Capítulo 33
DIVIDE Y VENCERÁS
—¡ Hadrian ! — Valka se apresuró hacia delante en el instante en que Yume abrió las puertas—. ¿Qué demonios ha estado pasando?
Switch se puso en pie de un salto, y Crim e Ilex levantaron la vista desde donde habían estado viendo alguna ópera holográfica en el terminal de esta última.
Solo Pallino permaneció impasible, apoyado contra un pilar en la pared lejana de la suite.
Me alegró ver que los habían dejado juntos.
Durante los muchos días de mi encarcelamiento había imaginado a cada uno encerrado en celdas separadas, o algo peor.
Pero, bien mirado, las habitaciones eran cómodas.
Carentes de decoración, sí, pero ricamente equipadas de una manera idéntica a la sala de espera donde había conocido a tantos señores monstruosos y gente fina.
Los restos de una comida permanecían en un gran carrito de servicio, los platos usados aún fragantes con el olor a romero y tomillo.
—Apenas acabo de hablar con él —dije, poniéndole una mano en el hombro—. He estado atrapado en una especie de corral de contención los últimos… ¿cuánto tiempo ha pasado?
—Veintitrés días estándar —ladró Pallino —. Pensé que te habrían convertido en uno de esos… huecos.
Enderezando los hombros, Switch intervino:
—Estábamos pensando en una forma de ir a rescatarte… solo que nosotros no podíamos salir tampoco.
Siempre atenta, Valka dijo:
—¿Con quién hablaste? —Sus cejas se contrajeron—. ¿Dijiste que hablaste con alguien?
—El Inmortal —dijo Crim .
—¿Era Kharn Sagara? —preguntó Pallino —. ¿Era realmente Kharn Sagara?
Apreté los labios.
Ilex negó con la cabeza.
—Imposible.
Su voz todavía vibraba en mí, emanando como del aire mismo. Aún podía oler el hedor antiséptico que desprendía y la fragancia de la mirra; ver el espantoso mosaico de su carne y los ojos negros tan, tan lejanos.
—No dirías eso —le dije a la dríade— si lo hubieras visto.
Aquello detuvo sus dudas, y algo en mi rostro detuvo todo cuestionamiento sobre el tema de si era o no el verdadero Kharn Sagara a quien yo había conocido.
Supuse que era posible que la criatura en la pirámide fuera algún usurpador, algún pretendiente al nombre de Sagara, pero no creía que fuera así.
—¿Puede ayudarnos? —preguntó Valka , alternando la mirada entre la máquina que aún esperaba en la puerta y yo—. ¿Puede organizar una reunión con el caudillo de Tanaran?
No dije que no, aunque Sagara prácticamente lo había hecho. La verdad era que había salido de mi audiencia sin saber dónde estaba. Kharn me había reprendido, se había burlado de mí y no me había dejado camino por delante, y sin embargo…
—Desea hablar con Tanaran. Tenemos que ir a recuperarlo de la Mistral .
—¿No podemos llamar a la nave desde aquí?
Yume habló.
—No se permiten comunicados electrónicos ni cuánticos en el sistema salvo por orden del Amo.
Sin miedo a la máquina, Valka se volvió hacia ella.
—Entonces dile a tu Amo que deseamos enviar un mensaje a nuestra nave.
—Lo siento, señora, pero me temo que eso no será posible.
—¿Y por qué no?
—La seguridad de esta instalación y la privacidad de su gente son primordiales.
—La seguridad de… — Valka dejó la frase en el aire. Por lo bajo, añadió—: No puedes hablar en serio.
El androide no dijo nada, implicando con su silencio que hablaba mortalmente en serio.
Switch se movió incómodo donde estaba, dividido, creo, entre el miedo al androide y el deseo de interponerse entre la máquina y yo. Con voz pequeña, dijo:
—Iré yo. Puedo explicárselo todo a la capitana Corvo y volver aquí con el Pálido. Yo… —Se interrumpió, dándose cuenta de la brecha en su planificación—. Had , necesitaría que tú o la doctora vinierais conmigo. No hablo el idioma de los monstruos y no me fío de su galstani.
Valka y yo intercambiamos una mirada. No deseaba presentarla voluntaria para un viaje de vuelta por el ascensor orbital hasta la plataforma de atraque y la Mistral, pero tampoco deseaba dejarla a ella ni a ninguno de los otros atrás en aquel lugar terrible.
Tras haber tratado tan recientemente con Kharn, me contenté con esperar a Valka , sintiendo su impaciencia.
No me decepcionó, pues ni un momento después dijo:
—Iré yo.
—Deberíais ir todos —apunté, cruzándome de brazos—. Yo me quedaré atrás y veré si puedo avanzar aquí.
Para mi asombro, Switch no argumentó que él debiera quedarse. No me miraba a los ojos. Lo creí simplemente cansado, agotado por el peso de su encierro y ansioso por irse.
Aún inmóvil desde su lugar junto a la pared, Pallino preguntó:
—¿Seguro que estarás bien? —Fulminó con la mirada a la máquina, de un cíclope a otro.
Yume no pareció notarlo, ni importarle. Era difícil recordar, cuando no se movía ni hablaba, que el androide estaba animado en absoluto.
Uno podría haberlo imaginado solo como otra de esas estatuas de bronce deformes.
Pero yo sabía de quién era el ojo en el rostro de Yume, un ojo entre diez mil, y sabía que Yume no era ninguna estatua.
—Estaré bien —aseguré en tono despectivo, y le di una palmada en la espalda al otro hombre. Volviéndome hacia Yume, pregunté—: ¿Cuánto se tarda en volver a la órbita y regresar?
—El ascensor orbital tarda poco más de quince horas en ascender —respondió Yume.
—Así que dos días —dije, sofocando mi sorpresa. El descenso no se había sentido tan largo en nuestro camino hacia Vorgossos , pero entonces… el miedo hace cosas extrañas con el tiempo—. ¿Me permite unas palabras con mi gente y el tiempo que necesiten para recomponerse?
El gólem inclinó la cabeza y se retiró. La pesada puerta de metal chirrió al cerrarse tras él, y nos encontramos solos.
Tardé un momento en desterrar el pensamiento mórbido de que el rechinar de aquella puerta pesada era el movimiento de una losa de templo para sellarnos en nuestra tumba.
La impresión se desvaneció, y se retiró como los ojos voladores de Kharn hacia la oscuridad de la cámara de la pirámide.
—No me gusta este lugar —comentó Switch sombríamente, mirándome por primera vez.
—Si hubieras visto lo que yo he visto —dije, más sombríamente aún y sosteniéndole la mirada—, te gustaría todavía menos.
No le hablé de lord Song y los otros, de los Titanes que aguardaban preparándose para su festín juvenil, ni del océano oscuro bajo la ciudad, ni de las cirugías que imaginaba que se llevaban a cabo. No describí a Kharn Sagara. ¡Sus ojos centelleantes! ¡Su pelo flotante!
Mi lictor y amigo más querido se giró a medias.
—Ese gólem… y los putos guardias. Es enfermizo. Todo esto es enfermizo.
—Lo sabemos —espetó Ilex , abrazándose a sí misma—. Eso no ayuda.
—La Cancillería debería sajar este lugar. Quemarlo hasta los cimientos. —Podía ver cómo se estaba exaltando hasta una especie de frenesí, sus palabras atropellándose unas a otras—. ¡Eso era un daimon! —Señaló la puerta—. ¡Un daimon!
—¡Ya está bien! —exclamé, consciente de que podíamos estar siendo observados, y de que tal conversación no nos granjearía el cariño de nuestro anfitrión.
—¡Pero Hadrian !
—¡Basta, digo! —Alcé una mano y, esperando cortar la conversación antes de que pudiera empeorar, me volví hacia Valka —. ¿Nos están vigilando?
La doctora se mordió el labio.
—No estoy segura.
—¿Qué quieres decir con que no estás segura? —pregunté.
Valka se echó hacia atrás su cabello rojo y negro y pivotó, girando sobre un talón.
—Quiero decir que no estoy segura, Marlowe . Debe de haber una esfera de datos aquí; tomaron el control de la Mistral de alguna manera. Pero no puedo sentir nada.
Eso me desconcertó. Entended: yo no sabía y no sé casi nada de máquinas conectadas en red.
Soy como nací: un hijo y soldado de Sol, del Imperio.
Pero sabía lo suficiente para saber que aquello no podía ser correcto.
Sagara debía de haberse comunicado remotamente con su androide.
Por lo que respecta al caso, Sagara debía de usar algún tipo de red para controlar sus MOS, para ver a través de todos los ojos de cámara de la Ciudad.
—¿Ni siquiera en el gólem? —pregunté, señalando con la cabeza hacia la puerta—. ¿Ni siquiera en la cerradura de la puerta?
—La cerradura de la puerta es mecánica —dijo Crim —. Fue lo primero que probamos.
Valka se tocó la nuca en un gesto inquieto, masajeando el implante en la base de su cráneo.
—Es todo muy extraño. Puedo sentir al androide en el pasillo, pero está tras capas de encriptación que no creo que pudiera descifrar ni aunque tuviera cien años para intentarlo. —Tras un largo momento, sacudió la cabeza y retiró la mano de la base de su cráneo—. No.
Dejando caer el tema, Crim preguntó:
—No es que sea mi lugar preguntar, pero ¿qué esperas ganar quedándote atrás?
Me volví para mirar al hombre normando-jaddiano con su caftán rojo acolchado.
Era el único de la compañía Crim que permanecía sentado, con una pierna larga cruzada sobre la otra.
Podría haber estado junto a una piscina en el palacio de algún sátrapa jaddiano.
Ausente, me masajeé el aro de la cicatriz de quemadura criogénica alrededor del pulgar izquierdo, atendiendo a algún dolor fantasma. Encogiéndome a medias de hombros, dije:
—Me llevó tres semanas conseguir decir una palabra.
Temo que si nos vamos todos parezca que estamos vencidos.
—Consciente de mi postura, enderecé los hombros y me puse erguido, imaginando como hacía a menudo que estaba sobre la orquesta de un anfiteatro, hablando a una multitud.
Un pensamiento me golpeó, y añadí—: Sagara no creyó que quisiéramos la paz.
—No me había dado cuenta de que era cierto hasta que las palabras fueron pronunciadas—.
Él piensa que pretendemos poner en peligro sus relaciones con los cielcin.
Piensa que ha descubierto mi farol, y si nos vamos todos eso será tan bueno como confirmar sus sospechas.
Si me pongo a su merced, yo solo, eso demuestra buena fe.