le quebró la voz.
—Junto con el centurión principal y los de segunda fila y unos ochenta hombres —informó Bassander . Hay que reconocerle que estaba tan firme como un mecanismo de relojería nuevo—. ¿Cuánto aguantarán los escudos?
—Nos quedaremos sin combustible antes —dijo Cartier—, a menos que hayan traído algo más pesado que armas ligeras. Estamos bastante seguros. El casco tiene casi cuatro centímetros de adamante macizo. Necesitarían artillería pesada.
—Encontrarán una forma de entrar —dijo Jinan —. Siempre lo hacen.
La nave se sacudió, un trueno sordo que llegaba desde abajo. Podía oír el sonido de gritos ahogados provenientes del exterior. Voces ásperas, afiladas como ventanas rotas. Un espacio vacío rodeaba a Bassander Lin, como si el silencio dentro de su pecho se filtrara hacia fuera.
—¿Nos quedan trescientos a bordo de la nave? —preguntó.
—Más la tripulación de la nave —contestó Cartier.
Jinan dio un paso al frente, con aspecto algo maltrecho. Tenía sangre en la mejilla, pero no sabría decir si era suya o de algún compañero. Estaba seguro de que yo tenía un aspecto igual de malo, pero intenté no pensar en ello mientras ella decía:
—Sería un suicidio cargar rampa abajo otra vez. Nos meteríamos directos en su línea de fuego. Incluso con escudos seríamos abatidos.
—¿Qué hay de las armas de la nave?
Cartier negó con la cabeza.
—Nada que podamos usar sin arriesgar la nave.
—¡La Mistral! —exclamé—. ¿Podemos hacer llegar un mensaje a la Mistral? ¡La Compañía Roja! La capitana Corvo tiene trescientos soldados, y no están lejos. ¡Con los cielcin centrados en nosotros podríamos pillarlos desprevenidos!
La teniente solo pudo negar con la cabeza de nuevo.
—No, no podemos. Nuestras comunicaciones internas siguen funcionando, pero no podemos enviar un mensaje fuera.
Intentamos contactar con la Obdurate en el momento en que se apagaron las luces, pero…
—La nave se sacudió de nuevo. Tuve una imagen repentina y vívida de los cielcin merodeando por debajo de nosotros, arrojando sus pequeños explosivos mientras algunos de ellos iban en busca de equipos de corte.
Me di cuenta entonces de lo poco que sabía de la guerra, lo poco que sabía del enemigo.
Sus tácticas, sus capacidades. ¿Podían abrirse paso cortando hacia el interior?
A pesar de todo lo que se decía del casco de adamante de nuestra nave, incluso el adamante puede romperse con suficiente fuerza.
No lo sabía, y conocí de nuevo la sensación de estar nadando sobre aguas profundas, ignorante de su profundidad y seguro de que en cualquier momento algún terrible leviatán emergería de los abismos para tragarme entero.
Valka se volvió hacia la teniente Cartier.
—¿Ha dicho que el umbilical de servicio seguía conectado?
—Recordé la escotilla abierta en el nivel más alto de la Schiavona, la escalera que subía hacia la sombra.
Yo no había subido por allí, pero sabía que ascendía a las pasarelas de mantenimiento que recorrían la parte superior de la Schiavona.
Podríamos escapar por ahí, de vuelta a los interminables corredores fractales de la Demiurgo con sus giros locos y direcciones imposibles.
Al cabo de un rato, la teniente asintió, y Valka miró a su alrededor hacia mí—.
Deberíamos ir los dos. Alguien tiene que hacerlo.
Abrí la boca para hablar, sorprendido pero no molesto porque me ofreciera voluntario de tal modo.
Estaba a punto de ofrecerme yo mismo, y le sonreí, incluso en aquel momento tenso y terrible.
Había sabido que había acero en ella, sabía también que había servido un tiempo en la Guardia Orbital de su mundo natal.
Había tenido sus penas, pero no la habían doblegado.
Ella me devolvió la sonrisa, y la amé entonces y dije:
—Un par de nosotros podríamos pasar desapercibidos. Si conseguimos traer a la Compañía Roja, superaremos en número a los Pálidos.
—Podemos atraparlos entre nosotros —apuntó Tor Varro, viendo lo que pretendía—, tomarlos desprevenidos.
—¡Precisamente! —dije—. Ya han salido de la fuga y están listos.
Smythe … —Mis palabras tropezaron con el nombre, y oí el espantoso estruendo de la explosión que la había derribado, que me había arrojado en vilo a través del vestíbulo.
El hedor a sangre y lana quemada llenó mi nariz de nuevo, y me estremecí, apartando el recuerdo.
Smythe había planeado esto, me di cuenta.
Exactamente para esto, para atrapar a los cielcin entre los hombres de la Schiavona y los de la Mistral .
Por eso había ordenado la retirada del Jardín en el instante en que la flota de Hauptmann se enfrentó al enemigo.
Por eso me había recalcado que Corvo debía mantener a sus mercenarios listos.
¿Sabía ella que el Imperio iba a hacer su jugada?
¿Fue por eso por lo que vendió tantos miles de siervos humanos a Kharn Sagara?
¿Como cebo? ¿Lo habían tramado todo entre ella y Hauptmann ?
¿Un complot para atrapar y matar a un príncipe de los cielcin?
No lo sabía.
— Smythe ordenó a la Compañía Roja que saliera de la fuga y estuviera lista —dije por fin, forzando las palabras, con los ojos apretados.
—No.
Aquella palabra solitaria cayó como la Espada Blanca, y el silencio con ella.
Con los ojos apretados, supe quién lo había dicho, y sin abrirlos me giré para encarar a Bassander Lin.
Los puños apretados, también, se habrían cerrado sobre su cuello —su cuello traidor y patriótico— de no ser por la advertencia en mi corazón y el conocimiento de que docenas de soldados me habrían arrancado de encima de él y me habrían dado una paliza por la molestia.
Como espada contra espada, le respondí palabra por palabra.
—¿Por qué? —Solo entonces abrí los ojos, seguro de que encontraría los suyos sobre mí, y la línea de fuego trazada entre nosotros.
Me equivocaba.
Bassander Lin estaba de pie, con la mirada baja y los hombros encorvados.
Las tuberías de latón y las paredes negras y el techo de la bodega parecían retirarse de él tan rápido como las estrellas sufren el desplazamiento al rojo tras una nave en curvatura, de modo que parecía una figura solitaria tallada en una colina de su propia creación.
Un monumento solitario. ¿Qué debía de haber sentido, entonces?
¿Él, que había causado la muerte de su señora?
¿De sus hombres? ¿De la paz misma? Parpadeando, una chispa solitaria de piedad prendió en mí por el capitán mandari.
Prendió contra mi voluntad y mi mejor juicio.
Al poco habló, tras tomar una larga y estertórea bocanada de aire.
—Con Smythe muerta y… Crossflane, soy el oficial de mayor rango a bordo de esta nave. Yo estoy al mando aquí, lord Marlowe .
La llama murió, y la piedad con ella. Abrí la boca para hablar, pero las palabras no salieron ante el repentino entumecimiento en mi pecho, esa pausa en el sentimiento que es la retirada de la marea antes de la ola de furia.
En esa pausa, habló Bassander .
—Así que iré yo.
La ola murió también.
—¿Qué?
—Es mi responsabilidad —dijo—. Teniente Cartier, informe al comandante Sciarra de que retendrá el control de la Schiavona.
Llevaré a una docena de hombres por el umbilical de servicio y me dirigiré a la Mistral .
Dígale que debe resistir aquí hasta que yo regrese.
—No bien hubo dicho esto, comenzó a quitarse el abrigo.
Di un paso adelante, extendiendo una mano para tomar a Bassander por el hombro.
—Ahora eres el oficial de mayor rango, Lin. No puedes ir…
—Soy el oficial de mayor rango, Marlowe —la voz de Lin restalló como la cuerda rota de un arpa—, así que cierra la boca.
—Habló con tanta fuerza que me quedé aturdido.
No mucho, solo lo suficiente para permitir a Bassander saltar sobre las cajas de suministros apiladas de modo que quedó de pie por encima de las cabezas de los ochenta hombres y mujeres, más o menos, que había en la bodega.
Alzó las manos pidiendo silencio, sin notar o sin importarle que, salvo por el ruido de los cielcin fuera, el silencio ya había llegado—.
¡Estamos inmovilizados aquí! —dijo, plantando una bota en la siguiente caja hacia arriba—.
Voy a ir a la Mistral a por refuerzos. Necesito voluntarios.
—El silencio permaneció intacto. Bassander señaló la rampa—.
Hay cuatrocientos cielcin al otro lado de esa puerta y van a entrar.
—Sus ojos recorrieron la multitud, pero a pesar de toda la fuerza en su voz, la luz de las lámparas del techo podría haber caído sobre esferas de cristal por todo el bien que le hizo a Bassander .
Los suyos parecían los ojos de un pez muerto examinándonos—.
Hay trescientos mercenarios normandos encerrados en esa nave por órdenes de Smythe .
Pretendo traerlos de vuelta aquí y pillar a los cielcin desprevenidos.
Es un trabajo sangriento y peligroso con esas bestias ahí fuera, y no quiero que vaya nadie que no tenga estómago para ello.
Para mi alivio, Valka no dio un paso al frente para ofrecerse.
—¡Lo haremos nosotros! —dijo un triáster con el casco quitado; su cara de luna brillaba bajo la luz cruda.
Palmeó a sus compañeros en los hombros—.
¿Verdad, muchachos? —Sus subordinados aún llevaban los trajes puestos, y lo que pudieran haber sentido solo podía adivinarlo.
Lentamente, dolorosamente despacio, otros cuatro se movieron para unirse al capitán Lin, parándose a su sombra donde él permanecía sobre las cajas.
Fue tal vez el discurso menos inspirador que jamás había presenciado, y por eso apenas me sorprendió que no atrajera un torrente de partidarios, pero al final una decuria y más se situó junto al capitán Lin, apoyándose en lanzas o ajustando los sellos de los trajes bajo sus tabardos rojos.
Aparentemente satisfecho, Bassander saltó abajo.
—¡Yo iré también! —dijo Jinan , dando un paso al frente, con las sedas a rayas azules y naranjas ondeando sobre la armadura de cromo.
Lin se giró a medias.
—Muy bien. Seguidme todos. Greenlaw , mi equipo. —Hizo una pausa, como esperando una respuesta. Un seco «Sí, señor» y un saludo.
No llegó.
Sentí el recuerdo, ¿o fue la comprensión?
, deslizarse en la mente de Lin como un veneno.
Fue como si el aire a su alrededor se volviera más oscuro.
La teniente Greenlaw había muerto, perdida en el Jardín.
Él no lo había sabido, o bien lo había enterrado en el caos de la persecución.
Jamás he olvidado la forma en que se quedó quieto.
Su postura no cambió: no se plegó ni se dobló.
Su único movimiento fue cerrar la boca. Pero se derrumbó de todos modos, se derrumbó de una forma que ningún hombre podía ver realmente pero que todos los hombres entienden.
Se derrumbó hacia dentro. Lentamente, asintió para sí mismo.
—Que todo el mundo me siga.
—¡Capitán! —lo llamé, incapaz de contenerme—. ¿Qué debo hacer yo?
No detuvo su rápida salida, sino que agitó una mano.
—Hable con ellos. Es para lo único que sirve.