Capítulo 39
LA ÚLTIMA HISTORIA
Llegó el día en que no pudimos esperar más.
Habían pasado tres días, sin nada destacable que los marcara salvo que Valka me acompañó en mis vagabundeos por galerías llenas de historias y a lo largo de las abarrotadas salas de exposición.
Yume había declinado hablarnos de todo lo que no fueran las cosas más superficiales, y así nos habíamos dedicado a explorar el laberinto.
Tal vez yo esperaba encontrar a Tanaran entre la colección, vagando ello mismo como se nos permitía hacer a nosotros.
Tres veces vi uno de los ojos errantes de Kharn brillando en la penumbra.
Solo una vez se detuvo cuando lo llamé, y no se quedó a escuchar mis palabras.
Un aire húmedo sopló contra nuestros rostros cuando se abrió la puerta de la Escalera de la Orquídea.
Las flores que le daban nombre colgaban de las ramas de los árboles y de los arcos de estilo nipón que se alzaban a lo largo del sendero serpenteante hasta el nivel de la puerta.
La iluminación artificial era más ocre ahora que dorada, aunque no sabría decir si simulaba el atardecer o el amanecer.
Las cigarras chillaban en el falso crepúsculo, y el ruiseñor cantaba.
—¡Es precioso! —susurró Valka , adentrándose en la luz tenue y menguante.
Noté que los farolillos que colgaban de los arcos torii empezaban a brillar y, a pesar del peso de dónde estábamos y del delgado hilo del que pendíamos, sonreí.
La alegría es inusual, algo que pertenece siempre al ahora, que existe sin tener en cuenta el tiempo pasado ni el tiempo futuro, y sin depender de ellos.
A pesar del largo camino y sus problemas, a pesar de los horrores que aguardaban más adelante, nunca he olvidado su sonrisa de entonces ni el sonido de su voz.
Fue… un momento perfecto, cortado como cristal de la tela del tiempo.
Yo solo era un observador, y por tanto sentía que debía estar en otra parte, como si estuviera entrometiéndome igual que una nube de tormenta en una víspera de solsticio de verano.
La Escalera era hermosa, y el descenso era hermoso; como si el atardecer hubiera transportado aquella gruta escalonada desde Vorgossos a Faerie, como si la puerta en el fondo se abriera a la corte de Oberón y no al círculo más profundo del infierno.
¿De qué otra forma podría ser? El Satán de Milton se había erigido un palacio más grande y más bello que cualquier otro en la creación, después de todo.
Luces pálidas cobraron vida guiñando entre las ramas y las flores colgantes, plateadas y de oro pálido.
Centelleaban, flotando a la deriva como vainas de diente de león en el aire.
A medida que la sangrienta luz del sol se atenuaba, apagándose, era como si las estrellas mismas hubieran atravesado miles de metros de piedra para posarse en el aire de aquella caverna.
Sin embargo, delante de mí, Valka se detuvo.
—¿Qué son? —preguntó, incrédula.
Yo lo sabía. Había oído historias sobre ellas el tiempo suficiente de labios de Cat .
—Phasma vigrandi —dije—, las luces feéricas de Luin.
—¿De verdad? —Los ojos de Valka eran anchos como lunas mientras giraba sobre sí misma, bebiendo aquella visión imposiblemente hermosa—. ¡Nunca las había visto!
—Yo tampoco —admití—. Parecían flotar más que volar, arrastradas como brasas o copos de nieve.
Muchas se posaban contra los troncos de los árboles, o sobre la hierba alta y las flores brillantes como un rocío fosforescente—.
Tuve una… amiga, hace mucho tiempo, que siempre quiso verlas.
—Extendí una mano, esperando que una pudiera posarse en ella como mariposas en un lepidopterario.
Nunca lo hicieron. No podía distinguir sus formas, de tan brillantes que eran, y eran tan pequeñas que parecían compuestas solo de luz.
«Cuéntame una historia, ¿quieres? Una última vez».
Casi podía oír la voz de Cat , sus palabras pequeñas y encogidas por la enfermedad, igual que ella misma.
Le había contado la historia de Kharn Sagara al final.
Nuestra última historia. Le había contado cómo Kharn Sagara había vengado la muerte de su madre y la muerte de su pueblo.
Cómo había vuelto a los Exaltados contra sí mismos y se había convertido en su señor.
Decían que había conquistado a un daimon y lo había hecho su esclavo. Yo no lo había creído.
A veces pienso que Edouard tenía razón, que hay un Dios, y que se burla de mí. ¿Por qué si no marcarían las hadas de Cat el camino hacia esa última y terrible puerta? ¿Y por qué el camino hacia su umbral discurriría a través de esa última historia que había compartido con ella?
«Descansa tranquila, Cat . Y encuentra la paz en la Tierra».
Por hermoso que fuera el momento, no podía durar.
Nos acostumbramos a la visión de las luces de hadas mientras descendíamos la tosca escalera, atentos a los emas de madera que colgaban de las ramas y de los torii.
No podía leer las letras pintadas, ni adivinar su propósito.
Donde antes no me había conmovido la belleza de aquel jardín, ahora comprendía…
comprendía que cada templo, santuario y sala de palacio era una imitación hecha en piedra sin vida del mundo vivo.
Que los pilares eran solo la más pobre imitación de los árboles, y que las bóvedas de crucería de arcos y galerías no eran nada al lado de los doseles que colgaban sobre nuestras cabezas.
Habíamos venido a hacer una cosa, y a ver lo que pudiéramos ver. Valka fue la primera en pisar el mosaico al fondo del Pozo, y aquí alzó una mano. Yo había estado hablando —sobre qué, no puedo decirlo— y callé como una piedra.
—Tengo algo —dijo, con voz susurrante, y bajó todos los dedos menos uno, como si probara el viento con él.
Tengo poco entendimiento de las máquinas, y casi ninguno de ese tipo conectado en red con cuya operación Valka estaba tan familiarizada.
Así que cuando digo que ella era una bruja para mí es porque no había diferencia a mi percepción entre las artes que ella practicaba y los encantamientos pronunciados por hechiceras en las fábulas más antiguas.
He oído decir que no hay magia en toda la Creación.
Que lo que pasa por magia es, para aquellos iniciados en su misterio sagrado, solo una especie de conocimiento.
En esto, la taumaturgia de Valka era una habilidad poco diferente de mis capacidades con una espada, solo un arte o ciencia cuyo funcionamiento me era ajeno.
Así también son las artes de los escoliastas, o los vanagloriados poderes de los Maeskoloi, la hechicería genética del Alto Colegio y los horrores disfrutados por los Exaltados.
Todos se erigen como el espadachín ante su presa: para ser conquistados por sus artes.
Tengo motivos para dudar de esta creencia.
Hay misterios en la Creación que no se descomponen, que desafían nuestra capacidad.
Existen muros más allá de cuyas puertas ningún arte o razón puede servir, y preguntas que no pueden ser respondidas.
De estos, algunos existen solo por nuestros propios fracasos —como mi ignorancia de las máquinas—, pero otros, otros simplemente son.
Sé que lo que Valka hizo no era verdaderamente magia, aunque me lo pareciera.
Pero al lado de las cosas que siguieron, misterios en el sentido más verdadero, su despliegue de poder me parece una cosa perfecta: la imagen de la autoridad humana ordenando el caos de la Creación.
En todo nuestro tiempo juntos, había tenido pocas oportunidades de ver a Valka obrar su magia y, aunque vi mucho de ella después, es al falso crepúsculo en la Escalera de la Orquídea adonde mi mente va primero cuando pienso en ella: caminando en silencio a través de teselas de colores.
Nunca bajó la mano, aunque inclinó la cabeza hacia un lado, como si tratara de localizar cada pájaro que cantaba en los árboles de los niveles superiores.
Me dijo una vez que navegar por una esfera de datos era como intentar atrapar agua con las manos ahuecadas.
Tanta información pasaba por delante de ella, tantos puntos y nodos trabajando a la vez, que el estrecho ojo de su atención —ampliado como estaba por su encaje neural y entrenado para manejar tales cosas— se esforzaba por aprehenderlos.
—¿Dijiste que el androide te echó la última vez que estuviste aquí?
—preguntó. Caminé alrededor de ella, con las manos a los costados, hasta interponerme entre ella y la pesada puerta al final del tosco túnel.
Tenía los ojos cerrados, y profundas arrugas trazaban la forma de la lucha en su rostro—.
¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —preguntó ella, entreabriendo un ojo.
—¿Tienes una idea mejor?
—Varias —repuso, pero la sonrisa que se coló en su rostro serio fue como un rayo de sol en la oscuridad de la noche.
Las luces en el pasillo ante nosotros parpadearon y se apagaron.
Mi mano fue al lugar donde la espada colgaba familiar contra mi cinturón, lista en el cierre electromagnético que la sostenía en su lugar.
Me giré, manteniéndome entre Valka y la oscuridad donde había estado la puerta grabada, con mi mano izquierda lista en el pestillo que activaría mi escudo Royse.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
—¡Chist! —siseó Valka . Un viento húmedo suspiró por el pasillo; parecía arrastrar las sombras consigo mientras suspiraba alrededor del fondo del Pozo—. ¡Esa es la puerta!
Algo repiqueteó contra las baldosas de mosaico a mis pies, y fue solo mi larga experiencia en combate lo que me mantuvo quieto.
Era uno de los ojos de Kharn, un pequeño pececillo de plata no más largo que el canto de mi mano.
No dudé, y lo aplasté bajo mi talón. Luces rojas se encendieron de golpe a lo largo del suelo del túnel y, volviéndome hacia Valka , pregunté:
—¿Lo sabe él?
Ella guardó silencio un largo momento, con el rostro cerrado como un libro de golpe. Al poco se abrió, e hizo una mueca.
—No lo creo. La puerta estaba en un sistema cerrado. Aislado. Ni siquiera ha sido difícil.
—¿Y el ojo?
—¿El qué?
Aparté la cosa con la punta del pie.
El horror y la confusión lucharon en su rostro de mármol. La confusión ganó. Con una voz seca como pergamino viejo, dijo:
—No he sido yo.
Sus ojos dorados encontraron los míos. Durante un instante, ninguno de los dos se movió. Algo más había interferido, había dejado fuera de combate el ojo de Kharn. No el propio Kharn, seguramente.
Tras un momento de inquietud, dije:
—Deberíamos irnos. —Y esperando a que ella se pusiera a mi lado, me apresuré por el pasillo iluminado de rojo hacia la creciente oscuridad.