El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

—No, son mucho más antiguos. Realmente no sabemos nada sobre ellos, excepto que dejaron las Profundidades.

—Leopardos, leones y lobos —repetí, y me ajusté el abrigo alrededor.

Valka arqueó una ceja.

—¿Disculpa?

—Solo es algo que dijeron los Hermanos. —Lo descarté con un gesto y pregunté—: ¿Qué son? Las Profundidades, quiero decir.

Valka se encogió de hombros.

—Algún tipo de microorganismo, como dijiste. ¿Una especie de ordenador vivo, tal vez? Se supone que tienen el poder de cambiar la vida a nivel atómico. Se oyen historias de gente que se mete en ellas queriendo ser joven o hermosa…

—…¿o ver el tiempo? —interrumpí.

—O ver el tiempo —convino Valka —. ¿Crees que los Hermanos eran así?

—Solo en lo de que podían percibir el tiempo —respondí—.

Pero no estoy seguro. Es todo tan extraño.

—Vi mi propia cabeza, mirando hacia arriba desde el suelo, a mis pies, sentí la lluvia azotarme mientras desenvainaba la espada para enfrentarme al señor de todos los cielcin…

¿el señor de todos los cielcin? Eso no tenía sentido.

Los cielcin estaban dispersos, divididos, sin autoridad central ni poder.

La Tierra sabía cuántas flotas de clanes dispares navegaban entonces entre las estrellas.

No tenían líder, y sin embargo yo sabía lo que había visto.

«Debemos ser».

—Debemos ser —murmuré.

—¿Qué es eso?

—Solo… algo que dijeron. —Apoyé la cabeza contra la pared a mi espalda. El hormigón estaba frío, y con el pelo mojado empecé a temblar. Me alegré al menos de que la ropa se hubiera secado, gota a gota—. ¿Qué crees que hará Kharn con nosotros?

Valka se ciñó la chaqueta y bajó la barbilla.

—Dejar que nos pudramos, probablemente. —Se cruzó de brazos—.

Hasta que nos necesite… imbal sida, ¡hace frío!

—Sin pensarlo, me levanté y me quité el abrigo de los hombros.

Todavía llevaba la túnica negra debajo, y le pasé la chaqueta a Valka sin decir una palabra.

Ella me miró, y una arruga se formó entre sus cejas—. ¿Estás seguro?

Frotándome los brazos para calentarlos, asentí con cansancio, luego me tomé un momento para abotonar el cierre lateral de la túnica hasta la garganta. No era de gran ayuda, pero era algo.

—Los Hermanos dijeron que seríamos de utilidad para Kharn —reflexioné mientras veía cómo Valka se ponía mi pesado abrigo alrededor—.

Así que no creo que estemos en ningún peligro inmediato.

—Por un momento, consideré sentarme a su lado, pero lo pensé mejor, pues temía que Valka se ofendiera por tal cercanía, y retomé mi lugar en el banco.

Estuvimos callados entonces durante mucho tiempo; ninguno hablaba, ninguno sabía qué decir.

Podría haber dormido —tan agotado estaba—, pero temía dormir, temía soñar cualquier sueño que viniera tras las revelaciones de aquel día.

Temía, también, a la criatura arcana que dormitaba en las profundidades.

Imaginaba a medias que sus manos serpenteantes se deslizarían por alguna grieta en las paredes o el suelo y me encontrarían, o bien que sus palabras se deslizarían de nuevo en los oscuros recovecos de mi cerebro.

Me puse a explorar la habitación, y fue entonces cuando encontré nuestro sombrío retrete y la más sombría caja de barras de ración.

Me sentó bien caminar y, aunque me paseaba como un león en su jaula, noté que un mínimo de calor se filtraba en mí.

El agua que había para beber provenía de un fregadero verdaderamente antiguo.

El agua era amarga y aceitosa, no del todo salina, pero con ese regusto desagradable que confirmaba que había sido salina.

Traté de no pensar en el océano negro y en los Hermanos revolcándose en sus profundidades.

—¡ Hadrian ! —llamó Valka , y al sonido de su voz regresé; me apresuré entonces por la larga y estrecha cámara—.

¿Qué es esto? —Levantó la palma de la mano para que yo pudiera verlo.

Me quedé perplejo durante largo rato, inseguro.

Ella sostenía una lasca de piedra blanca, rugosa en los bordes y afilada.

La observé largo tiempo, incapaz de determinar por qué me resultaba tan familiar, o por qué su visión se asentó como perdigones de plomo en mis entrañas.

Valka me miró con el ceño fruncido y preguntó—: ¿Es algún tipo de tesela?

La tomé, incapaz de sacudirme la sensación de importancia, de significado, que se movía en mí.

Y entonces me di cuenta.

—No es posible —inspiré; las palabras fueron apenas un susurro. Me había acostumbrado demasiado a pronunciar aquellas palabras, precisamente aquel día.

—¿El qué no es posible? —preguntó Valka .

No pesaba casi nada, y sin embargo lo cargaba con gran esfuerzo, como si fuera algún insecto que temiera aplastar con mis torpes manos.

—Estaba en el santuario —dije, dándole la vuelta—. En la cuna. En mi sueño. —Por un momento, creí oír de nuevo el tañido barroco de la caja de música en mis oídos; aquella nana para un niño que no había visto.

Valka se puso entonces en pie, con los faldones de mi abrigo casi arrastrando por el suelo, pues era más baja que yo y de complexión más estrecha.

—¿Pero qué es?

—Es una concha —expliqué, empujándola por la palma de mi mano con un dedo. Pronuncié las palabras con plena convicción—. Un trozo se rompió cuando la toqué en la cuna, yo… Debí de metérmelo en el bolsillo cuando la visión se desmoronó. —Me eché a reír entonces—. Escúchame: me he vuelto loco.

Ella se acercó para ver mejor el objeto que tenía en la mano. Estaba muy cerca entonces. Podía sentir su calor en aquella habitación fría.

—¿Estás seguro de que es eso?

—¿Qué otra cosa podría ser?

—Cinco millones de cosas diferentes.

Ah, Valka . Siempre la escéptica. Aun así, negué con la cabeza y, con la mandíbula tensa, repliqué:

—Sé lo que digo. —La sustancia de la que estaba hecha tenía un color más brillante que el blanco, de modo que hacía que mi mano calcárea pareciera roja en comparación.

He visto campos de nieve, sin arar y sin hollar por pie alguno durante mil veces la edad de nuestro Imperio, que no eran tan blancos como aquella sustancia pura.

De hecho, imaginé que algún alquimista en las profundidades olvidadas del tiempo, o tal vez en las profundidades del tiempo aún por venir, había extraído alguna esencia divina de algún mundo superior para crear aquella cosa que yo sostenía.

Más blanca que el blanco. El blanco mismo—.

Es tan blanca como negra es la piedra de Calagah.

—Me di cuenta de que había hablado antes de pensar, y me sorprendí a mí mismo.

—¿Es esa tu opinión profesional? —preguntó Valka , con un destello del acero de su tono tras su vaina de terciopelo.

—No tengo una opinión profesional —dije—, pero no me equivoco.

—¿No? — Valka dio un paso atrás. No estaba seguro de si se burlaba de mí o simplemente me incitaba a seguir.

Tardé mucho en responder. No tenía noción de cuánto tiempo íbamos a estar Valka y yo encerrados en aquel lugar húmedo y gélido, y no tenía estómago para una campaña prolongada contra la mujer.

Podía creerme o no, pero no tenía estómago para las burlas.

Ya no. Pero no iba a discutir. Sabía lo que sabía.

—Es verdad —dije, y cerré el puño alrededor del fragmento blanco—.

Todo es verdad. Había demasiado en común entre lo que los Hermanos me mostraron y lo que vi en Calagah.

No lo entiendo, pero creo que lo que dijeron los Hermanos debe de ser cierto, y que cualquiera que fuese el poder que contactó con los Hermanos fue el mismo que me tocó a mí entonces.

—Podía sentir cómo los bordes del trozo de concha me cortaban la carne de la palma y relajé la presión, casi esperando encontrar sangre brotando allí—.

¿Qué se supone que debo hacer, Valka ? —Al levantar la vista, la encontré mirándome fijamente, con el rostro…

totalmente indescifrable—. Dijeron que se suponía que debía luchar.

Su mano encontró la mía, me agarró por la muñeca. Nuestros ojos se encontraron y ella dijo:

—Estamos luchando.