El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 60 #2
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Capítulo 60 #2

Sentí que mis ojos se desviaban hacia la niña esclava mutilada que permanecía de pie, casi catatónica, junto a la mesa.

—Estaríamos abiertos a negociaciones comerciales con su pueblo.

Carne y ganado podrían ser procurados… según las especificaciones que requieran —explicó Smythe cuando esto fue traducido—.

Tenemos tecnologías capaces de producir comida a partir de materia prima si fuera necesario. Vuestro pueblo no morirá de hambre.

La niña esclava pareció luchar para traducir esto, y vi algo parecido a una emoción tensarse tras sus ojos.

Era solo miedo, la emoción que mejor conocía.

La cabeza de Aranata giró para mirarla, pensé, de la forma en que uno mira un terminal de comunicaciones defectuoso o un interruptor de luz. Al fin, ella dijo:

—Delukami ni o-diuhadiu rajithiri.

—¡Rajithiri wo! —Aranata prácticamente salió disparado hacia arriba—. ¡Comercio! ¿Por quién me tomáis? ¿Creéis que es con un mnunatari con quien tratáis?

A su favor hay que decir que Raine Smythe no había parpadeado durante este estallido y el torbellino de movimiento que lo acompañó. Había mantenido su posición con toda la implacable solidez que uno esperaba de un soldado imperial.

—¿Mnunatari? —repitió Varro, mirándome en busca de guía.

—Mercader —aclaré, aunque no entendía por qué el término debía inspirar tal veneno.

Nobuta me ahorró la necesidad de especular, diciendo:

—¡Mi padre no es ningún mercader del aire, yukajjimn! —El gran cielcin puso una mano sobre el hombro de su hijo para calmarlo, pero no dijo nada.

La expresión en sus rostros color tiza: dientes inferiores al descubierto, ceños fruncidos sobre ojos negros del tamaño de puños… Pensé que debía de ser asco, aunque ni siquiera yo puedo decir con certeza qué yacía tras aquellos rostros como máscaras. Aun así, creí verlo.

—Están diciendo que no son mercaderes —dije—. Les hemos ofendido. —Volví mis ojos hacia Kharn, pero el Inmortal podría haber sido una escultura moderna de hierro y papel donde estaba sentado impasible, con sus ojos carnales cerrados—. ¿Es eso correcto?

Kharn le había dado al Aeta un regalo a cambio de su visita.

Aquello había sido un tipo de comercio, pero la semántica era diferente.

Desigual. Kharn había adulado al Aeta dándole un regalo de la forma en que un mercader da a una reina una gema brillante en tributo.

Tributo. Los cielcin, al parecer, no tenían el concepto de un juego de suma no nula.

No bastaba con que una parte ganara. El mero acto de dar sugería que el dador perdía.

Un ojo azul me espió y bajó la vista, describiendo un arco que abarcó a los seis de nosotros en nuestra mesa, pero no habló. Me incliné por encima de Bassander hacia Varro y dije:

—Es como si le ofrecieras al Emperador cambiarle tus botas por sus zapatillas de terciopelo.

El calcenterita alzó una ceja, bien no apreciando la analogía o simplemente instándome a continuar. Asaltado por un pensamiento, continué en inglés clásico, convencido de que la niña no lo entendería y por tanto no podría traducir.

—Él piensa que el comercio está por debajo de su dignidad —expliqué en la lengua antigua.

Mientras hablaba, Smythe se encontraba apaciguando al xenobita, quien dependía de la esclava para traducir sus palabras—.

Piensa en lo que hizo Sagara: le ofreció un regalo.

El Aeta nos ve como inferiores a él. Imagino que está acostumbrado a salirse con la suya.

Traté de no pensar en las depravaciones implícitas en la cultura de propiedad extrema de los xenobitas. Sentí el mismo pavor nauseabundo que había conocido en la oficina de Antonius Brevon, al ver el homúnculo que había hecho para sí mismo.

Varro se acarició la barbilla.

—Puede que tenga que acostumbrarse a la decepción.

Rápidamente explicó lo que había pasado entre nosotros a Smythe , quien, hablando en voz alta para que la traductora pudiera oírla, dijo:

—¡Un regalo, entonces!

«Tributo», pensé. No sería la primera vez que la civilización pagaba para mantener a los bárbaros alejados de sus puertas. ¿Pero pagar con carne? ¿Un sacrificio de esa clase más antigua?

—¿Qué haría falta para terminar con las incursiones? —preguntó Smythe —. ¿Qué es lo que necesitan?

—¿Necesitar? —repitió Aranata—. ¿Daqami ne?

El Aeta guardó silencio un momento, y una brisa gimió a través del pabellón, sin duda generada por algún conducto que corría a través de la Demiurgo como alguna garganta inhumana.

Las ramas de los árboles se mecieron, las tarjetas de oración repiquetearon sobre nuestras cabezas.

De inmediato fui agudamente consciente de los guerreros cielcin que permanecían apartados y más abajo de nuestro pabellón, todos con sus máscaras pintadas, espadas sostenidas y listas.

Y listos también estaban sus nahute, los drones buscadores semejantes a serpientes voladoras que yo había visto usar con tan terrible efecto en la oscuridad bajo Calagah.

—Iussamneto wo —entonó Aranata, y todos los demás le repitieron.

—Iussamneto wo.

Debemos sobrevivir. Tenía el peso de una oración, del tipo de aforismo que yo mismo empleaba.

—¿Necesitan asentamiento? —preguntó Smythe —. Se podría encontrar un mundo. Cerca de las rutas espaciales pero remoto.

—¿Nos tendríais encerrados? —siseó Oalicomn—. ¡No nos sometemos!

Pero había hablado fuera de turno y, con un gruñido, Aranata lo golpeó con un codo. El heraldo soltó un aullido y se agarró el rostro mientras se encogía alejándose de su amo, quien dijo: