El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

—Déjame adivinar —dije fríamente, tratando de dominar el latido de mi corazón amotinado—. ¿No has sido tú?

—No he sido yo.

Puse la espada de Olorin en guardia.

—Atrás.

El leve zumbido de las bobinas de plasma cargándose en el arma de Valka sonó sobre mi hombro.

—Te cubro.

El pasillo de más allá era hexagonal, como la puerta, interrumpido a intervalos por pilares que dividían las paredes en nichos.

Los tacones de mis botas repiqueteaban en el suelo de metal, el sonido rebotando en las duras paredes de modo que Valka y yo sonábamos como una centuria entera de tropas.

Se abrían puertas a ambos lados, y a través de ellas podía ver cámaras de metal monótono con bancos o maquinaria que no sabía nombrar.

—Es más parecido a lo que esperaba —dijo Valka .

Entramos en una cámara amplia y de techo alto, una arcada sostenida por varios pilares de cristal.

No, me di cuenta, pilares no.

Recintos.

El mayor de estos tenía tres metros de lado, los más pequeños —cerca de los bordes de la habitación— no tenían más de un codo de diámetro.

En algunos, pájaros brillantes como joyas revoloteaban entre ramas con corteza como oro bruñido.

En otros, peces con escamas de matices innombrables se perseguían unos a otros en agua clara o entre las frondas colgantes de plantas parecidas al kelp.

Los recintos más grandes, aún pequeños para los estándares de la mayoría de las casas de fieras que he conocido, albergaban criaturas mayores: monos aferradores, felinos holgazanes y criaturas más extrañas aún.

Un par de criaturas peludas con ocho brazos radiales daban volteretas como acróbatas por una pendiente de piedra ingeniosamente dispuesta, y frente a ellas un trío de criaturas como el antiguo nautilo flotaban en un gas naranja, sus conchas quitinosas cubriendo lo que parecía poco más que un globo.

Otra de las grandes ampollas de cristal parecía no contener nada más que sombras, pero la placa de bronce afirmaba que contenía al temido tokolosh, la umbra comedens, el animálculo que podía arrancar la carne de los huesos más rápido que cualquier piraña de la mítica Amazonia.

—Retiro lo dicho —dijo Valka —, no es lo que esperaba después de todo.

—Es un zoológico —apunté, pasando la mano por una de las placas de bronce de las especies.

El rostro de Valka se entristeció.

—Estas jaulas son demasiado pequeñas.

—Esta no —dije, deteniéndome junto al juego de lentes de aumento que había junto a una exhibición de tardígrados en un agua que, por lo demás, parecía vacía.

Avanzamos más allá de herrajes barrocos y nos adentramos más en la instalación, a lo largo de otro pasillo y pasando recintos más grandes —celdas en realidad— donde acechaban panteras y una bestia parecida a una mano humana grande como un mastín.

Formas de vida terranas y extraterranas se hallaban en cámaras discretas, o bien se mezclaban en biomas como pinturas surrealistas, hojas verdes y hierbas intercaladas con colores desconocidos para la Madre Tierra.

No vimos a nadie, ni siquiera los ojos flotantes de Kharn.

Salvo por los sonidos de las diversas criaturas y el distante zumbido de grandes motores en las profundidades bajo el mundo, el lugar estaba en silencio.

Agucé el oído para escuchar el sonido de pies en retirada o una puerta abriéndose; cualquier señal de que los ojos que había visto bajo el árbol eran reales.

Cámara tras cámara pasaron de esta manera, ambos esperando algún truco o ataque en cualquier momento.

Pasamos a través de la casa de fieras de Kharn y salimos bajo una cúpula, que era como la prima pequeña de la cúpula de la Ciudad muy por encima.

Piedra triturada, blanca y negra y cepillada en patrones, formaba un mandala bajo aquella cúpula.

Estatuas pálidas se alzaban en anillos concéntricos alrededor y a lo largo del diseño, con los brazos levantados en imprecación, en súplica, hacia el dedo negro de un obelisco roto en el centro de la cúpula.

Era otro jardín, un jardín de rocas tal como les gustaban a los escoliastas y sus precursores zen.

—Este lugar no tiene ningún sentido —dijo Valka —.

¿Una casa de fieras? ¿Jardines? ¿Por qué encerrar todo eso?

¿Por qué no tenerlos en la Ciudad para las otras personas de aquí?

—Había enfundado su arma, y se acercó a la más cercana de las estatuas en el anillo exterior.

Muy arriba, un viento procedente de conductos de ventilación invisibles agitaba las barbas colgantes de musgo que pendían como estandartes de templo de la mampostería desmoronada.

—Sigue sin ser muy buen laboratorio.

Valka gritó y se apartó de un salto de la estatua. Actuando por reflejo, fui a su lado.

—¿Qué es?

—¡Se ha movido! —Tenía el arma en la mano otra vez, pero no apuntaba a la imagen de mármol.

Era una mujer, desnuda salvo por algún chal vaporoso que no lograba ocultar sus altos pechos.

El tiempo y el agua la habían carcomido, y faltaban grandes trozos en un brazo y en un muslo liso.

Trozos enteros del chal, también. No sabría decir si se había movido, solo que había grietas a lo largo de la delicada línea de su cuello.

Algo rojo como la tinta con la que registro esto manaba allí, más espeso que la sangre y más brillante, y de golpe me recordó menos a la piedra y más a la carne de algún hongo macabro.

—¿Estás segura? —pregunté, y toqué el hombro de la cosa.

No se sentía como piedra, se sentía esponjoso, blando.

Un verdugón rojo se levantó en el hombro donde la había tocado.

Valka no me respondió, pero podía sentir el reproche en sus ojos, aunque no me volví para verlo—.

No crees que estos fueran personas, ¿verdad?

—No tengo ni idea —dijo Valka —. Salgamos de aquí. Tenemos que encontrar a Tanaran y liberar el bloqueo de la Mistral . No hay tiempo.

Sacudiéndome, miré alrededor, y noté por primera vez que varias puertas se abrían a lo largo de la circunferencia de la pared.

No pude evitar sentir que no estábamos en ningún lugar real en absoluto, sino perdidos en medio de algún tipo de sueño, o que vagábamos por los recuerdos de Kharn, o alguna otra construcción de su imaginación.

El Jardín parecía mezclado, dispuesto sin ningún gran plan arquitectónico, como si cada habitación estuviera hecha según algún esquema secreto y separada de cada una de las otras, con cada puerta abriéndose a una escena aleatoria en una nueva obra de teatro.

La siguiente que abrimos reveló un jardín acuático, nenúfares plateados y lotos rosados como doncellas flotando en estanques negros como la tinta; mariposas rondando aires inmóviles.

Detrás de la siguiente puerta, un solo dedo de roca dominaba un corral donde un azdarca se daba un festín con el cadáver fresco de un león.

Por fin encontramos una puerta que se abría a otro pasillo.

Las luces del techo se encendieron a nuestro paso, y nuestros pies levantaron pequeñas nubes de polvo, como si nadie hubiera estado en aquel lugar en mucho tiempo.

Las puertas permanecían abiertas a ambos lados, revelando cámaras con filas de viejos catres atornillados al suelo.

Me recordó, con una aguda pérdida y anhelo que no había esperado, al hipogeo del Coloso en Emesh , donde conocí por primera vez a Switch y a Pallino y a los demás.