El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 41
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Capítulo 41

EL ÁRBOL DE LA VIDA

La puerta estaba exactamente donde la voz me había indicado.

Al igual que las otras en aquel extraño jardín, era hexagonal, como si fuera el portal de alguna nave estelar antigua.

A diferencia de la puerta junto al árbol solitario donde había visto…

lo que fuera que había visto… esta se abrió sin protestar.

Aun así me detuve, tal como me detengo al escribir esto.

En muchas ocasiones de nuestras vidas nos encontramos en un lugar extraño, un sitio en el que tenemos la certeza de no haber estado jamás, y sin embargo conocemos cada detalle, cada línea y cada faceta, como si algún eidolon hubiera tendido un puente a través del tiempo para preparar el escenario, como de hecho uno había hecho.

Debéis de pensar que es extraño lo poco que cuestioné mi visión, pero el místico que ha sido devorado por la llama y ha yacido con mujeres inmortales bajo las olas sabe que lo que experimentó es real, aunque todo escoliasta lo llame loco.

Se me había concedido una visión, y aunque ignoraba si su fuente era perversa o divina, no podía sino confiar en ella, pues a través de cada puerta y a la vuelta de cada esquina solo había lo que yo esperaba encontrar.

Con cada cámara que dejábamos atrás, yo creía.

—Este es el lugar —dijo Valka mientras escudriñaba a través de una ventana en el pasillo que daba a una sala de examen médico.

—Todavía no —repliqué, consciente de la necesidad de premura—. Más adelante y hacia abajo. —Casi pude oír cómo me fulminaba con la mirada cuando pasé rozándola y añadí—: Confía en mí.

El pasillo desembocaba en un amplio espacio sostenido por pilares cuadrados.

Solo teníamos que cruzarlo hasta otra puerta maciza y tomar un elevador hacia los niveles más profundos.

Allí, yo lo sabía —y lo sabía con la convicción del vate más devoto—, encontraríamos…

¿qué? ¿A Tanaran? ¿El ordenador de Kharn?

He oído decir que tales máquinas requieren frío para operar, y había hecho mucho frío en la oscuridad del tranvía que conducía a la sala del trono de Kharn.

— Hadrian .

Había algo en la voz de Valka que me hizo girar.

Estaba pálida bajo la luz amarilla, con la boca entreabierta, señalando a medias hacia el techo.

Yo había estado tan decidido a seguir adelante —y ya había visto la habitación— que su extrañeza y su horror escaparon a mi atención al principio.

Mis ojos siguieron a Valka y encontraron lo que sabía que debía encontrar.

Campanas de cristal como frutas del tamaño de sarcófagos colgaban de arcos nervados que brotaban de los pilares como las ramas de árboles impíos, de modo que nos hallábamos en otro tipo de jardín.

—¿Son esos…? —La voz de Valka se quebró.

—Niños —terminé yo, y supe al hablar que así era.

Cada uno colgaba suspendido en un fluido rosáceo y, desde el feto más pequeño hasta aquellos efebos en plena flor de la juventud, cada uno estaba conectado a mangueras y electrodos y monitorizado por dispositivos que yo no sabía nombrar.

No había ninguno igual: hombres y mujeres, pálidos, morenos y bronceados.

De cabello negro como el cuervo y dorado, o con el pelo tan rojo como la llama.

Cada uno de ellos era diferente, y, sin embargo, yo lo sabía—.

Todos son él. —Me estremecí, pues la duplicación de la carne era una Abominación. Una de los Doce, y un gran pecado.

—¿Sagara? —Aquel pliegue apareció de nuevo entre las cejas de Valka —. ¿Qué te hace decir eso?

No respondí de inmediato, tan perdido estaba en pensamientos que vagaban entre las ramificaciones sobre mi cabeza.

—Solo un presentimiento. —Pero sabía que tenía razón.

Si las leyendas eran ciertas —y las leyendas eran ciertas—, entonces Kharn Sagara tenía casi quince mil años.

¿Cuántas vidas eran esas? ¿Cuántas generaciones?

¿Cuántos cuerpos había usado? Sobre nosotros, el cuerpo de una niña —no parecía tener más de doce años— aguardaba a nacer.

Grandes agujas, como las que yo había llevado tras mi asalto en Meidua al inicio de mi viaje, se enterraban bajo su piel.

Decenas de ellas. Estaban tejiendo músculo, manteniendo los tejidos blandos a la espera del día en que los necesitara el amo.

Tenía la misma tez bronceada que el propio Kharn, los mismos pómulos altos.

A su lado, un niño —mucho más joven— poseía la forma germinal de la pesada frente y el cabello negro del Inmortal, aunque su piel era color café y no bronceada en absoluto.

Podía ver sombras, ecos del hombre del trono en los rostros de cada uno de los niños allí presentes; recordando a los mercaderes de carne en la Estación March , me estremecí, pues parecía que no estaba mirando a niños en absoluto, sino a rasgos.

Genes. Los componentes dispersos de un hombre interpretados en una sinfonía desarticulada, el tema de su ser repetido infinitamente y alterado hasta parecer perdido en el caos.

—Estos no son él —objetó Valka —. Son sus clientes.

Sabía que ella estaba equivocada, pero no tenía estómago para discutir.

Sabía dónde guardaban a los clientes, un poco más atrás, detrás de nosotros, saliendo de la sala con el obelisco y las estatuas sangrantes.

Allí estaban los dormitorios y otras instalaciones, pues los niños clon de gente como el Barón Song y el Duque de Milinda eran criados como niños y no mantenidos en espera como cerezas listas para ser recogidas.

Me acerqué a la vaina más cercana y, mirando hacia arriba, contemplé el rostro de un niño pálido, apenas un infante.

¡Qué pequeño era! Sus ojos estaban muy abiertos, sin ver, extrañamente gelatinosos.

Ya podía ver el negro en ellos, el mismo negro que había visto en los ojos del demoníaco Kharn.

Entre los antiguos victorianos —un pueblo en cuyo honor se nombró mi propia constelación— se creía que el ojo podía registrar la última imagen que veía, y que un optógrafo podía extraer esa imagen y así adivinar las circunstancias de la muerte del pobre sujeto.

Me pregunté qué tipo de imagen se podría encontrar en esos ojos que aún no habían visto nada en absoluto.

Era un pensamiento absurdo, convertido en aún más absurdo por la creciente sensación de presión que sentía por continuar nuestro camino.

Fuera lo que fuera que me estuviera pasando —fuera lo que fuera que hubiera pasado—, todavía estábamos en lo profundo del palacio del Inmortal.

Dejé de examinar el feto en gestación que tenía sobre mí y, haciendo un gesto a Valka , me dispuse a continuar.

Apenas lo había hecho cuando la oí: una voz baja cantando.

Madera y barro el agua llevará,

el agua llevará, el agua llevará,

Madera y barro el agua llevará,

mi bella dama.

Había algo extraño en las palabras, y me tomó un largo, largo rato darme cuenta de que estaban siendo cantadas en inglés clásico, el antiguo idioma de los escoliastas y los Mericanii.

—¿Qué es eso? —preguntó Valka . No estaba seguro de si ella conocía el idioma, y me llevé un dedo a los labios antes de señalar mi camino a través de la sala, pasando por lo que parecía un elevador industrial estacionado del tamaño de un tanque.

Alzadlo pues con ladrillo y mortero,

ladrillo y mortero, ladrillo y mortero,

Alzadlo pues con ladrillo y mortero,

mi bella dama.

—No tenemos que ir muy lejos —susurré, confiando en mi visión—.

Si estoy en lo cierto, está justo delante.

—Unos buenos sesenta metros nos separaban de la salida, y supe con una convicción que no podía explicar que no quería encontrarme con quienquiera o lo que fuera que estuviese cantando esa antigua canción.

Ladrillo y mortero no aguantarán,

no aguantarán, no aguantarán,

Ladrillo y mortero no aguantarán,

mi bella dama.

Incluso mientras nos movíamos para despejar el suelo, una parte de mí se detuvo, como si algún otro Hadrian se volviera y frunciera el ceño bajo el peso de mis pensamientos. Era una rima infantil, me di cuenta. ¿Y por qué no? Por grotesco que fuera, estábamos en una guardería.

Alzadlo pues con hierro y acero,

hierro y acero, hierro y acero,

Alzadlo pues con hierro y acero,

mi bella dama.

No puedo decir por qué la rima infantil me infundió tal terror sagrado, pero casi corrí, de tal manera que fue solo mi deseo de permanecer junto a Valka lo que me mantuvo en el sitio a su lado.

Pasamos apresuradamente junto a la pieza de equipo de carga estacionada; reparé en el enorme brazo que servía para recuperar las vainas de especímenes de su lugar de almacenamiento, sobre nuestras cabezas.

Hierro y acero se doblarán,

se doblarán, se doblarán,

Hierro y acero se doblarán,

mi bella dama.

Me congelé, lo juro, antes de que llegaran las siguientes palabras. Fue como si yo fuera algún actor eudorano mal entrenado que anticipaba su entrada, pues incluso mientras cruzábamos aquel horrible salón sentí de nuevo la familiar sensación de ojos presionados contra mi nuca.

—¡Oh! ¿Qué es esto entonces? —La voz, profunda como un trueno distante, plantó garfios en lo profundo de mi espalda—. ¡Intrusos! ¿Intrusos en mi Jardín?

Me giré, con los pulgares enganchados en el cinturón de mi túnica de modo que cada mano colgara cerca de los controles tanto de la espada como del escudo. Al girarme, desplacé el pie izquierdo para quedar en ángulo, forzando a Valka a situarse detrás de mí. Si ella se opuso, no dio señal alguna.

No había nadie allí. El salón estaba vacío salvo por los niños clon durmientes en sus vainas colgantes y la unidad elevadora estacionada.

—¿Quién anda ahí? —exigí, moviendo la mano hacia la espada.

—Debería preguntarte lo mismo, hombrecillo —respondió la voz. Sentí mi pecho vibrar, tan profundo era su sonido—. ¿Asesinos, sois? ¿Destructores?