El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 61
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Capítulo 61

VALKA DE NUEVO

La esclusa de aire de la Mistral completó su ciclo y se cerró a mi espalda, y yo me dejé caer contra el mamparo, exhausto.

A través del pesado metal podía distinguir el sonido de los pasos de mi escolta alejándose.

«Todavía prisionero», me recordé, y me permití resbalar hasta el suelo.

Tres días de conversaciones, de política con apenas sueño, y todo había ido mal.

No es tarea fácil hacer concesiones a alguien incapaz de comerciar.

Las interacciones humanas se fundamentan en el intercambio.

De otro modo, resulta imposible mantener una relación con el prójimo.

Pero los cielcin evolucionaron de manera diferente.

Eran depredadores supremos, o casi. Los depredadores no corresponden; eso es lo que los hace depredadores.

El príncipe Aranata estaba lo bastante complacido como para aceptar regalos, pero se resistía a la reciprocidad.

No lográbamos hacerle entender que la paz significaba el fin de las incursiones contra nuestras colonias.

«¡Queréis que muramos de hambre!», insistía, como si fuera incapaz de desvincular la idea de comer de la de conquistar.

La tigresa no es malvada, o eso reza el dicho; solo tiene hambre.

Solo está siguiendo su naturaleza. ¿Acaso no ocurría lo mismo con los cielcin?

¿Acaso no era su naturaleza cazar? ¿Acaso no tenían simplemente hambre?

Dicen que solo los hombres son malvados, que solo los hombres matan por principios o por deporte.

Que solo los hombres infligen sufrimiento por el mero hecho de sufrir.

Yo —que soy viejo— no puedo evitar pensar que la criatura que mata y consume por naturaleza es más malvada que aquella que mata por sus principios.

La tigresa no tiene elección, no se puede razonar con ella.

Los cielcin son iguales. Si no existía posibilidad de entendimiento, ¿qué esperanza había para la reconciliación?

Si uno no puede domesticar a la tigresa, si uno no puede hacer que cambie sus rayas, ¿qué queda por hacer sino dispararle?

Al cabo de un largo rato me puse en pie, consciente de la profunda quietud de la nave: fúnebre, salvo por el sonido de los sistemas de ventilación.

Con la nave inmovilizada, sus núcleos de propulsión estaban apagados, y la energía que consumía la tomaba de la Demiurgo, a la cual estaba anclada.

Al recorrer los pasillos, me di cuenta de que nunca la había visto tan vacía, con toda la tripulación, salvo una docena de hombres, encerrada en una gélida fuga.

A Corvo se le habían dado órdenes de detener la decantación de su gente durante unos días; nuestro diálogo con los Pálidos era tenso, pero no tanto.

Poseído por ese archidemonio, el Sueño, salí de la esclusa hacia el pasillo bajo el dosel de banderas de batalla capturadas, cruzando el ancho de la Mistral hacia los dormitorios de estribor. Doblé la esquina, manteniendo una mano sobre la pared acolchada.

La puerta de la galería de estribor estaba abierta y, a través del arco de medio punto, vi una figura solitaria sentada a una mesa; su silueta quedaba enmarcada por los bordes duros de las ventanas, líneas curvas contra cuadradas.

Me detuve allí un momento, ajeno a la sonrisa que se me dibujaba en el rostro.

Valka miró a su alrededor, quizá percibiendo algún cambio en la luz desde donde yo estaba en el umbral. Sus ojos destacaban en la penumbra de la galería, y dejó a un lado el libro que había estado leyendo mientras sonreía.

—¿Qué?

—No es nada —dije, entrando en la habitación—. Solo que he escapado de otra ronda de conversaciones.

—Escapado —repitió Valka la palabra, desplazándose hacia un lado para mirarme desde su lugar en el sofá.

Fue mi turno de decir:

—¿Qué?

La mujer tavrosi pareció paladear las palabras en su boca como si fueran algún bocado extraño:

—Has deseado esto desde que te conozco y, ahora que tienes lo que quieres, eres infeliz. —Sacudió la cabeza—. Es curioso. ¿Qué vamos a hacer contigo?

Pasando de largo junto a ella para situarme ante las ventanas, frente a la Demiurgo exterior, respondí:

—Creo que Smythe y Bassander se están haciendo esa misma pregunta.

—¿Tienes miedo?

—No —dije, y descubrí que era cierto. No tenía miedo, aunque el peso sobre mis hombros nunca había sido mayor—. No por mí, en cualquier caso.

Ella emitió un pequeño sonido de asentimiento, y la oí ponerse de pie detrás de mí.

—¿Algún cambio?

Había estado compartiendo los progresos con ella cada noche al regresar del pabellón de Kharn bajo el árbol, una vez que había pasado otra larga serie de horas en consulta con la dama tribuno y su gente.

—En realidad no —contesté—. Smythe no ha puesto los escudos de rayos sobre la mesa, y juraría que eso es casi lo único que podría penetrar en el duro cráneo de Aranata.

—Golpeé el marco de la ventana con el puño, pero cuando volví a hablar mi voz era tan serena como el agua estancada—. No entiendo cómo piensan, Valka .

Ella se colocó a mi lado entonces, y ambos miramos hacia el fractal gótico de la Demiurgo allí donde se extendía hacia la Oscuridad infinita.

Yo era consciente —agudamente consciente — de lo cerca que estaba de mí.

¿Siempre había estado tan cerca? El aroma a sándalo flotaba en el aire.

No era un perfume —ella no tenía tiempo para tales cosas—, pero tras el horrible hedor en la mazmorra de Kharn, destacaba como una rosa en el desierto.

—Nunca iba a ser fácil —opinó ella, y se cruzó de brazos.

—Lo sé —repuse—. Es como intentar comunicarse con un animal. Puedo hacerme entender, pero nunca estoy realmente seguro de que capten todo el sentido de lo que digo. —Apoyé la frente contra el cristal—. Es como si entendieran una palabra de cada doce, incluso cuando uso sus propias palabras.

Girándose, Valka apoyó un hombro contra la ventana. Casi pude ver su sonrisa, pero cerré los ojos.

—¿Te sorprende? Deberías saber tan bien como yo que nuestros lenguajes están enraizados en nuestros cerebros, los cuales fueron moldeados por el entorno de la Tierra.

Que los cielcin se parezcan a nosotros y hablen es…

una coincidencia. Seguro que lo has notado.

Los únicos puntos donde nos entendemos plenamente son aquellos donde el lenguaje se refiere a cosas materiales. Objetos y acciones.

Torcí la cabeza para mirarla, fijándome en las pequeñas líneas que se formaban en el borde de su sonrisa.

—Cosas más fuertes que nuestras palabras para ellas.

—¿Qué? —El destello de unos dientes blancos. Un arrugarse de los ojos.

—Gravedad. Fuego. Piedra. Ya sabes. —Golpeé la ventana con la mano—. Cosas que existirían si nosotros no lo hiciéramos. No cosas como la esperanza, el amor o el intercambio.

Valka tuvo un leve espasmo, y pude sentir que estaba a punto de intentar anotarse un tanto. Adiviné lo que iba a decir, pero dejé que lo dijera de todos modos.

—Creía que creías en la Verdad —dijo, poniendo especial énfasis en la última palabra para que yo supiera que lo decía al estilo de los sacerdotes y los magos.

—Creo… Creía. —Me volví hacia la ventana, retrocediendo un paso—.

Por supuesto que creo. Pero no estoy seguro de que no sea la verdad humana la que da significado a palabras como esperanza y amor.

Los escoliastas dicen que vivir de acuerdo con la Verdad significa vivir de acuerdo con nuestra naturaleza.

Tú y yo podemos discutir sobre cuál es esa naturaleza, pero creo que ambos podemos estar de acuerdo en que, sea cual sea la verdad, los cielcin tienen una naturaleza completamente diferente. —Me reí—. Quizá sean demonios.

Aún en busca de ese tanto que quería anotarse, Valka dijo:

—¿Entonces hay dos verdades? ¿La nuestra y la de ellos? ¿Porque hay dos naturalezas en juego?

Pensé en lo que Varro me había dicho sobre ceñirme a la historia oficial, usar la verdad del Imperio, que era en sí misma una mentira. Repitiéndome, respondí:

—No. —Y di otro paso atrás, alejándome de ella y de la ventana—. Solo hay una Verdad: que nuestra naturaleza y la suya no se alinean.

—¿Y tú… qué? — Valka dio la espalda a la nave negra tras la ventana.

Las estatuas de hierro de mirada fija que alineaban sus murallas observaban por encima de su hombro con ojos huecos y picados. Me estremecí y cerré los ojos.

—¿Si no logro que nos entiendan? —Sentí que me tambaleaba donde estaba, y me estabilicé como quien se pone en pie en una canoa—.

Entonces todo esto habrá sido para nada, y volveremos a como eran las cosas antes.

—Di otro paso atrás y me encontré apoyado contra el brazo del sofá—.

¿Estamos…? —Hice un gesto hacia el aire que nos rodeaba, indicando cualquier cámara que pudiera estar escuchando.

Valka arqueó una ceja, y la puerta de la galería se cerró con un deslizamiento metálico; los cierres chasquearon en su sitio.

—Ahora sí —dijo, y frunció el ceño—. ¿Qué te pasa? Estás más pálido de lo habitual.

De pronto cohibido, me subí el abrigo alrededor del cuerpo, como si pudiera desvanecerme bajo el asalto de aquellos ojos, como si fueran los ojos de una Legión entera o de alguna diosa juzgando, remota y fría como las estrellas.

No eran tal cosa, por supuesto. Eran solo los ojos de Valka . Y estábamos solos.