El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 40 #3
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Capítulo 40 #3

—Es un dormitorio —dije, pasando una mano sobre una calcomanía pelada pegada a la pared junto a un marco de puerta de metal. Dentro había una sola cama, desnuda hacía mucho tiempo, con grabados en madera negros por el tiempo colgando indiscernibles en las paredes.

—¿Qué es este lugar exactamente?

La escritura en la calcomanía estaba muy descolorida y escrita en niponés. No podía leerla, aunque pensé que los caracteres parecían inconexos, infantiles. —Yume me dijo que los jardines eran para los niños.

—¿Los niños? — Valka se movió para mirar por encima de mi hombro. Podía sentir su ceño fruncido, imaginar el surco formándose entre sus afiladas cejas—. Ichirou.

—¿Cómo dices?

—Eso es lo que dice. —Señaló el letrero—. Es un nombre.

Me separé y fui hasta la siguiente puerta. La habitación de más allá era idéntica, salvo por el caballo de juguete de madera que yacía de costado en el suelo. Sin que yo se lo ordenara, mis dedos se apretaron alrededor de la empuñadura de mi espada.

—Deben de haber tenido a los niños aquí en otro tiempo. Los destinados a los clientes de Sagara.

—Pero ¿dónde están ahora?

—Ni idea.

—No creo que estemos en el lugar correcto, Hadrian —advirtió Valka .

No la oí. Sentí… algo. Aún a día de hoy no puedo describirlo completamente.

Fue como si hubiera oído un ruido fuerte en una habitación lejana, y sin embargo estaba seguro de que todo estaba en silencio salvo por el latido de mi corazón, tan cerca de mi boca, y el suave crujido de Valka moviéndose.

Y, no obstante, como un ruido, me dolió, y retorció mi atención.

—¿Qué pasa? —preguntó Valka , pero me llevé un dedo a los labios.

Sin inmutarse, la doctora siseó—: Hadrian , ¿qué pasa?

—Pues sabía que los míos eran oídos de palatino, y más agudos que los suyos.

Bruja podía haber sido, pero cualquiera que fuese la praxis tavrosi que poseyera, sus oídos eran solo humanos.

Pero no era ningún sonido lo que había oído, sino una sensación que me atenazaba como si estuviera en una vía de tranvía y, congelado, supiera que el tren venía.

Cada músculo en mí se agarrotó a la espera de algún ataque que nunca llegó. Lo que llegó fue más extraño.

Hadrian …

Mis ojos se abrieron de par en par, y debí de haber hablado, porque Valka dijo:

—¿Qué?

No era posible. Estaba loco, o bien soñando de nuevo.

Tú.

Tú.

Estás cerca ahora.

—¡ Hadrian ! — Valka me agarró por encima de un codo—. ¿Qué demonios está pasando?

—¿No lo oyes? —Me lancé hacia adelante y, tambaleándome, caí sobre una rodilla—. No puede ser…

Este no es el camino.

Ven…

¡Ven!

Sus dedos se clavaron en la carne de mi brazo, e incluso a través de la tela de mi túnica y mi abrigo hice una mueca de dolor.

—¿No puede ser qué, Marlowe ? —Trató de ayudarme a levantarme, en vano.

—La voz de mis sueños —dije, y luché por ponerme en pie yo mismo.

—¿Tú qué? —Pude oír el filo volver a su tono, el viejo e implacable escepticismo. La intolerancia. Casi esperé que me soltara.

—No es importante…

¡Escucha!

Vi en cambio, vi un borrón y una maraña de pasillos, como si mis ojos hubieran saltado de sus cuencas y fueran arrastrados a través de altas cámaras y oscuridad; como si descendieran por un ascensor antiguo y traqueteante hasta una orilla pedregosa y la oscuridad salida de mis sueños.

Tan repentinamente como había comenzado, terminó. Me tambaleé y, al fin, caí.

Valka me sacudió.

—Abre los ojos. —Lo hice. Cuando no hablé de inmediato, me sacudió de nuevo—. Si no me dices qué está pasando, juro por todos mis antepasados que te voy a abofetear.

Mi rostro se puso duro como la piedra, y giré la cabeza para mirarla.

—No me creerías si te lo dijera.

—Ponme a prueba.

Me puse de pie antes de que ella pudiera cumplir su amenaza, apoyándome contra la pared.

La voz había huido y había dejado solo imágenes.

Me estremecí, sintiéndome violado casi tanto como lo fui por Naia la noche que Kharn la había llevado a mis aposentos.

Había un pensamiento en mí que no era el mío.

No sabía qué pensar o qué creer. No pensé en ello en absoluto, porque sabía lo que debía hacer.

La puse a prueba, diciendo:

—He estado teniendo sueños. Dos veces desde que llegamos aquí.

Una vez en el camino de bajada desde la órbita y luego otra vez después de conocer a Kharn.

No pensé mucho en ellos, a menudo tengo sueños extraños, pero…

—Me fui apagando, incapaz de mirar a Valka a la cara y ver el reflejo allí de lo loco que sonaba—.

Hay una voz llamándome, pidiéndome que escuche.

Es oscura… —Sentí la presión de sus ojos, su juicio, recordando la forma en que me había despreciado en Calagah cuando le hablé de mi visión—. No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si estuviera loco.

—Ni siquiera me estás mirando.

—No hace falta —espeté, con excesiva frialdad. Haciendo eco de la voz que había oído, añadí—: Escucha. Déjame demostrártelo. Que no estoy loco. —Devolví la espada a la funda de mi cadera con un chasquido y alisé las anchas solapas de mi casaca—. Sé adónde ir.