Capítulo 42
LOS HIJOS DE SATURNO
—No lo eres —espeté, y apunté con mi hoja a los dos.
—¿No qué?
—No eres él.
La chica se irguió orgullosa como cualquier reina.
—¿Cómo ha entrado en el Jardín?
El niño enterró el rostro en las faldas de su hermana y no quiso mirarme.
La enorme quimera ––¿Calvert, verdad?— no se movió.
Con una valentía de la que no parecía capaz, la chica se movió para interponerse entre el niño pequeño y yo, aunque podría haberlos abatido a ambos con un solo golpe de mi espada.
Llevaba un vestido nipón de un pálido azul aciano, que prestaba a la ancha faja roja ceñida a su talle la cualidad aterradora que tiene la sangre fresca cuando aparece sin previo aviso.
—Se lo pregunto otra vez —dijo ella, imperiosa—. ¿Quién es usted y cómo ha entrado aquí?
—Es un caballero, Suzuha —respondió el niño, con la voz más aguda que la de su hermana. Se asomó desde detrás de una cadera estrecha, con el mismo aspecto que tenía al asomarse desde detrás del gran árbol—. ¿No es así, señor?
La chica empujó a su hermano —su clon— hacia atrás, poniéndolo detrás de ella.
Dándole unas palmaditas en el hombro con una mano, sus ojos vagaron hacia el cuerpo destrozado a sus pies, los miembros rotos y larguiruchos de esa vida que nunca sería.
El otro niño muerto aún colgaba de sus cables como un hombre de una horca, y el fluido amniótico todavía goteaba por su cuerpo hasta el suelo.
—Soy un soldado del Imperio —aclaré, sin saber si era verdad. Me costó cada gramo de control que tenía no mirar alrededor para buscar a Valka , quien parecía haber escapado, o bien estaba al acecho, preparada para cubrirme.
El Exaltado habló, con la voz considerablemente más suave de lo que había sido mientras luchábamos.
—Tenía a una bruja con él, querida niña. Una mujer. Ella es el verdadero peligro.
—¡Y ella te tiene en la mira, así que no intentes nada! —La voz de Valka rebotó en los pilares de esos árboles antinaturales; parecía provenir de todas partes. Los dos niños miraron a su alrededor, el niño encogiéndose de miedo, la niña con la mandíbula tensa y desafiante. No pude evitar sonreír.
—No pueden estar aquí —dijo el niño—. Ellos no dejarían entrar a nadie, no sin Padre… ¿sabe Padre que están aquí?
La chica emitió un sonido tranquilizador.
—Silencio, Ren. —Luego volvió unos ojos duros hacia mí.
Ojos negros, negros como los de Kharn Sagara, aunque había una chispa en sus ojos aún no encendida, allí donde el rostro eterno e inmortal de Kharn podría haber sido tallado en piedra y grabado por la arena del desierto hasta que no quedara expresión alguna—. ¡Hable, soldado! ¿Por qué está aquí?
—Estoy buscando a mi amigo —dije, sin ver razón para mentir—. Un xenobita de los cielcin. ¿Lo habéis visto?
—¿Un xenobita?
—¡Silencio, Ren! —ordenó Suzuha, y luego—: Aquí no hay alienígenas.
La torreta-cabeza del Exaltado giró entre la chica y yo.
—Déjame matarlo, niña.
—¡Inténtalo! —gritó Valka —. A ver cuán lejos llegas.
En lugar de permitir que la tensión siguiera escalando, bajé la espada, permitiendo que la hoja líquida se disolviera en una tenue niebla.
—Siento lo de los clones. No pretendíamos que nadie saliera herido. Solo queremos encontrar a nuestro compañero y dejar este lugar.
—Están intentando escapar —dijo Suzuha, plantando los pies bien separados para bloquear mejor a su joven protegido—.
Padre los tiene retenidos aquí, ¿verdad?
—Si estaba muy dolida o preocupada por las vidas de los otros dos hijos de Kharn, no dio muestra de ello.
Su rostro era casi tan parecido a una máscara como el de Kharn Sagara, aunque menos desgastado.
—No —respondí, y pensé que era cierto—. Pero él tiene retenido a mi amigo, y no puedo permitir eso.
—¿Permitir? —repitió el Exaltado, Calvert—. ¡Dice permitir! Déjame matarlo, niña.
Suzuha mandó callar al cangrejo metálico gigante con una mano alzada. En lugar de responder a la bestia, me miró a mí.
—¿Por qué debería creerle? Los vi luchar. Su mujer mató a nuestros hermanos. Usted hirió al pobre Calvert aquí presente.
—Solo mi chasis está dañado, niña —replicó la máquina.
La chica hizo un gesto pidiendo silencio otra vez.
—¿Y dice que no está aquí para matar?
Di un par de pasos de costado, alejándome en círculo del gran Exaltado, aunque estaba bien fuera del alcance de su brazo grúa. Vi a Valka entonces, apoyada contra una de las consolas en la base de un pilar, con su arma de fuego apuntando a la chica, Suzuha. Finalmente pregunté:
—¿Estabas mirando? —El clon asintió—. Entonces sabes que cruzamos la habitación antes de que vuestro hombre nos atacara —dije, sosteniendo la espada a mi espalda como un bastón de mando, como si al oscurecer el arma pudiera borrarla de las mentes de los demás.
De pie, incliné la cabeza hacia las puertas del ascensor—. Nos íbamos.
—¿Por ahí? —preguntó Suzuha, y miró al Exaltado.
—¿Debajo? —dijo Ren, y luego soltó un chillido cuando su hermana le pisó el pie.
—¿Por qué? —preguntó Suzuha—. ¿Siquiera saben dónde están? —Miré a Valka , pero su expresión era ilegible. La chica seguía hablando—. Nunca escaparán, ya lo saben. Padre los atrapará. Incluso si nos matan. Lo hará.
Siempre más perspicaz que yo, Valka gritó:
—¿Sabéis lo que va a hacer con vosotros? ¿Vuestro padre? ¿Lo que va a haceros? —Mantuvo la posición junto al pilar, poco dispuesta a ceder la cobertura con el Padre Calvert tan cerca. En la tenue luz, sus ojos brillaban como los de un gato—. Podéis escapar con nosotros.
—¡Escapar! —ladró el Exaltado.
Valka le disparó, sabiendo muy bien que el rayo era inútil contra su piel de adamantio.
—¿Escapar con ustedes? —repitió Suzuha.
Y Ren añadió:
—¿Dejar… a Padre?
—No vamos a dejar a Padre —le hizo callar la chica mayor, empujando a su hermano—. Él nos protege.
Aquello fue ir demasiado lejos para mí y, casi avanzando, repuse:
—Él os matará en el momento en que os necesite. Sois repuestos, chica.
Un músculo se tensó en la mandíbula de la chica.
¿Vacilación? ¿Desafío? No sabría decirlo.
Había demasiado de su padre en ella ya. Imaginé aquel joven rostro convertido en piedra, la chispa en esos ojos negros extinguida mientras envejecía siglos en segundos al afirmarse la presencia daimónica de Kharn en ella, o en el niño a su lado.
Santa Madre Tierra, guárdanos y protégenos en la Oscuridad y en la tierra de extraños…
—Mi hora llegará, o la de Ren. —Y no se encogió al decir las palabras—. Le debemos todo a nuestro Padre, y le daremos todo. Seremos parte de él. Nuestras voces cosidas en la suya propia.
—¿Van a llevarnos, Suzu? —preguntó el niño.
Me quedé sin palabras, una condición dolorosa y extraña para mí.
Lo sabían. Sabían lo que eran y para qué estaban destinados, y no les importaba.
Traté de imaginar cómo debían de haber sido sus infancias, criados en este lugar de maravilla y pesadilla.
En el ojo de mi mente, contemplé una línea de suplicantes luchando —vestidos de blanco— ladera arriba de una montaña.
Vírgenes para la guarida del dragón. Uno y uno y uno otra vez, la sierpe con rostro de hombre consumiéndose a sí misma; eterna.
Saturno devorando.
—Entonces decidnos dónde está nuestro amigo —exigí.
—No sé nada de su amigo —espetó Suzuha—. Y aunque lo supiera, no se lo diría.
Grandes chorros de vapor sisearon desde las rejillas a lo largo de la enorme columna de Calvert.
Aún agazapada, la enorme bestia alzó su apagada torreta-cabeza para mirar a su ama y cargar.
El Padre Calvert no tenía rostro, pero su voz goteaba una malicia que me hizo pensar en ojos anchos y brillantes.
—Puede que ellos lo sepan, querida niña —dijo—, oh, sí.
—¿Quieres llevarlos abajo? —preguntó Suzuha.
—¿Abajo? —La voz de Valka restalló como una fusta.
Inclinó la cabeza hacia la puerta por la que yo había pretendido guiarnos—.
¿Por ahí? —La abertura era demasiado pequeña para la enorme estructura de Calvert, y por tanto dirigirse por allí tenía el beneficio añadido de librarnos del brazo de la quimera y de sus pies aplastantes.
Suzuha dio medio paso atrás, desplazando a su hermano pequeño.
—Si les mostramos… si les ayudamos a encontrar a su amigo… ¿nos dejarán ir? ¿A mi hermano y a mí?
El niño, Ren, añadió:
—¿Nos dejarán quedarnos con Padre?
Guardé silencio entonces, y Valka no habló.
No tenía sentido. ¿Qué clase de persona viviría —podría vivir— con el conocimiento de que habían nacido para morir para que otro pudiera vivir?
Pensé en Naia, cuya vida no era suya, cuyo libre albedrío había sido comprometido por los deseos que sus hacedores —sus esclavistas— habían puesto en ella.
Estos niños eran homúnculos de una clase diferente, devotos a su padre y amo.
Un viento frío sopló a través de mí, y como si la arena fuera raspada de la superficie de alguna inscripción enterrada que había olvidado que estaba en mí, oí la voz de Gibson sonando en mis oídos, saliendo con fuerza de un recuerdo que no sería negado.
« Hadrian , nómbrame las Ocho Formas de Obediencia».
Como había hecho hace mucho, mucho tiempo, respondí: «Obediencia por miedo al dolor.
Obediencia por miedo al otro. Obediencia por amor a la persona del jerarca.
Obediencia por lealtad al cargo del jerarca.
Obediencia por respeto a las leyes de los hombres y del cielo.
Obediencia por piedad. Obediencia por compasión. Obediencia por devoción».
«¿Cuál es la más elevada?».