El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 50
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Capítulo 50

EL DIABLO Y EL HOMbrE HONESTO

—¿Le hizo ella eso? —preguntó Bassander Lin desde el otro lado de la mesa, tocándose la cara para indicar los moratones que habían florecido en la mía.

Encadenado como estaba a la mesa de interrogatorios, solo asentí.

El capitán mandari se meció hacia atrás en la silla de acero. Sus ojos, negros como escarabajos, nunca se apartaron de mí.

—No debería haberlo hecho. Viola el protocolo sobre el tratamiento de prisioneros. —Se refería a prisioneros de alta cuna.

—Una cortesía para un caballero —murmuré, recordando las palabras que había usado mi carcelera.

Bassander no tomó nota de la amargura en mi tono y dijo:

—Ciertamente. Ella pidió verle y, en deferencia a su… relación, lo permití. Pensé que ella podría sacarle algo.

—¿Lo consiguió? —pregunté, mirándome las manos en los grilletes electromagnéticos y no al hombre frente a mí.

—No pensé que fuera a golpearle.

—Entonces no conoce muy bien a las mujeres —dictaminé con amargura.

El capitán no tuvo respuesta para eso, pero examinó algún hológrafo que flotaba bajo la superficie de cristal negro de la mesa. Chascó la lengua, con los ojos vagando desde el tablero de la mesa hasta la maraña de tuberías de latón ancladas al techo. Al fin dijo:

—¿Qué ocurrió ahí abajo, Marlowe ?

Traté de sacudir las esposas, pero se mantenían firmes a la mesa.

—No sé qué trato ha cerrado con Sagara, pero debería tener mucho, mucho cuidado con él. — Bassander no pareció impresionado por mi advertencia—. Tiene a un daimon mericanii en su poder.

Bassander parpadeó, pero por lo demás pareció impasible. En otra vida, habría sido un escoliasta perfecto, tan controlado estaba.

—Lo dice en serio.

—Miento menos de lo que la gente cree —dije, apoyándome contra la mesa, buscando un destello de comprensión, de aceptación, en el rostro del otro hombre.

Cuando no respondió, continué, y le conté lo que necesitaba saber.

No describí a los Hermanos, creyendo que sin mi explicación él imaginaría, como yo había hecho, solo bancos de terminales y almacenamiento de cristal.

No le hablé de mi visión, ni hice referencia alguna a El Silencio.

Le dije solo lo que era prácticamente relevante.

—¿Y usted cree que este… daimon permitió que su hombre me hiciera llegar el mensaje?

No fui capaz de responder de inmediato. Pensar en Switch en ese momento era como morder arena en una ostra. Como una bofetada en la cara. Tragué saliva y respondí:

—Eso creo. No puedo imaginar de qué otra forma podría Switch haberse comunicado con usted. La Mistral estuvo bajo control remoto desde el momento en que nos desacoplamos de la nave extrasolariana que nos trajo al sistema Vorgossos .

—¿Pero por qué se volvería el daimon contra su amo? —preguntó Bassander —. No lo entiendo.

Ante esto solo pude encogerme de hombros.

—Yo también me lo he preguntado, pero imagino que los antiguos se plantearon la misma cuestión cuando sus máquinas se rebelaron.

—Quizá crea que podrá escapar de su prisión cuando el Imperio venga a destruirlo.

—¿Realmente cree que Sagara no sabe lo que usted pretende hacer? —pregunté.

Bassander se encogió de hombros.

—¿Quién es él para detenernos? ¿Un planeta contra las Legiones? No apuesto por sus posibilidades.

—Le subestima —advertí, y negué con la cabeza—.

No le conoce. No sabe de lo que es capaz.

—En verdad, yo no sabía todo de lo que Kharn era capaz—.

Él sabe que usted actuará contra él. Por lo que sabemos, fue él quien permitió a Switch filtrarle a usted la ubicación de Vorgossos .

—Pensar en Switch me envió un espasmo de dolor, y cerré los ojos un momento, lo justo para recomponerme—. ¿Nos hemos acoplado con su nave?

Los ojos del otro hombre vagaron entre las tuberías del techo una vez más, como si esperara encontrar alguna respuesta escrita allí entre el latón y la chapa negra.

—¿La Demiurgo? Sí. Estamos en una de sus bahías de aterrizaje ahora mismo, en ruta para reunirnos con la Obdurate y sus amigos cielcin.

—¿Mis amigos? —repetí, incapaz de evitar el ácido en mi voz. Había una amenaza implícita en la elección de palabras de Bassander : la amenaza de la Inquisición y un cargo de confraternizar con lo inhumano. Una amenaza que él podía llevar a cabo.

—Es usted un traidor, Marlowe . Si dependiera de mí, le habría arrojado por una esclusa de aire por lo que ha hecho.

Desafió una orden directa del Primer Estratega y mía.

Hay una cadena de mando y un protocolo que deben ser obedecidos.

Estas son las Legiones Imperiales, Marlowe .

— Bassander caminaba por la línea entre la quietud y la ira con la precisión de un reloj durantino.

Nunca alzaba la voz; solo la tensión bajo sus palabras y la posición tensa en la que mantenía los hombros delataban su furia.

Sostuve las manos con las palmas hacia arriba.

—No soy un legionario.

—La tribuno le reclutó como su immunis.

—Sí —dije bruscamente—. Su immunis. Ella me ordenó ir a Vorgossos a pesar de sus órdenes y las de Hauptmann . Yo obedecí.

—¿También le ordenó masacrar a mis hombres? —preguntó Bassander , alzando su mano derecha—. ¿O mutilarme, ya que estamos?

Sentí la sombra caer sobre mi rostro y, por el más breve instante, perdí la compostura.

—No, por supuesto que no.

—Eran buenos hombres —indicó Bassander , y había una gravedad en su voz que atrajo mi mirada contra mi voluntad para mirarle a la cara—. Mis hombres. Y usted los asesinó.

El capitán legionario se puso de pie, con movimientos tan rígidos que uno esperaría roble en él en lugar de huesos. Me miró desde arriba, con ojos como brasas encendidas.

—¿Qué creía que iba a pasar?

—¿Qué creía yo…? —Tiré de mis ataduras, frustrado por no poder levantarme y enfrentar a Bassander a su mismo nivel.

Reprimí el impulso de defenderme, resentido por la postura del otro hombre—.

Encontré Vorgossos , Bassander . Encontré a Kharn Sagara, el enlace con los cielcin que buscábamos, un semillero de trabajos genéticos ilegales y un daimon mericanii superviviente.

¿Qué quiere decir con «qué creía que iba a pasar»?

¿Dónde fallé exactamente en entregar lo que prometí?

—Estaba en una celda —se burló Bassander —. Fracasó, Hadrian .

Esperé que Bassander no hubiera hablado con Valka largo y tendido ni con Tanaran, esperé que no supiera cuánta razón tenía. Reuniendo las ruinas de mi orgullo contra mi pecho como leña, dije:

—Todavía estábamos… negociando.

—¿Negociando? — Bassander se giró y caminó hacia la pared de la cámara, su imagen reflejada oscuramente en la superficie pulida—.

Parecía que hubiese estado en ese agujero suyo durante eones cuando Sagara le sacó.

No finja. —Estaba jugueteando con las manos, el reflejo de su rostro cabizbajo, los ojos entornados—.

¿Era realmente él? —preguntó—. ¿Era realmente Kharn Sagara?

—Creo que sí —dije—, o tal vez lo fue. Alguna vez. Cómo se las ha arreglado para seguir vivo es algo que no entiendo del todo. Puede… parasitar a sus propios hijos, mover sus pensamientos de un cuerpo al siguiente. Sea lo que sea, no es el Kharn Sagara de las historias, incluso si solía serlo.

—¿Cree que trasplanta el cerebro?

La luz azul que brillaba tras la oreja de Kharn y las orejas de sus hijos —y de Naia— resplandeció desde algún oscuro recoveco de la memoria, y aparté la mirada de Bassander .

—Nada tan primitivo, pero no lo sé. Su suposición es tan buena como la mía.

Los dedos del capitán esbozaron el signo del disco solar en su costado, y tras un momento Bassander Lin se sacudió y se giró una vez más para encararme.

—No me gusta tener que trabajar con alguien así.

—¿Qué le ofreció? ¿Además de la seguridad de su planeta, por supuesto? —Me incliné hacia delante, pensando en lo que Kharn Sagara había dicho en nuestro primer encuentro—. Debe de haber hecho un trato.

—Eso —indicó Bassander Lin— no es de su incumbencia. —Pero había una sombra en su rostro, y una cualidad demacrada en su expresión que me preocupó bastante. El joven capitán parecía medio calavera cuando añadió—: No me gusta esta posición en la que me ha puesto.

—¿En la que yo le he puesto? —repetí—. Estas eran tanto sus órdenes como las mías. El hecho de que yo no abandonara mi mandato tan rápido como usted no le exime de responsabilidad. La Dama Tribuno Smythe confió esta misión a ambos. Teníamos un deber.

Un músculo palpitó en la mandíbula de Bassander , y sentí que si apretaba los dientes mucho más fuerte podrían hacérsele añicos en las encías.

—¿Usted presume de darme lecciones sobre el deber?

¿Usted? Recuérdeme, Marlowe , ¿cuál de nosotros abandonó a su familia en pos de su propia ambición egoísta?

¿Cuál de nosotros decidió jugar a los soldados en lugar de desposar a Anaïs Mataro, con quien estaba prometido?

—Alzó las cejas—. No. Me. Dé. Lecciones.

Vine tras usted precisamente como ordenó la Dama Tribuno.

He negociado un trato con ese demoníaco extrasolariano, y vamos a reunirnos con este príncipe cielcin suyo.

Usted va a obtener todo lo que esperaba.

—Nada mal para un fracaso —apunté, y fue mi turno de burlarme.

Bassander desestimó esto con indiferencia.

—Fue salvado por su amigo William . Él tiene más sentido común que usted. Vino a nosotros suplicando por su vida.

—¿Por su vida? —repetí.

—Parecía pensar que sus vidas, las de usted, estaban todas perdidas pasara lo que pasara —explicó Bassander , con hielo en sus palabras—. Que la Cancillería los ejecutaría a todos por acercarse tanto a máquinas daimons. Quería salvarse a sí mismo.

Apreté las manos en puños. Me había traicionado. Algo negro y aceitoso me bullía en las entrañas, y apreté la mandíbula para evitar maldecir.

—Cobarde.