El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

TÁRTARO

Las legiones tienen un código respecto al trato de los prisioneros.

Deben ser alimentados dos veces al día y según un horario.

Se les debe proporcionar un lugar para dormir —aunque solo sea una manta y un trozo de suelo— y se les debe brindar cierta noción del día y la noche.

Hay otras reglas, pero fue sobre estas que medité en aquella cámara que era una bóveda de hormigón.

Como he dicho, las gemelas sirvientas aparecían a intervalos aleatorios.

Las cronometré. A veces aparecían con horas de diferencia; a veces pasaba casi un día estándar sin que llegaran.

Y cada vez que aparecían, la multitud de ancianos y ancianas se ponía en pie y se volvía esperando algo más que los carritos de comida…

esperando a ese gólem, Yume, que servía al señor.

Durante todo esto, la luz amarilla de la cámara siguió inalterable.

Y, salvo por las pinturas barnizadas, tan oscuras que resultaban casi opacas, y los cortinajes de terciopelo polvoriento, no había nada que mirar, ningún cambio en el entorno.

Bastaba para volverlo a uno loco, verse tan privado de oscuridad.

Podía soportar el horario irregular de comidas.

La oscuridad era más difícil, pero me las arreglé usando mi casaca a modo de tienda de campaña.

Nadie me molestó. Ni siquiera el gran duque de Milinda.

El noveno o décimo día de mi blando cautiverio, las puertas se abrieron.

Todos los palatinos se levantaron y acudieron en masa a las puertas como gatos ante la llegada de su amo.

Incluso yo me puse en pie, cancelando el holograma que había estado leyendo en mi terminal: un fragmento de la Historia de las guerras jaddianas de Impatian.

Tenía la intención de intentar implorar de nuevo a las sirvientas que enviaran un mensaje a Valka y a los demás, ya que, contrariamente a las afirmaciones del Barón Song, no se me había permitido enviar mensaje alguno a mis compañeros.

Pero los carritos de comida no aparecieron, ni tampoco las gemelas con sus túnicas translúcidas.

Nadie apareció durante unos buenos cinco segundos, lo que provocó una ola de murmullos excitados en nuestra manada de gatos.

Todos los palatinos murmuraban, a partes iguales nerviosismo y expectación, y avanzaron hacia la puerta.

La figura que entró lo hizo con un suave zumbido. Debería haber habido siseos, repiqueteos, el rechinar de engranajes espantosos.

Lejos de las pesadillas que yo había visto en el Enigma de las Horas, la criatura que entró en la sala de espera era elegante en su diseño y ejecución.

Perfectamente humana en su mecánica, de diseño andrógino: de caderas estrechas y pecho angosto.

No llevaba ropa, pues no tenía carne ni vergüenza que cubrir.

Gran parte de su forma era de un gris apagado, con aquí y allá una banda de electro brillante que reflejaba la luz circundante.

Paneles de cristal en la cadera y el hombro exponían relucientes mecanismos de relojería de latón.

—Yume… —susurró el barón Song, arrastrando los pies a mi lado.

El gólem giró la cabeza de un lado a otro; los pistones y tendones de su cuello se estiraron.

El rostro era un arco convexo del color del hueso.

Solo tenía un ojo, negro y pintado en la superficie donde debería estar el ojo izquierdo, con una filigrana dorada jugando en sus bordes.

Apenas habría desentonado en un baile de máscaras en Renaissance.

Con suavidad, moviéndose con la gracia y el porte de un miembro del ballet de Avalon, la máquina levantó un brazo.

—¿Haría el favor de dar un paso al frente la dama Catherine Domitia Harfleur, baronesa Varadeto? El Amo la recibirá ahora.

Un pulso recorrió la multitud, intensificando los murmullos.

La anciana de piel negra dio un paso al frente mientras el grupo retrocedía hasta dejarla en una especie de tierra de nadie entre la multitud y el androide.

Parecía muy pequeña, encorvada como estaba por la edad en sus galas sucias, aunque resplandecientes de joyas.

Sin embargo, a pesar del bastón de plata en el que se apoyaba, se apresuró, y, a pesar del miedo instintivo que yo sentía ante la visión del gólem y su único ojo negro, ella no parecía asustada.

El androide pivotó suavemente sobre un talón y ofreció su brazo a la dama noble. Menos afectada por el miedo solariano a las máquinas que por el ansia de continuar, ella lo tomó sin rechistar.

—Señor —dije, dando un paso adelante. No sabía de qué otra forma llamar a esa cosa—. Un momento.

Los servos zumbaron cuando el androide Yume giró la cabeza —un poco demasiado, pensé— para mirarme. No habló. Solo entonces me di cuenta de que la filigrana que bordeaba el único ojo de aquella máscara describía una lágrima estilizada que corría dorada por la mejilla inexpresiva del autómata.

—A mí me… —No iba a decir arrestaron —. Me trajeron aquí con cinco compañeros.

Tres hombres, dos mujeres… una de ellas una dríade.

Llevo aquí más de una semana. No sé qué ha sido de ellos.

No sé cómo se encuentran. Los demás dicen que se les permite enviar mensajes a sus séquitos. ¿No podría yo enviar uno propio?

Una tenue luz roja, como un ascua, ardió en aquel ojo negro. Con su pulido acento cortesano, el androide respondió:

—No se le permite.

Giró la cabeza hacia otro lado.

—¿Por qué no?

La máquina soltó con mucha delicadeza el brazo de la dama Catherine Domitia y se volvió para mirarme. Primero pivotó la cabeza, ciento ochenta grados. El cuerpo la siguió.

—Puedo asegurarle que sus compañeros se encuentran bastante bien.

—¿Puedo verlos?

—No se le permite —dijo de nuevo, hablando con el tono y la cadencia precisos que había empleado apenas unos instantes antes.

Me pregunté si era verdaderamente inteligente o si solo era una marioneta, alimentada a la fuerza con una lista de respuestas preestablecidas.

Juntó las manos ante sí como un chantre preparándose para cantar y añadió—: Tendrá su tiempo con el Amo.

—¿Cuándo?

—Cuando se le llame —respondió la máquina—. Hay otros aquí cuyas necesidades son mucho más acuciantes que las suyas. Será atendido a su debido tiempo, Lord Marlowe . Tenga paciencia… aunque… si no puede esperar, es libre de marcharse.

Y con eso, se dio la vuelta, ofreciendo de nuevo su brazo a la dama Catherine Domitia.

El barón Song susurró:

—No debería haber hecho eso. Ahora esperará más tiempo.

Pasó otra semana. Leí los cuatro volúmenes de la Historia de las guerras jaddianas de Impatian y la mitad de las obras completas del dramaturgo Bastien.

Por incisivo que fuera el viejo comediógrafo, encontré su comedia de estilo antiguo demasiado parecida a la farsa, y la dejé.

No había esfera de datos a la que acceder, así que me vi limitado al contenido de mi terminal.

No era una biblioteca pequeña, sin duda, pero gran parte era repaso.

Al no ser un marinero entrenado, había habido poco que hacer para mí en la Mistral, o en la Faraón o la Balmung antes de ella.

Había leído mucho. Repasé las notas y hologramas de Valka sobre las ruinas del Silencio en Calagah en Emesh , en Ozymandias, en Sadal Suud.

Me sorprendí pensando de nuevo en mi visión. Y en el Jari y sus palabras.

Deseaba poder hablar con Valka , deseaba poder hacer que me creyera.

De hecho, deseaba poder dejar de pensar en ello por completo.

Tenía preocupaciones mayores: los cielcin, la guerra, mi traición, la muerte de Ghen , las muertes de los tres aquilarii que había dejado en la Balmung .

Y aquel lugar: aquella ciudad blanqueada, sus guardias atormentados, la máquina mascota del Inmortal y el propio Inmortal.

Kharn Sagara.

No era posible. No podía serlo. Él era un mito, un cuento de hadas tan seguro como lo eran Apolo y la Luna, como Genghis Khan y el Cid Arturo.

Conocía su historia, se la había contado a Cat cien veces en Borosevo.

Si algo de aquello fuera cierto, él sería casi tan viejo como el Imperio.

No podía ser. Y, sin embargo, el Silencio también había sido un cuento de hadas: susurros de antiguos alienígenas contados por siervos y viajeros espaciales por igual, en los que nadie creía demasiado.

Yo no había creído, no hasta que Valka me mostró la verdad.

Quizá por eso me obsesionaba con el Jari y mi visión.

Los cimientos racionales de mi universo habían volado por los aires bajo mis pies, y yo giraba en un viento funesto.

Al igual que cuando supe por primera vez del Silencio, esta revelación sobre Vorgossos y su gobernante me había sacudido, dejándome sin un marco en el que encuadrar mi universo.

Y así mi mente, frenética, había revisitado aquellas partes más antiguas y no incorporadas de mi experiencia, tratando de construir un nuevo todo a partir de las piezas.

«¡Luz!», había dicho el vidente cuando pregunté por mi futuro.

Nunca he olvidado mi visión: la imagen de aquella nave negra descendiendo, hundiéndose como una daga en una blancura que ahogaba las estrellas. Tampoco he olvidado la hueste de los cielcin, brillando donde permanecían en formación como algún gran leviatán.

Luz… ¿Cómo lo había sabido el Jari? Yo sabía poco de sus Profundidades, pero el oráculo había dicho que él, o las cosas que lo habían consumido, no eran el Silencio.

«Leopardos», había dicho, usando mis propias palabras.

Palabras que yo aún no había elegido. «Leopardos, leones y lobos».

La luz había estado en su visión y en la mía.

Una armonía. ¿Hacía eso que fuera verdad?

«No hay futuro», había dicho el vidente. «Todo ya es. Solo tienen que elegir».

¿Elegir qué?

—Es bueno ver a un joven como usted leyendo.

—¿Qué?