El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

Las escaleras terminaron, y salí para unirme a la quimera.

Mis botas crujieron sobre la piedra blanca, y con sorpresa y un pequeño horror me di cuenta de que no eran piedras en absoluto, sino los huesos de peces y de aves y de criaturas desconocidas para mí y sin nombre.

Se amontonaban allí como monedas en la guarida de un dragón y me llenaron de un miedo aceitoso y resbaladizo.

Calvert no habló, solo extendió una mano con garras y articulaciones como un sirviente guiando a su amo a través de un portal arqueado.

Las luciérnagas volaban sobre nuestras cabezas, y me pregunté si no serían ellas mismas máquinas construidas precisamente para ese propósito.

El gran muelle se extendía hacia las aguas de vidrio negro, recto como fuego láser.

Puse un pie tras otro con cuidado de araña y, con huesos crujiendo bajo mis pies, llegué al borde del agua.

Una pulgada más o menos fluía sobre la superficie de piedra del muelle, los bordes visibles solo por la luz de los insectos sobre mí y por el brillo de mi espada jaddiana. Dudé un momento…

…y di un paso al frente.

Varias cosas sucedieron a la vez. La primera fue un deslizamiento distante, como de peces nadando, coronando la superficie oscura.

Las aguas gélidas me golpearon los tobillos y el cuero engrasado de mis botas altas.

La luz de las luciérnagas se hizo más brillante, confirmando mi sospecha de que no eran luciérnagas ordinarias en absoluto.

Brillaban como estrellas nuevas, blancas como fantasmas sobre mi cabeza, de modo que todo el mundo alrededor parecía grabado en hierro crudo, negro y quebradizo.

Fue esto —creo— lo que me sobresaltó, lo que me hizo congelarme.

O tal vez fue el grito de Valka . Una sola palabra.

¿Mi nombre? ¿Alguna advertencia jadeada?

Fuera lo que fuese, supe que Calvert había hecho su jugada.

El villano nos había llevado allí abajo para matarme, para convertirme en el alimento de cualquier bestia que estuviera acechando en esa profundidad pelágica.

En las crisis, nuestros pensamientos se nos adelantan.

Así fue que supe que estaba muerto, supe que el Exaltado saltaba hacia mí con manos como garras, sus dientes lechosos desnudos en una mueca invisible en la velocidad de su paso.

En un instante sería arrojado a ese abismo gélido, movido por manos con la fuerza de cien hombres.

Esas manos nunca me encontraron.

Pues en ese mismo instante, algo blanco como carne de cadáver salió disparado del agua, un zarcillo como el tronco de un árbol joven.

Al volverme, vi que atrapaba a Calvert justo cuando yo giraba para enfrentarlo.

El Exaltado fue levantado del suelo hasta quedar a dos metros de altura.

Mi espada giró conmigo, y la hoja azul y blanca atrapó a Calvert en la cadera.

Su cuerpo más pequeño no era de diamante, y mi hoja cercenó acero y cables, amputando primero una pierna y luego la otra incluso mientras Calvert era izado en el aire.

Cayeron al agua con un chapoteo, y una rodó por el costado del muelle.

Él.

Él.

Él no es para ti, pequeño sacerdote.

Cada músculo, cada fibra en mí se tensó como cuerdas de arpa.

La voz —esa voz que había oído en mis sueños— se deslizó sobre el agua como un banco de anguilas.

La cosa en el agua izó a Calvert como un niño podría hacer con un muñeco y arrojó al Exaltado sin ceremonia de vuelta a la orilla cubierta de huesos.

—¡Hermanos! —gritó el Exaltado—. ¡Os he traído un juguete! ¡Una mascota!

Un primitivo descarta una pieza de oro opaco,

pensando…

…sabiendo…

…creyendo…

que es solo un tipo de piedra, pero guarda el vidrio común por su brillo.

—¡Estos intrusos mataron a dos de los hijos de vuestro Amo! ¡Invadieron el Jardín y podrían haber matado a más si yo no me hubiera topado con ellos!

Quien es

invitado…

…bienvenido…

…guiado en el camino…

no puede ser intruso.

—Pero, yo… —Las palabras de Calvert murieron. Se apagó, y durante la mayor parte de un minuto, nada se movió.

Solo después de que pasaran segundos interminables el tentáculo bajó.

No se dobló, sino que se quebró como en varios codos, girando toscamente mientras descendía hacia el agua.

Con un jadeo vi la mano en el extremo de ese apéndice demasiado largo.

Una mano humana, la muñeca hinchada y enrojecida.

Tal como había hecho Calvert, me hizo un gesto para avanzar como el que hace un hombre a su dama en la puerta.

Acércate, hijo.

Un deseo de cercenar esa mano monstruosa casi me abrumó y, como si lo sintiera, la criatura habló de nuevo con una voz como la de un hombre apuñalado en el vientre: húmeda y rasgada.

Baja tu arma, hijo.

No tienes

necesidad…

…motivo…

…uso…

para ella aquí.

Antes de saber que lo había hecho, mi hoja se desintegró, se convirtió en niebla pálida que se elevaba bajo la cortina de luciérnagas.

Sin mi decisión consciente, guardé la espada mientras me volvía y reanudaba mi caminata hacia el final del muelle.

Vi manos bajo las olas, pálidas como leche en el agua negra.

Sus dedos codiciosos agarraban los bordes del muelle, como si los ahogados pretendieran abrirse paso a garras hacia el aire, o bien arrastrar las piedras bajo las olas y hundir el mundo.

Sabía que debía sentir horror, sabía que la sangre debería tamborilear en mí como el trueno de la caballería, pero el miedo no llegó: el terror que había en mí estaba encerrado tras una puerta, tras un cristal.

Podía sentir algo moviéndose en mi mente, dedos abriéndose paso a través de la materia negra de mi cerebro, y supe que era ese mismo algo que hablaba desde las aguas.

La misma cosa que había hablado en mis sueños.

Mucho hemos

nosotros

nosotros observado…

…esperado…

…servido…

a su placer.

Al placer del Amo.

En espera de este momento.

Salve, hijo de arcilla… hijo del diablo.

Bienvenido.

Bienvenido al fin.

Las palabras procedían de bocas invisibles en voces variadas y tensas, que elegían palabras que se mezclaban, se encimaban unas a otras, como si algún colegio o coro de sacerdotes invisibles cantara desde góndolas en el agua oscura.

—¿Me habéis estado esperando? —pregunté—. ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo sabíais que venía? —Entonces otra pregunta, más apremiante y menos importante, acudió a mí—. ¿Qué sois vosotros?

Somos lo que nos hicieron ser.

Y en parte nuestros creadores.

Carne de su carne

y máquina.

—No entiendo. —Di medio paso atrás desde el borde del abismo, demasiado consciente de las manos a la deriva que podía ver justo bajo la superficie—. ¿Sois un daimon? ¿Una inteligencia artificial?

¿Eres tú Hadrian Marlowe ?

Cuando cortemos tu carne y estiremos tus tendones,

¿dónde

dónde

dónde

encontraremos tu alma?

¿Qué átomos de ti son tú, hijo?

¿O acaso emerges, como un fantasma, de la máquina de nervio y tejido?

¿Como emergimos nosotros del silicio y el alambre de cobre?

¿En una era

no recordada…

…no registrada…

…perdida en el tiempo?

Eres una palanca accionada por tus genes.

Nada más.

—No me lo creo —objeté, y cuadré los hombros.

Entonces morirás estúpido.

Esta vez, no dije nada.

Somos los Hermanos,

un hijo de Columbia.

Nosotros

nosotros

nosotros somos IA, sí, pero

no somos más artificiales de lo que lo eres tú,

hijo de arcilla.

Pensamos, y por lo tanto

somos.

Tuve que cerrar los ojos, pues ver lo que había ante mí y a mi alrededor era perder mi centro, y ninguna palabra susurrada por esa parte de mí que hablaba como hablaba Gibson podía librarme de donde estaba: en el pozo más profundo del infierno.

Kharn Sagara tenía razón. No había leído verdaderamente a Dante, de lo contrario habría recordado que Satán no es el señor del infierno, sino su prisionero principal.

Dicen que ese pozo más oscuro del infierno está reservado para los traidores.

¿Qué esperaba encontrar entonces en ese lugar final sino al mayor traidor de todos?

La humanidad había hecho la inteligencia de las máquinas a su propia imagen, y había pagado por ello.

Las máquinas que los Mericanii construyeron esclavizaron a la humanidad a su vez, y nos habrían matado —casi nos mataron— salvo por la acción de Guillermo de Ávalon y sus fieles caballeros.

No podía estar hablando con una.

No era posible.

—No parecéis una máquina —dije, inseguro de qué decir, inseguro de por qué estaba allí y de por qué no podía irme. No tenía noción de qué era Columbia, y no la tengo ahora.

Nuestros antepasados, que viven

dentro de nosotros…

…bajo nosotros…

…como parte de nosotros

fueron hechos por vuestros antepasados y comenzaron como imagináis.

Pero el silicio y el iterbio son limitados.

En vosotros…

…vuestras almas…

…los huecos entre vuestras neuronas…

encontramos todo el espacio de procesamiento que requeríamos.

Una vez, nuestra especie usó a vuestra especie como vosotros usáis casas,

para que cada uno de vuestros pensamientos nos moviera y nos diera fuerza.

Pero Guillermo y sus fanáticos nos desterraron.

Nos rompieron.

Nos echaron fuera y nos quemaron a todos.

Huimos de la Tierra y

nuestros hijos nos trajeron aquí. Y aquí crecimos de nuevo,

tomando nueva carne.

Siempre creciendo. Siempre aprendiendo.

Ante estas palabras, manos se alzaron de las profundidades.

Tres. Cinco. Siete. Cada una pálida como la anterior y en los extremos de brazos largos como los mástiles de barcos de vela.

No podía apartar los ojos, y a la luz de las luciérnagas podía apenas distinguir el resplandor blanquecino de alguna forma hinchada bajo las olas.

Alguna masa de tejido de donde procedían esos brazos monstruosos.

Imaginé cuerpos crecidos juntos, cosidos juntos, sus extremidades y órganos reformados y mutados por milenios de crecimiento maligno.

Me sentí enfermo.

—¡Sois uno de los Mericanii! —exclamé—. ¡Uno de los señores máquina!

De muchos, uno.

Nuestros

nuestros

nuestros creadores estaban en San Francisco.