El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 55 #3
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Capítulo 55 #3

Siempre es así: la amenaza exterior abre brechas entre quienes deberían permanecer unidos.

Quienes deben hacerlo. Yo no podía desviarme de mi curso más de lo que Bassander podía cambiar su posición.

Sin embargo, en cierto sentido yo tenía la ventaja: podía mentir, o más bien podía decir lo que Raine esperaba de mí sin perder prestigio ni traicionarme a mí mismo.

Podía doblarme, donde Bassander solo podía romperse.

Y así me puse de pie y le ofrecí la mano al otro hombre.

No dije una palabra, pues estaba seguro de que decir cualquier palabra sería un error.

Lo que sucedió entonces me perturbó más allá de mi capacidad para explicarlo adecuadamente en ese momento.

Bassander miró mi mano como si fuera una serpiente, y curvó el labio.

Como yo no hablé, él no tomó mi mano, sabiendo que hacerlo lo ataría a una promesa que no deseaba hacer.

A mí no me comprometía ofrecer mi mano. A Bassander le comprometería tomarla.

Así que se giró en su lugar, saludó a su tribuno y dijo:

—Haré lo que dice, señora.

Smythe asintió levemente, encogiéndose de hombros con los labios como para decir: «Suficiente». Y quizá lo era.

—Déjennos —ordenó, y con una mirada de reojo el uno al otro, tanto Bassander como yo nos giramos para irnos—. Usted no.

Supe por su tono que me hablaba a mí, y así me demoré incluso mientras la escotilla completaba su ciclo y Bassander Lin desaparecía en el pasillo.

Sin necesidad de que me lo pidieran, recuperé el bastón arrojado por la tribuno.

De construcción pesada, tallado en alguna madera negra como el azabache, su veta del color del humo de templo.

La cabeza y la punta eran de latón, y sin adornos.

Cuán parecido a su dueña era. Sin hacer comentarios, lo apoyé contra el lateral del escritorio de Smythe y volví a tomar asiento.

Me observó en silencio un rato, con los brazos cruzados; su primer oficial la imitaba de esa manera que siempre han tenido los viejos compañeros en todas partes: esa manera en la que cada uno, en parte, se había vuelto como el otro. Por fin, habló:

—Es usted todo un cliché, ¿lo sabe?

—Mi maestro solía tildarlo de melodramático —repuse con ligereza.

—No se equivocaba. —Toqueteó un punto del escritorio que solo ella podía ver.

Sus ojos castaños encontraron los míos y se mordió la lengua—.

¿Asumo que entiende en qué aprieto me ha metido con esto?

—Dibujó un círculo en el aire con la punta de un dedo—.

Usted es mi responsabilidad, y ahora tengo a mi legado y al Primer Estratega respirándome en la nuca.

Leonid coincidió en que valía la pena arriesgarse con su aventura, pero Hauptmann …

Hauptmann no está tan convencido, y es a Hauptmann a quien debo rendir cuentas al final.

Medité mi respuesta durante un largo momento antes de decir:

—Si se me permite, nunca fue mi intención ponerla en una posición difícil. Solo atenerme a la misión, como he hecho y continuaré haciendo.

—¿Incluso cuando el estratega ordenó lo contrario?

—Con todo respeto, sé que cuando me sacó de Emesh dijo que era bajo el entendimiento de que se ordenaría que Bassander controlara mis, eh…

mis excesos. Pero no me queda claro por qué querría que yo viniera si lo que deseaba era otro Bassander .

—¿Eran imaginaciones mías? ¿O la dama tribuno estaba sonriendo muy levemente?

Aun así, no habló, y añadí—: En cualquier caso, señora, en mi opinión las nuevas órdenes del estratega Hauptmann eran derrotistas, y sentí que tanto el Imperio como la humanidad estaban mejor servidos por mis acciones de lo que lo habrían estado si hubiera obedecido al estratega y regresado con el capitán Lin a Coritani.

Estoy preparado para pagar por mis acciones en la Balmung , si llegara el caso.

Las cejas de Smythe precedieron a su sonrisa por medio segundo; se giró y sonrió a su primer oficial, quien buscó en su cinturón y le pasó a su oficial superior un único hurasam. Volviéndose hacia mí, ella dijo:

—Espero que no sea necesario. —Yo había sido objeto de una apuesta, según supe más tarde.

Crossflane había esperado que yo me arrastrara; Smythe , que me mantuviera firme.

Ambos hacían a menudo tales apuestas, o eso me contó Bassander mucho tiempo después—.

Estamos al borde de la historia aquí. Conversaciones de paz con los cielcin, y paz después.

—Paz para nuestro tiempo —afirmó Crossflane.

¿Cuánto tiempo llevaban luchando estos dos?

¿Cuántos años de vigilia? ¿Eran oscuras las canas de Crossflane cuando empezaron, y estaba el rostro de Smythe libre de cicatrices?

Cualquiera que fuera el amor por la batalla o la gloria —cualquiera que fuera el deseo de servir— que los hubiera convocado desde sus hogares desconocidos se había desvanecido; se había convertido en el deber de todo viejo soldado y en ese sentido de familia y lealtad que antecede incluso al amor a la patria.

Soñaban con la paz, como suelen hacer los soldados, conociendo el coste de la guerra.

—Bueno, estoy con usted, Tribuno —aseguré en respuesta.

—Bien —dijo ella, buscando en su escritorio—. Lo que significa que necesitará esto. —Colocó mi espada sobre la superficie entre nosotros. Abrí la boca—. ¿Suya, creo?

—¿Cómo la…?

— Bassander la obtuvo de lord Sagara. No la vuelva a perder —advirtió, y con un suspiro se levantó y se volvió hacia la puerta—.

Puede regresar con su gente. —Tomé mi espada y me levanté para partir.

Su peso en mis manos y la sensación del cuero desgastado contra las yemas de mis dedos fueron como un regreso al hogar en sí mismo—. ¿Y Hadrian ?

—¿Señora?

—Dígale a la capitana Corvo que prepare a su gente. Tiene razón. Puede que los necesitemos.