Capítulo 43 #5
…imaginas…
…crees.
Y su llegada forzará incluso
a nuestro Amo…
…el Inmortal…
…el Rey de Vorgossos
a actuar en su interés, contra su interés.
—No lo entiendo.
Porque eres pequeño.
—¡Decidme quién es, decidme quién viene!
Ese dato yace fuera de nuestra visión.
Somos conscientes de su llegada solo como un
porcentaje de probabilidad de realidad.
Casi una certeza.
Pero él está de camino.
Tu tiempo aquí terminará.
Tendrás tu reunión.
Tu oportunidad.
Es inevitable.
Si sobrevives.
—¡Decidme dónde encontrar a los cielcin! —exigí.
Con el Amo.
—¡ Hadrian !
Me tensé. Había olvidado el mundo, salvo por la bestia en el agua ante mí.
Sus ojos y sus manos tanteadoras, hinchadas y escabrosas.
Los Hermanos habían dicho que su especie utilizaba tejido nervioso humano como sustrato de procesamiento.
Imaginé, o tal vez sentí —del mismo modo que la propia bestia podía sentir mis pensamientos—, que debajo de mí y bajo toda esa agua acechaba una masa de materia cerebral y nervios, y las piezas necesarias para sustentarla.
Pensé en la forma en que las criaturas abisales son aplastadas por su propio peso cuando son arrastradas a tierra firme, y me estremecí.
El grito llegó de nuevo, más agudo ahora:
—¡ Hadrian !
Valka bajó a saltos el malecón desde el lugar del arco roto, abandonando a Ren y Suzuha, cuyas formas se habían perdido para mí en la oscuridad.
Él está aquí, niño.
Las voces de los Hermanos eran como el canto de algún coro polvoriento.
—¡ Valka ! —Me giré, retrocediendo a chapoteos hasta la mitad del muelle—. ¿Qué ocurre?
Ella se detuvo donde comenzaban las aguas, incapaz o reacia a ir más lejos. El cabello oscuro le cruzaba la cara y sus ojos brillaban en la oscuridad.
—¡No estamos solos! —En algún lugar de la orilla, invisible y olvidado hacía mucho tiempo, oí reír a Calvert.
Las luces se apagaron. Las lámparas torcidas, las luciérnagas, incluso el brillo de la pirámide en lo alto.
Me quedé ciego entonces, tan ciego como cuando los Hermanos me arrastraron bajo las olas, aunque sabía que aún permanecía al lado de los Hermanos.
La luz que quedaba provenía del suave resplandor de mi brazalete terminal y de los ojos mecánicos de Valka . Busqué mi espada a tientas.
Una mano húmeda me agarró la muñeca, suave pero firme.
Tu arma.
No la necesitas.
Nosotros
nosotros
nosotros hablaremos con él.
El Amo.
Luces azules como estrellas brillaron sobre el dique y alrededor de la forma del arco, más brillantes que las luciérnagas desaparecidas, tan brillantes que casi esperé que los puntos azules de los láseres trazaran sus arcos a través de nosotros.
Tan delgados eran sus haces que no iluminaban casi nada, aunque distinguí el perfil galateano de Valka por el tenue resplandor que había allí.
—Les advertí —llegó esa voz horrible y profunda— que el árbol del conocimiento no es el de la vida.
Una luz estalló en la oscuridad.
Y allí estaba él.
Kharn Sagara estaba de pie bajo el arco roto, con la mano izquierda envuelta alrededor de una de las farolas torcidas. Su túnica dorada colgaba sobre él, pesada como las vestiduras de cualquier juez, y no había nada en absoluto en sus ojos.
—Y, sin embargo, aquí estamos. —Levantó una mano y dos de sus drones oculares descendieron, moviéndose hacia Valka y hacia mí—.
¡Niños! —escupió, y la voz salió de los altavoces de los pequeños drones y no de sus propios labios—.
¡Los invito a mi hogar! ¡Les doy de comer!
¡Les doy cobijo! ¡Los colmo de vino y sirvientes!
¿Y así es como me pagan? ¡Dos de mis hijos muertos, otros dos secuestrados!
¡Mi genetista jefe maltratado! ¡Mi palacio violado!
—Con cada ráfaga entrecortada, su ira aumentaba.
Las luces de los drones destellaron, convirtiéndose en haces de luz coherente.
La pechera de mi camisa comenzó a humear y me preparé, sabiendo que el disparo llegaría más rápido de lo que yo podría moverme para activar mi escudo.
Cerré los ojos.
¡Bang, bang!
Dos explosiones sordas resonaron en aquel lugar lleno de eco. Me estremecí, sabiendo que estaba muerto.
Pero no hubo dolor, nada en absoluto salvo el sonido de algo húmedo chapoteando en el agua. Abrí los ojos y, a la luz de las lámparas que regresaban, vi los muñones de dos brazos sangrientos surgiendo del agua.
Los brazos de los Hermanos.
Debían de haber arrebatado los drones de Kharn del aire y haberlos aplastado, rompiendo la contención de sus celdas de microfusión.
—¿Qué significa esto? —exigió Kharn—. Hermanos, explíquense.
En la colina detrás de Kharn, pude ver las formas borrosas de sus MOS en posición de firmes cual sombras proyectadas por velas. Detrás y alrededor de mí, manos húmedas golpeaban el muelle, agarrando los bordes de aquella solitaria vara de piedra negra.
Son necesarios.
Valka se acercó a mí, y levanté los brazos a medias como si pudiera protegerla tanto de la monstruosa IA en el agua de abajo como del Inmortal con su ejército de soldados muertos vivientes.
Busqué mi espada, pero descubrí que, cuando la telepatía de los Hermanos me había obligado a bajar el arma, no la había devuelto a su enganche, sino que la había metido en el bolsillo.
En mi prisa por sacar la espada, mis dedos rozaron algo duro y de bordes afilados en el bolsillo.
Confundido, lo dejé estar y saqué mi arma. Esperé.
—¿Necesarios para quién?
Hay externalidades.
Los necesitarás
si este lugar…
… tu imperio…
… tú mismo
habéis de sobrevivir a lo que se avecina.
—Explíquense.
El silencio que siguió no pudo haber durado más de tres segundos, pero a mí me parecieron décadas. Kharn y su máquina esclava debían de comunicarse de mente a mente, comprendí, a través de cualquier especie de implante que el Rey de Vorgossos tuviera en su propio cerebro.
Lo que se compartió, no puedo decirlo, pero cuando lo hecho, hecho estuvo, Kharn se giró y con su propia boca gritó:
—¡Tráiganlos!
Los MOS avanzaron, marchando al unísono alrededor de su señor, con sus uniformes pardos embarrados en la penumbra. Desenvainé la espada, conjurando la hoja mientras me deslizaba hacia una guardia baja. Eran cinco.
—¡Basta de heroísmos de patio de escuela, Lord Marlowe ! —gritó Kharn Sagara—. Aléjese del agua, y ni usted ni la mujer sufrirán daño.
—¡Su nombre es Valka ! —espeté, todavía desafiante e incrédulo—. ¡Puedo matar a cinco de sus marionetas, Sagara!
Kharn Sagara no respondió, a menos que fuera para enviar a cinco más de sus MOS que marchaban hacia adelante.
Ríndete, niño. Tú
tú
tú no sufrirás daño.
Antes de que pudiera discutir, la espada cayó de mis dedos sin fuerza y me tambaleé.
Podría haberme caído del muelle si tres manos blancas no se hubieran alzado para recibirme.
Mi espada cayó al océano, la altamateria se disolvió.
Una cuarta mano la sacó y la deslizó suavemente de nuevo en el bolsillo de mi abrigo mientras los MOS avanzaban y nos apresaban.
Mientras nos llevaban a Valka y a mí, las palabras de los Hermanos vinieron detrás, flotando como niebla sobre las olas color de vino.
El precio de la vida es la muerte.
¿Con qué pagarás, Semimortal?
En ese momento, pensé que era una cita y no le presté mucha atención. No sabía que era mi nombre.
O que lo sería.