Capítulo 57 #3
La muerte de Uvanari se reprodujo tras mis ojos, el cielcin desangrándose en el suelo de la celda de interrogatorio de la Cancillería mientras las sirenas aullaban y destellaban sus advertencias.
Había luchado hasta el final, se había zafado de sus ataduras, había asesinado a su torturador y había venido a por mí.
Solo la suerte y mi escasa habilidad me habían salvado.
—Una buena muerte —convine. «Si es que existe tal cosa».
Las fosas nasales del Aeta se dilataron de nuevo, y metió la barbilla, angulando sus cuernos de una manera que creo que pretendía ser una especie de amenaza o exhibición de dominio, del modo en que los hombres fuertes podrían cuadrar los hombros y sacar la barbilla.
—Deseo hablar con mi baetan a solas.
—Eso puede arreglarse —respondí en lengua cielcin, hablando sin pensar. Vi a Bassander y a Smythe clavar sus ojos en mí cuando Varro tradujo, con los rostros sombríos. Pasando al estándar, añadí—: Como muestra de buena fe.
No debí haber hablado, lo sabía perfectamente, pero el daño ya estaba hecho. Todo el grupo me fulminó con la mirada: Smythe y Bassander , Crossflane y Jinan , e incluso el impasible Varro.
Apresurándose a llenar el vacío que había dejado mi exabrupto, la Dama Tribuno intervino:
—Tengo la intención de que abandone estas reuniones con su baetan, Aeta. Siempre y cuando lleguemos a algún acuerdo.
—¿Acuerdo? —repitió Aranata—. ¿Osas amenazarme?
—¿Amenazar? —preguntó Smythe , genuinamente desconcertada—. En absoluto.
Ella no veía —ninguno de nosotros lo hacía, entonces— que cualquier desafío a la autoridad suprema del Aeta, incluso el más mínimo murmullo de que teníamos derecho a rechazarle algo, era visto como un asalto contra dicha autoridad, o peor: un grave insulto.
—¿Crees que negociaremos contigo como con un mercader cualquiera? —preguntó Aranata, pronunciando la palabra mercader con todo el veneno de un prelado denunciando a las rameras.
—No vamos a entregar sin más a nuestros cautivos —aseguró Crossflane.
El heraldo, Oalicomn, habló desde el hombro de su amo.
—¡Rehenes, entonces!
—¡Por supuesto que rehenes! —espetó Crossflane, incapaz de contenerse.
—Danagayan wo! —entonó la chica rota, indicando el desprecio de Crossflane mediante su elección de palabras. Enfurecido, Aranata se giró y la golpeó sonoramente con el reverso de la mano. Ella cayó al suelo como una toalla mojada y no se movió.
—¡Abassa-do! —exclamó el cielcin que sostenía su cadena, el delgado, vestido igual que Aranata—. ¡No!
Me sobresalté, con la mirada perdida a medio camino entre el caos con los xenobitas y mi propia gente.
Abassa-do. Abassa… Padre . Me volví, asimilando este nuevo hecho.
Padre. Progenitor. Nunca antes había visto a un niño cielcin…
no estaba seguro de si alguien lo había hecho.
Al mirar de nuevo a la criatura llamada Nobuta, lo vi.
La forma de su rostro era más redonda, más suave; los cuernos más cortos, los ojos más grandes.
Aunque era casi tan alto como su progenitor, no había alcanzado la anchura y la plenitud de la edad adulta.
Un niño.
Que la Tierra y el Emperador me perdonen.
Tor Varro se adelantó apresuradamente y se dirigió a los xenobitas:
—Soy médico. La han herido.
Parecía tener el talento de los escoliastas para la atenuación. Pero Nobuta le cerró el paso a Varro, diciendo:
—¡No, es mía! —Los puños del escoliasta se apretaron: una muestra de sentimiento que me asombró en alguien de su orden. Pero retrocedió de todos modos.
—¿Queremos la paz con criaturas como estas?
—preguntó Bassander en voz baja. Raine le cortó el paso con el brazo cuando él dio un paso adelante.
Jinan maldijo en voz baja en jaddiano. En mi fuero interno, me sentí de acuerdo con Bassander .
Me encontré mirando las plantas hendidas de los pies mutilados de la chica, con una sensación negra en la boca del estómago, preguntándome qué aguardaba al regalo de cinco mil de Kharn. El regalo de Raine .
—¡Okun-se! —La voz del Príncipe Aranata cortó la conmoción, fría y muerta como las manos de los Hermanos—.
¡Tú! —Me tomó un momento darme cuenta de que el Aeta me hablaba a mí.
Detrás de él, el niño Nobuta estaba agachado junto a la traductora, acariciándole el rostro cicatrizado—.
Tanaran dice que tienes honor. El honor de una bestia, pero honor al fin y al cabo.
Por ese honor, y por lo que hiciste por mi Ichakta, dime la verdad ahora. ¿Qué quieres?
—¿Que qué queremos? —repitió Raine Smythe cuando traduje—. Que él y su gente dejen de depredar nuestras colonias.
Me volví y encaré al Aeta cielcin allí donde se alzaba sobre mí. Varro estaba distraído con la chica herida, así que tuve una oportunidad —una oportunidad pasajera— de decir la verdad y no lo que se me había guionizado.
—Quería ver a vuestra especie con ojos despejados —dije, dando la respuesta que le había dado a Gilliam Vas hacía tanto tiempo—. Y firmar la paz.
—¡Paz! —ladró Aranata—. ¡Qilete!
Solo cuando escuché la palabra devuelta hacia mí me di cuenta del problema.
La palabra cielcin para paz era sumisión.