Capítulo 64
UN PACTO DIABÓLICO
—Repito, príncipe Aranata —dijo la Dama Tribuno Smythe —, todo lo que buscamos aquí es poner fin a los ataques contra nuestra gente y nuestras colonias.
Nada más. —Se sentó en una silla en el centro mismo de nuestra larga mesa, directamente frente al Aeta cielcin, con las manos unidas en forma de torre ante ella mientras se inclinaba hacia delante—.
Conforme a ello, tenemos una proposición.
—Hizo una pausa un momento, permitiendo que la esclava de mirada vacía ladrara su traducción, palabras que sonaban rasgadas en el aire inmaculado.
Un viento falso sopló a través del prado, haciendo que los árboles distantes se mecieran suavemente, prestando una extraña normalidad a la escena; como si cientos de legionarios sollanos y scahari cielcin no estuvieran en posición de firmes a ambos lados de aquella colina poco profunda.
Casi sentí que podíamos haber sido dos ejércitos encontrándose en cualquier campo de la antigüedad.
Como si fueran Ricardo y Saladino allí, o Bonaparte y Wellington, Escipión y Aníbal.
Casi. Si no fuera porque el xenobita frente a nosotros era más Behemot que Bonaparte.
Su corona de cuernos casi rozaba el dosel sobre nuestras cabezas y, cuando se movió, la silla crujió y sus escasos asistentes se acobardaron.
—¡Hablad! —dijo, con los ojos negros totalmente ilegibles.
Descontenta por recibir órdenes de tal modo, Smythe miró con perplejidad a Crossflane un momento antes de aclararse la garganta. Yo sabía lo que estaba a punto de decir, así que me compuse, sentado donde estaba entre Varro y Bassander .
—Deseamos enviar un emisario entre vosotros. Enviar a algunos de los nuestros a vivir entre vosotros. Para aprender de vosotros. Para enseñar.
Escuché a la esclava traducir:
—Qulleti asvatiri o-cotelie ti-okarin. — Deseamos daros un emisario. Dar .
Varro se me adelantó, inclinándose hacia la tribuno para susurrarle al oído. Smythe , asintiendo, puso una mano sobre el brazo del escoliasta.
—El emisario ha de ser vuestro solo por un tiempo.
Un plazo de algunos años. Y luego debe sernos devuelto.
—Hizo una pausa un momento, tratando de escrutar el rostro del cacique xenobita en busca de una reacción, pero se vio obstaculizada en su comprensión por la diferente estructura de los músculos en esa cara alienígena.
No se produjo ninguna expresión discernible, ninguna comprensión obvia, y así Smythe añadió—: Intacto.
—Ondathanyu —terminó de traducir la esclava. Sin tocar . Me estremecí, pues entendía lo suficiente para adivinar las connotaciones de esa palabra.
Aranata miró de reojo a sus consejeros antes de hablar, y por poco me pregunté si podrían comunicarse por algún medio distinto al habla, tan intenso fue aquel intercambio.
—¡Tukanyi anwajjayan vonnari suh! —exclamó por fin.
¡Sois criaturas de lo más extrañas! Emitió un sonido agudo y croante, como el que he oído de ciertas ranas y especies de simios en los jardines de muchos lores palatinos, y me di cuenta de que se estaba riendo de nosotros—.
Nos ofrecéis un regalo y le ponéis condiciones.
¡Nos amenazáis, pero no mordéis! ¿Sois sulan o huratimn?
Varro se volvió hacia mí y preguntó:
—¿Sabéis qué es eso?
Solo pude sacudir la cabeza y fruncir el ceño.
—No estoy seguro. —Al cabo de un momento, recordé—: ¿No dijo Tanaran algo sobre sulan?
El escoliasta calcenterita bajó la mirada, pensando.
—¿Algún tipo de depredador?
—Mmm —convine, y con un destello de perspicacia, dije—: ¿Somos lobos u ovejas?
Tigres y corderos.
Tor Varro entregó esta traducción a Smythe en un susurro. La tribuno se reclinó un poco en su silla, sentándose tan erguida como jamás la había visto, y respondió:
—Somos hombres.
La majestuosidad de ese momento sufrió en la traducción.
—Ekanyi yukajjimn —dijo la niña esclava. Yukajjimn. Alimañas.
El Aeta mostró sus colmillos en una sonrisa malvada y semejante a la de un pez, dientes vítreos brillando en encías negras. Su séquito —incluso el niño, Nobuta— sonrió con él mientras decía:
—Eso sois.
—Cielcin —corregí. Gente .
—¡No, no lo sois! —protestó Nobuta, hablando fuera de turno por primera vez—.
¡No digas eso! —Había casi una petulancia reconocible en su tono, una cosa que llamaba la atención sobre sí misma por su simple familiaridad.
Varro tradujo esto para Smythe , pero yo me quedé preguntándome una vez más sobre la edad de la criatura.
Era muy alta, y fuerte, pero yo no tenía noción del crecimiento y maduración de las criaturas, no estoy seguro de que nadie la tuviera en aquellos días, así que podría haber estado en cualquier punto entre un adulto joven y un niño muy pequeño.
La petulancia no era indicador, pues muy a menudo en los hijos del poder, al menos en los hijos de la Tierra, se encuentra la petulancia de la infancia extendida hacia la madurez por falta de lucha.
Aranata lanzó una mano sobre su hijo, devolviendo a Nobuta con suavidad pero con firmeza a su asiento con un resoplido que ensanchó sus cuatro fosas nasales.
—¡Iukatta, Nobuta-kih! — ¡Basta! Hizo un sonido de zumbido bajo en su pecho, calmando al xenobita más joven antes de volverse hacia nosotros—.
Mi uvattaya tiene razón. No sois cielcin, no sois gente.
—Miré al cielcin más pequeño, con sus ojos grandes y cuernos más pequeños y curvos.
Había algo mal en él, un temblor airado en los labios, una azulidad en la piel alrededor de los ojos.
¿Era eso una señal de juventud, tal vez?
¿O algo más? Me pregunté si el niño estaba enfermo, si podría haber alguna palanca allí para que la usáramos.
Pero aparté esto un momento. Uvattaya, pensé.
No era la palabra cielcin para niño que yo conocía —o creía haber conocido—.
Reconocí las piezas del término. Uvan y vatate, fruto y cuerpo.
Las piezas de un rompecabezas encajaron de repente en mi cabeza, y casi jadeé.
En el idioma cielcin —al menos en aquel de sus idiomas con el que los eruditos humanos han tenido algún contacto— los sustantivos tienen dos modos.
El akaranta, el masculino, y el ietumna, el femenino.
O eso habíamos creído.
De repente pareció que en nuestra prisa por comprender o por imputar familiaridad a lo extraño, habíamos mirado al rostro de ese extraño y solo nos habíamos visto a nosotros mismos.
Habíamos imaginado que eran como nosotros, o tal vez solo podíamos imaginar que así fuera.
En la lengua cielcin, los sustantivos en akaranta —sustantivos masculinos— realizan sus verbos.
Son activos. El ietumna es pasivo, femenino, o eso habíamos asumido.
Pero este Aeta —de quien siempre debe hablarse en el modo akaranta— había llevado un hijo.
Detrás de ese manto de apariencia masculina, detrás del puño de hierro de la competencia, de la autoridad y el mando… estaba lo femenino.
Pero el akaranta y el ietumna no eran nuestro masculino y femenino, incluso si tal vez pueden entenderse como cada uno y una mezcla de nuestros dos; eran más bien cosas situadas en ángulo recto con nuestro entendimiento, pues, aunque Aranata había estado a la cabeza de partidas de guerra y sin duda conquistado enemigos con dientes y garras, había llevado a su hijo dentro de sí mismo y lo había dado a luz; la crianza y el cuidado gentil quedaban a cargo de sus esclavos.
—Un regalo —meditó Aranata, volviendo al tema de la oferta de Smythe —.
Nos daréis a este. —Él (¿ella?) alzó una mano que brillaba con joyas; los tres dedos medios de su pálida mano me señalaban a mí—.
El oscuro que liberó a mi Ichakta de su tormento.
Lo quiero a él. —Sentí que la sangre se me iba del rostro mientras caía el martillo.
Ese, en efecto, había sido nuestro plan, pero que el Aeta me exigiera era algo completamente distinto.
Ninguno de los otros respondió, y el príncipe Aranata continuó—: Tanaran dice que es uno de vuestros lores. Ese sería un regalo digno.
No estaba preguntando.
Incapaz de quitar el filo de mi voz y contento de que nuestras emociones fueran tan ilegibles para el príncipe como las suyas para nosotros, pregunté:
—¿Y usted nos daría a Tanaran?
El Aeta agachó la cabeza y siseó:
—¿Asvato ni o-Tanaran ti-tukanyi nesuh?
—Sí —respondí, volviéndome para mirar al baetan más pequeño—, denos a Tanaran. La criatura ya conoce nuestra lengua, y algo de nuestras costumbres.
Los enormes ojos de Aranata se entrecerraron hasta convertirse en meros puntos.
—No deberías hacer exigencias, yukajji.
—No es una exigencia. Es una oportunidad —repuse, y me puse de pie, apartando la mano de Tor Varro cuando me agarró—.
Uno por el otro, Príncipe. ¿Qué dice usted?
—Vagamente sentí que dos de los ojos flotantes de Kharn se volvían hacia mí, sacados de su órbita clásica sobre nuestras cabezas reunidas.
Le dediqué una mirada al viejo inmortal, que estaba sentado bajo las ramas de su árbol.
Podría haber estado dormitando, y aquellos niños sin esperanza a su lado, tan tranquilos eran su rostro y sus ojos cerrados.
Aranata Otiolo se aclaró la garganta.
—Tanaran acaba de regresar a mí. ¿Me despojaríais de mi preciada posesión tan pronto, habiendo estado separado de ella durante tanto tiempo? No podéis tenerla. —El Aeta puso una mano en la nuca de Tanaran mientras hablaba, un gesto posesivo y horrorosamente tierno.
Cuando se tradujeron las palabras, Crossflane se mofó:
—Esto es inútil.
Smythe puso una mano sobre la mesa frente a su Primer Oficial y amigo más antiguo para hacerlo callar, pero la traductora había oído perfectamente bien, y sus tonos ásperos patinaron en el aire.
—Raka vaayu ti-etan.