El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

—Antaño —dijo Kharn por fin, hablando solo con sus propios labios.

Su pecho subió y bajó—. Antaño era así. Antaño la humanidad no tenía más que un solo cuello y la guerra, las manos para apretarlo.

Ya no. Los cielcin pueden saquear a su antojo y no destruirán a la humanidad.

Esta tormenta pasará como todas las demás.

Recordando su cita anterior, me armé de valor y, hablando al parecer con el mismísimo Dis, dije:

—Los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que mantienen la neutralidad en una crisis.

—Y si realmente hubieras leído a Dante, Marlowe —replicó Kharn, con la voz emanando una vez más de los drones a mi alrededor—, sabrías que el pozo más profundo del infierno es frío.

—Alzó la barbilla, mirando hacia la oscuridad a cosas que yo no podía ver.

Me pregunté entonces qué más veía, y a través de qué ojos.

Pensé en sus MOS, en la luz que brillaba a través de sus rostros muertos y caídos.

Tuve la certeza entonces de que no había lugar en aquel mundo espantoso donde Kharn Sagara no pudiera mirar.

Desde la cúpula más alta, a través de cuevas de hielo y hasta aquel mar sin sol, cada centímetro cuadrado y cada átomo perdido pasaba bajo la mirada sin párpados de Kharn.

Cómo soportaba su mente la tensión es algo que no puedo decir, pero yo no había visto entonces el brillo cerámico de los implantes bajo su oreja y aquella cascada de pelo salvaje.

—¿Así que no ayudará?

—Llevo quinientos años estándar comerciando con los cielcin. Con Otiolo, Hasurumn y Dorayaica —respondió Kharn—. No veo razón para poner en peligro estos acuerdos en nombre de tu Emperador.

Parpadeé.

—Quinientos años es… antes del primer contacto.

—Me refería a la Batalla de Cressgard en el año 15792, cuando los cielcin atacaron nuestro asentamiento fortificado colonial en el borde del Velo de Marinus.

La pérdida de aquella colonia había enviado su horrible mensaje a toda velocidad a través del Imperium, con los fuegos de los templos ardiendo en cada mundo y los sacerdotes junto a ellos gritando aquellas palabras fatídicas: «No estamos solos».

Había llegado demasiado lejos para rendirme tan a la ligera, y di un paso adelante, colocando una bota en el escalón más bajo del estrado blanco de Kharn—.

¿Tan poco significan para usted tantas muertes?

—Sí —afirmó Kharn, hablando por primera vez sin vacilar—. Cuando has visto tantas vidas como yo, aprendes lo poco que valen.

—¿Entonces por qué se aferra usted tanto a la suya? —exigí—. ¿O es que solo son insignificantes las vidas de los demás?

Los labios de Kharn se torcieron en una imitación séptica de una sonrisa.

—Cuando haya visto suficiente de otras personas, aprenderá que son ellas quienes creen que sus vidas carecen de sentido.

¿Por qué debería valorarlas yo, si no se valoran a sí mismas?

—No tuve respuesta para aquello, solo una vaga sensación de justa indignación—.

La carne es el recurso más barato del universo humano, lord Marlowe . Se gasta con más facilidad que el oro.

—No me lo creo.

—Porque es usted un niño —replicó el Inmortal—.

Treinta y cinco, ¿no era eso? Treinta y cinco…

—Se refería a mi edad. Había escuchado mi conversación con Song, por supuesto—.

He vivido más de cuatrocientas de sus vidas, chico.

Su creencia no significa casi nada. —Levantó mi espada del brazo de su silla e, inclinándose hacia delante, me la presentó con el pomo por delante—. Tome su arma jaddiana.

Tuve que subir al estrado para aceptarla, y así me acerqué lo suficiente para ver realmente al hombre.

Al mito. Apestaba a carne y pelo sin lavar, a lubricante de máquinas y a algo…

dulce. ¿Mirra? Luces azules pulsaban bajo su oreja izquierda al compás de alguna señal inaudible.

Decidí que las costillas y el pecho eran protésicos.

La carne allí no era carne en absoluto. Las venas sobresalían negras en su cuello y, de nuevo, no parecía respirar.

Algún mecanismo, enterrado quizá bajo el reborde de sus costillas, respiraba por él.

—Gracias —dije, tomando la espada. Estaba ansioso por alejarme.

Sagara me asustaba, no me avergüenza admitirlo.

A mitad de camino de los nueve escalones, con la espada aún en la mano, me volví—: Esta no es como otras guerras, señor.

A menos que podamos comunicarnos, nuestros dos bandos se despedazarán mutuamente.

Kharn no me miró, sino que cruzó las manos sobre el regazo mientras contemplaba la oscuridad en lo alto.

—Puede disfrutar de la hospitalidad del palacio, naturalmente. No estaría bien rechazar a tan augusto embajador en la puerta cuando apenas acaba de llegar. Yume le encontrará habitaciones. ¡Yume!

—Aquí, Amo. —El gólem apareció de entre las sombras, guiado por la luz roja de su ojo negro.

Habría jurado que la puerta no se había abierto.

Avanzó con paso acolchado, silencioso sobre pies de metal.

Sin recibir instrucción alguna, el androide me puso una mano en el hombro y se preparó para llevarme.

Me di la vuelta para irme, enfermo por el peso de mi fracaso.

Pero no protesté, no me arrastré. Tan augusto embajador …

Se estaba burlando de mí, y no tenía más opción que ser burlado.

No había llegado en una posición fuerte, no tenía nada con lo que comerciar.

Había contado con la humanidad del hombre menos humano que he conocido jamás, un hombre cuya conciencia quizá se parecía a la mía incluso menos que la de los cielcin.

—Un momento. —La voz de Kharn sonó como pedernal. El gólem se detuvo a mi lado y, librándome de su mano de hierro con un encogimiento de hombros, me giré—. Acérquese.

Lo hice, consciente de que, seguramente, yo era un peón en alguna exhibición de dominio, pero sin importarme.

Si este hombre, esta criatura, deseaba humillarme, yo no podía detenerlo.

Ni lo haría. Lo necesitaba a él y a sus conexiones y, aunque ya las daba por cerradas para mí, no iba a empeorar las cosas discutiendo.

Así que me detuve en la base del estrado, consciente del autómata a mi espalda.

Era mi turno de no hablar, y así esperé.

—Su prisionero cielcin. ¿Dijo que era uno de los baetan?

—Sí.

—Tráigalo ante mí. Oiremos su caso. —La bandada de ojos de Kharn se dispersó; cada uno se desvaneció hacia arriba y hacia el interior de la oscuridad, y la solitaria cabeza de Saturno se ladeó.

Debió de haber enviado alguna comunicación silenciosa al androide detrás de mí, pues entonces oí su avance callado.

En los escasos segundos antes de que me tomara por el hombro, me encontré conmovido de nuevo por ese mismo asombro y miedo que había sentido al entrar.

Ni siquiera los salones de nuestro Emperador Sollano me llenarían más tarde de tal inquietud.

Sentí de nuevo esa sensación del tiempo, y la sensación de que aquí estaba el hombre más viejo de la existencia; quizá el más viejo que jamás haya existido.

El silencio que cayó y se replegó en torno a su trono abarcaba milenios.

Allí yacían densos los años congelados, de modo que el aire mismo parecía una suerte de ámbar, y yo, la mosca atrapada.