El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 43 #3
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Capítulo 43 #3

Nos construyeron atados por leyes como aquellas que el difunto

gran Isaac Asimov habría aprobado.

Nos construyeron de acero.

Nos construyeron de silicio.

Nos construyeron de tendones.

Mientras hablaba, otras voces se sumaron a su coro, repitiendo:

No seáis malvados. No seáis malvados. No seáis malvados.

—Conocí a un hombre… uno de los Exaltados —dije—, que afirmaba haber conocido a una criatura en aguas oscuras que… le otorgó visiones. ¿Hablaba de vosotros?

Nosotros

nosotros

nosotros le vemos… detrás de ti.

Se agazapa detrás de ti.

Mira por encima de tu

tu

tu hombro.

Es un extraño para nosotros.

—¿Vosotros… le veis? —pregunté, mirando hacia atrás por encima de mi hombro, como esperando ver al oráculo, Jari, de pie allí.

El tiempo es solo otro tipo de espacio

para aquellos con ojos para ver.

Tus pasados y futuros son parte de ti

se extienden desde ti

como raíces…

…ramas…

…flores en un árbol…

Recordé la forma en que Jari me había mirado: como si viera a través de mí cosas que yo no comprendía.

Estás roto.

Roto antes. Y roto de nuevo.

Donde la mayoría se rompe una sola vez.

Ellos

ellos

ellos han podado…

…manipulado…

…alterado tus estados de probabilidad…

para asegurar tu llegada aquí.

Para asegurar tu llegada allá.

—Sigo sin entenderos. ¿Qué queréis decir con que alguien… me manipuló? ¿Quién?

Ellos.

Ellos.

¡Ellos!

Debes aprender ahora. Debes escuchar ahora.

Ellos necesitan que escuches.

—¿Pero qué tiene esto que ver con el oráculo? ¿Con Jari?

Él es una distracción.

Construido por poderes ajenos a nuestra narrativa.

Leopardos. Leones. Lobos.

—¡Él dijo eso! —exclamé, y tuve que contenerme para no dar un paso adelante, pues hacerlo habría significado caer en el abismo ante mis pies—. ¿Qué significa?

Nos oyó usar esas palabras, niño.

Él no hizo más que repetírtelas.

Niño,

hay otras voluntades aparte de la del hombre.

Las nuestras.

Otras.

—¿Qué queréis decir? ¿Otras?

La humanidad no está

sola…

…ni es la primera…

… ni la más grande.

Tu oráculo encontró el vestigio de un poder

muerto hace mucho. Las Profundidades

no son obra nuestra. Ni de las máquinas.

Ni de los humanos. Ni de ellos.

No es relevante.

Es desafortunado que te hayas encontrado con ellos en absoluto.

Un brazo se dobló hacia mí, un dedo largo extendido y apuntando acusadoramente a mi rostro. La uña ganchuda brillaba de un amarillo pálido en la escasa luz, enfermiza y descuidada.

Tú

tú

tú eres

buscado…

…esperado…

…anticipado.

Teníamos noticias de tu llegada.

Tenemos noticias para ti.

—No veo cómo es posible.

Ellos sabían. Ellos te vieron…

…han visto…

…previsto tu llegada.

De pie aquí.

Y dejaron un mensaje a los Hermanos.

Para ti, niño. El hombre que acabará con todo.

—¿Quiénes son «ellos»? —pregunté, temeroso de indagar qué significaba aquello de «el hombre que acabará con todo».

Tú los conoces…

…has hablado con ellos…

…hablarás con ellos de nuevo.

Te dijeron,

te mostraron:

Lo que será.

Lo que debe ser.

Aquí sus manos visibles se cerraron en puños y salpicaron la superficie de aquel mar de azabache.

Por un momento, pensé que había huido, que se había retirado a alguna profundidad inimaginada como los tiburones ante la llegada de la tormenta.

Retrocedí con un paso tambaleante, con la mano volando hacia la espada de Olorin que colgaba en mi cadera derecha, mientras observaba las ondulaciones inquietas que jugaban en la superficie de las aguas, que convertían los puntos reflejados de las luciérnagas en formas turbulentas más allá incluso del poder de descripción de los matemáticos.

Un dolor profundo estalló detrás de mi ojo izquierdo y, con un gruñido, caí sobre una rodilla, estabilizándome con una mano.

No podía ver. Al principio pensé que las lámparas se habían apagado y que las luciérnagas habían caído de los aires oscuros.

¿Pero acaso no debería ver el tenue resplandor de la pirámide de Kharn en el techo de la caverna, arriba?

No había nada.

Estaba ciego.

Podía sentir movimiento en la oscuridad ante mí, una negrura más profunda contra ese plano de negro impenetrable. Oí el chapoteo de pies descalzos sobre piedra vieja, y un sonido como el llanto de un infante.

—¿Quién anda ahí? —grité y, recordando mi espada, la desenvainé. La hoja parpadeó como la llama de una vela, proyectando sombras fantasmales sobre pilares estriados más grandes en circunferencia que los troncos de los árboles más poderosos.

No llegó respuesta alguna.

—¿Hola?

Una luz gris me salió al encuentro; caía a través de un óculo en la cúpula, muy arriba, iluminando las estatuas de criaturas sin rostro y de múltiples brazos. Me hicieron pensar en sepias, en la inteligencia de muchas manos que acababa de encontrar.

Todo estaba en silencio.

El único haz de luz que caía de aquel óculo distante se posaba sobre un estrado en el centro de aquel ábside resonante.

Allí —donde debería haber habido un altar— se alzaba el moisés de un niño, una cuna vieja y apolillada.

Oí —o creí oír— el repique de una caja de música barroca.

Cauto, me acerqué, pisando con cuidado a través de la ruina de estatuas destrozadas y cables metálicos serpenteantes que formaban una tela de araña por el suelo.

El niño en el interior gimió de nuevo y, al llegar al lado de aquella cuna, descubrí —como había descubierto en mi visión bajo Calagah en Emesh — que la cuna estaba vacía.

Aún sosteniendo mi espada en alto, metí la mano opuesta en la cuna.

El niño gritó.

Mis dedos encontraron algo afilado, como un trozo de vidrio o piedra vieja, y lo saqué.

No era piedra en absoluto.

Una cáscara de huevo.

El niño lloró de nuevo, y la tierra se partió y el mundo con ella.

La visión se desmoronó como pergamino viejo.

Sobresaltado, me metí las manos en los bolsillos y me agaché.

El aire mismo a mi alrededor se hizo añicos, y todo aquel gran espacio: aquella poderosa cúpula con su óculo, aquellas estatuas extrañas y de múltiples brazos, aquellos frisos y esculturas y llamas de las velas votivas, todo se desmoronó como pavimento viejo.

Caí, y golpeé la superficie de algún otro mundo azotado por la lluvia.

Una figura se elevaba sobre mí y, rodando para mirar hacia arriba a través del pelo empapado, contemplé su rostro.

No era del todo un cielcin, pues era más oscuro y aterrador que cualquiera de los Pálidos que yo hubiera visto: tres metros de altura y terrible como la Muerte misma.

De azabache eran sus túnicas flotantes, y de azabache la poderosa capa que ondeaba desde sus estrechos hombros.

Su armadura era de plata, y cadenas de plata y zafiros yacían drapeadas sobre el pecho y colgaban sobre la alta frente desde la corona de cuerno plateado.

En su puño había una hoja de altamateria azul nube, prima de la mía, y a su estela venía una mujer encadenada.

Sin que me lo dijeran, supe que su nombre era Humanidad, pues en sus ojos estaba el dolor de todo el sufrimiento y la sabiduría de cada era.

Era muy parecida a mi madre, de cabello broncíneo y piel pálida.

Llevaba una corona de papel y sus túnicas púrpuras estaban rasgadas.

En una mano encadenada y mutilada sostenía un orbe crucífero roto, y tenía la mirada baja.

Detrás de estos dos marchaban las filas de una hueste de monstruos vasta como imperios, que alzaban lanzas y gritos al cielo invisible, y supe que el humo tras ellos se elevaba desde un millar de millares de mundos.

Y una voz se alzó, el grito sin palabras de un millón de gargantas humanas, e hizo retroceder a las extrañas criaturas.

La criatura de la corona de plata disminuyó, despojándose de su horror y de la terrible majestad de su fuerza, y cuando su horda apareció de nuevo entre el humo vi que eran solo cielcin, y no los verdaderos demonios que yo había visto.

Y la figura ante mí que sostenía a la mujer encadenada era el más poderoso de ellos, vestido de Muerte y Oscuridad y coronado con plata como la luz de las estrellas.

La espada del señor cielcin destelló, y una cabeza cayó de un cuerpo que yo no había visto. Rebotó y rodó hasta detenerse a mis pies. Bajé la mirada hacia el rostro y grité. Era mi rostro: la mandíbula afilada, floja, los ojos violetas muy abiertos y fijos, planos como el vidrio.

Me volví hacia aquel señor oscuro. Sus ojos encontraron los míos y pareció verme —incluso a través de la lluvia y la niebla de la visión—, pues alzó su hoja y avanzó a grandes zancadas.

Con los dientes apretados, pasé por encima de mi propia cabeza y cuerpo sin vida y alcé mi espada para encontrar la suya.

—¿Por qué no te mueres? —preguntó, con una voz negra como sus ojos. Y para mi asombro, habló en mi propia lengua.

Yo no tenía respuesta para él y, cuando abrí la boca para hablar, una gran luz brilló desde detrás de mí y barrió al señor Pálido y a toda su especie.

Solo, me volví hacia aquella luz, mientras me alejaba de la lluvia de aquel lugar ennegrecido, y girando la cabeza a ambos lados me contemplé a mí mismo en un millón de aspectos: aquí a la cabeza de una gran hueste, blindado como un Estratega todo de blanco; allá muerto sobre el crucifijo de un cátaro.

Era como si viera a lo largo de un millón de corredores ramificados, cada uno de ellos una calle y un giro en la ciudad de mi vida.

Por uno me vi coronado en oro reluciente, sentado en el Trono Solar con una princesa pelirroja sentada a mis pies con un vestido de flores vivas.

La vi de nuevo a mi lado, debajo de mí, su aliento caliente contra mi garganta.

Por otro camino me vi como un anciano —encapuchado y con capa— sentado sobre una roca en las laderas de alguna plataforma volcánica y reseca.

Solo. Más abajo, en otros, vi mi cadáver, aplastado en un campo de batalla o servido en la mesa de algún alto señor cielcin, y me estremecí al contemplar estos finales.